WILHELM REICH Y LA ECOLOGIA INFANTIL”

Dando crédito a las palabras de Van Gogh cuando escribía: "el arte es el hombre agregado en la naturaleza", podemos afirmar que Wilhelm Reich fue un artista y un investigador del arte; porque toda su vida, reflejada en su obra, fue un intento por descubrir las leyes funcionales del animal humano y los medios para recuperar su naturaleza específica.

W. Reich (1897–1957), maldito entre los malditos, ex–psicoanalista didacta, pionero de la sexología científica, la psiquiatría social, la medicina psicosomática y creador de la Vegetoterapia Caracteroanalítica –psicoterapia corporal utilizada dentro de una visión funcional de la salud–enfermedad, que definió como Orgonterapia–, fue también precursor en el campo de la profilaxis infantil de la neurosis y de los disturbios funcionales (biopatías).

A partir de las influencias antropológicas de Malinowsky, de los informes de A. S. Neill sobre Summerhill y de su propia experiencia como clínico y como padre, va abandonando la Teoría de la frustración freudiana que defendiera en sus primeros tiempos (1920–30), para apoyar la Teoría de la autorregulación, según la cual el instinto tiene que prevalecer sobre lo social y donde lo biológico debe estar en funcionalidad con lo cortical. Esta afirmación le lleva a plantearse junto con su equipo de trabajo el siguiente reto: ¿Qué pasaría si cambiáramos los medios que modulan la coraza, que nos mantienen en la trampa, que nos destierran al desierto emocional, desde los orígenes de la vida intrauterina?. Reto que quedó inconcluso en la práctica, como otras cosas dentro de la orgonomía, pero dispuesto para tomar el relevo y continuar con sus investigaciones. A muy pocos les interesaba ese proyecto, Reich escribe en 1950: “La teoría psicoanalítica ignora por completo las funciones bioenergéticas del núcleo del sistema vivo. Ni se adentra con la suficiente profundidad en la esfera del funcionamiento bioenergético, para advertir que la "perversidad polimorfa" y la antisociabilidad del inconsciente son instrumentos de nuestra cultura, que eliminan las emociones bioenergéticas naturalmente determinadas. No advierte que las pulsiones secundarias artificiales están constantemente alimentadas por la libido insatisfecha. Este enfoque, es por supuesto, completamente inútil, por lo que a la profilaxis de la neurosis se refiere. Si las pulsiones inconscientes antisociales están determinadas biológicamente, si el niño nació "animal salvaje, cruel, asocial", no se vislumbra el fin de la plaga neurótica represiva. Desde el nacimiento, los niños son condicionados y adaptados a la cultura basada en la supresión de las pulsiones secundarias. Así, el psicoanalista no ve más que una vida frustrada, que confunde con la biología del hombre naturalmente determinado. El acorazamiento, que se va formando desde el nacimiento en adelante, ofusca completamente la naturaleza artificial de lo que el psicoanalista ve y describe”

Incluso hoy en día, cuánto nos pesa el discurso de la autorregulación. Hay tantas implicaciones, tantos a priori, límites personales junto a las propias resistencias del poder, que se resiste a dejar de utilizar elementos científicos desfasados vinculados a lo infantil (embarazo, parto, lactancia), quizás por intereses económicos o por ignorancia. Entendemos que sea muy difícil oír que "un parto sin violencia, un parto humano, un parto en condiciones naturales, puede favorecer el desarrollo de los sentidos y de las potencialidades, puede facilitar el proceso del desarrollo ontogénico humano y que lo contrario, los partos provocados en los que se rompe el ritmo biológico, los partos clínicos pueden predisponer (por la contracción biológica a que se ven sometidos el débil organismo del feto) a trastornos funcionales y psicosomáticos"; y es difícil oírlo porque en base a los rasgos narcisistas, todos aquellos padres y madres que han vivido el proceso de los partos con sus hijos de esta última manera se resistirán a creer que lo han hecho mal pensando: “¿Yo, he hecho daño a mis hijos, cómo se te ocurre decir eso?. Yo que soy el mejor de los padres, la mejor de las madres, que hago lo que puedo” con el consiguiente discurso culpabilizador y moralista. Como ocurre en el tema de la lactancia. “¿Cómo yo, madre perfecta, estoy haciendo daño a mi hijo destetándolo a los tres meses o llevándole a una escuela infantil a los cuarenta días, que es lo que me han dicho los psicólogos y los pediatras?”, y más aún cuando en el fondo lo siente, cuando percibe que ese llanto desgarrador de los hijos, esa sensación de abandono, de tristeza cuando se producen esas situaciones más que curtir, lo que hacen es adaptarlo para no morir.

Pero el filtro de la coraza limita la percepción y nos adaptamos a las circunstancias también los adultos, justificando las palabras de algún “sabio”, de algún médico, para evitar entrar en este conflicto, de ir contra la corriente, de seguir nuestro sentir por encima de lo que dicen los que saben, o la familia, lo convencional, o lo establecido. Y no es que nosotros estemos con este discurso queriendo culpabilizar a nadie, no queremos decir que aquello es bueno o esto es malo o viceversa. No hay bueno o malo, hay conductas, acciones y consecuencias de estas acciones que implican responsabilidades que hay que analizar y asumir.

Nuestra labor como analistas nos lleva a investigar no sólo lo que vemos en el diván sino aquellos medios que llevan a las personas al diván y a nuestras consultas de psicoterapeutas, y a denunciar lo que observamos como causantes de las disfunciones con la consiguiente crítica social y estructural.

Y mal que nos pese la realidad es una y debemos admitirla para evitar que sigan produciendo daño cosas tan lógicas y evidentes, tan fáciles como el permitir que haya un contacto, un vínculo intenso entre el organismo intrauterino y el organismo materno, entre el bebé lactante y la madre nutricia y que haya una atmósfera positiva que permita el desarrollo amoroso de este proceso.

Hay procesos patológicos que obligan a buscar aquello que se acerca a la dinámica de salud, aquello que se acerca más a los principios de la autorregulación a sabiendas de que ya la autorregulación en sí misma es un objetivo, una utopía en su globalidad. Decía Reich que "el único animal que ha perdido su capacidad de funcionar es el animal humano". Los pájaros saben cuando tienen que piar, ¿por qué nosotros suponemos que cuando el bebé llora no sabe lo que quiere?, ¿ o es que nosotros no lo entendemos ya?, ¿o es que el bebé humano es idiota y el pajarito es más inteligente?; “no, todos lloran, hay que acostumbrarlos porque así dejarán de hacerlo...” Palabras que nos suenan, frases hechas, generales, individualizadas en circunstancias concretas. Frases llevadas por nuestra percepción de hombre acorazado, inmerso en la trampa, inmerso en la cueva que describe Platón en "El mito de la caverna".

Cuando Marx decía: "ser radical es coger las cosas por la raíz y la raíz para el hombre es el hombre mismo", estaba recuperando un vitalismo perdido en la filosofía, porque la raíz, el núcleo está en lo biológico y la particularidad cortical del animal humano está en vincular la natura con la cultura.

Esto supone hacer, sin querer, un discurso político, pues toca el núcleo del sistema al analizar como las necesidades personales entran en conflicto con las necesidades y presiones institucionales como la familia, la escuela, el ejército o el mismo trabajo.

Por ello, mientras la persona esté contaminada, mientras no exista una ruptura con esta forma de percibir la realidad no puede existir una real y cotidiana ecología ni salvación para el planeta, porque la coraza, consecuencia de la represión o carencia de las necesidades psicoafectivas del niño/a nos separa para evitar el contacto con la angustia, con nuestros sentimientos, con nuestro ser, con nuestras emociones, con nuestra esencia y nuestra vinculación con la natura y, como consecuencia, como un líder indio dijo "el hombre destruye la naturaleza porque no se siente en contacto con el cosmos".

Pero, ¿por qué no se siente?, por lo mismo que no podemos sentir la alegría de vivir, más que en momentos leves, o la capacidad de abandono, o la amistad, o el placer sexual.

Ni tampoco sentimos ya dolor ante "el asesinato de Cristo", siguiendo la terminología de Reich. El asesinato de lo vivo que se produce en las maternidades cotidianamente y en las consultas pediátricas o en las escuelas, en éstas últimas, con las constantes amenazas como el cuento de las ratas, o, "si te tocas eso se te van a llevar la colita"; "a eso no se juega...". Si no sentimos con dolor todo esto, cómo vamos a sentir dolor por el bosque quemado, por el petróleo disuelto en el mar que asfixia peces y focas... Mientras no sintamos el daño que siente lo Vivo, ante la destructividad y el sadismo del acorazado, nuestro sadismo; mientras no sintamos que nosotros estamos en la trampa, que nosotros–as somos ese acorazado contaminado y pongamos los medios para que las próximas generaciones no lo sean, nada podrá cambiar realmente en este planeta.

Las revoluciones sociales, los cambios de leyes tienen que ir acompañadas del cambio caracterial, del cambio en las relaciones parento-filiales, en las cotidianas, humanas, en las relaciones entre alumno y profesor, entre enfermo–paciente, en las relaciones sexuales, acercándonos a lo cualitativo a la posibilidad de percibir lo que hay detrás de las estadísticas, de los objetivos. Y tendremos que atrevernos, sin ideas prefijadas, sin justificaciones ideológicas de nuestros límites, a investigar sobre los medios que faciliten este desarrollo de la potencia innata en el animal humano, de su capacidad de amar, de crear, de transcender. Y esto implica asumir la responsabilidad, como profesionales o como agentes sociales, de nuestra función. Es por ello, que nosotros–as desde nuestro trabajo de psicoterapeutas abordamos este tema intentando que se de tanto en nuestra vida cotidiana como en nuestro trabajo profesional, y lo hacemos desde una perspectiva que nos refiere a la idea de continuum, que abarca medios en la vida intrauterina, parto, fase oral, fase genital infantil y la adolescencia. Pasajes todos ellos necesarios para el desarrollo del yo que permiten aproximar al individuo a la idea descrita por Reich del carácter genital, es decir, aquél que ha satisfecho el proceso de maduración psicosexual.

Esto se contrapone con la idea del carácter neurótico fijado a determinados momentos de la evolución psicoafectiva y, por tanto, condicionando toda su realidad, por el anhelo constante de satisfacción de estas etapas no satisfechas y por una pulsación biológica ya reducida que determina una forma de percibir concreta y limitada.

No podemos dejar pasar más tiempo pues el planeta muere. No podemos esconder la cabeza debajo del ala, o pensar que las revoluciones se hacen en otro sitio, o que los cambios los hacen los políticos y dedicarnos a contemplar el espectáculo de la corrupción, del poder, de la competitividad, de la difamación, pensando que eso es cosa de ellos, que eso pasa en la televisión, sin darnos cuenta de que eso está en nuestra vida cotidiana, de que lo estamos nosotros mismos reproduciendo todos los días con nuestros compañeros–compañeras, con nuestros hijos/as, con el tendero, con el cliente, por nuestras tendencias vinculadas a nuestro carácter socialmente perturbado.

Pensemos que la utopía se construye desde lo cotidiano, andando y percibiendo el cielo. Cielo y tierra unidos, masculino y femenino, natura y cultura.

Nuestro objetivo es recuperar la corriente de vida que permite el desarrollo de un nuevo paradigma, donde la sexualidad y la espiritualidad vayan, caminen, funcionalmente unidas, a través del compromiso social, la creatividad y la responsabilidad individual. Entre todos/as podemos conseguirlo y estamos en el momento de retomar la utopía.

Sin la utopía estamos muertos, lo cual a nivel social significa el resurgir de movimientos neofascistas donde relegaremos todo el poder en ciertos megalómanos y paranoicos que instrumentalizarán nuestras necesidades destructivamente. Cuando se habla del derrumbe de las ideologías, tengamos en cuenta que quizás sí de las ideologías, pero no de las teorías.

El marxismo no ha desaparecido, el pensamiento libertario tampoco; ni la filosofía hedonista griega, ni la búsqueda permanente del conocimiento del alquimista, el funcionalismo orgonómico reichiano permanece, a pesar de su manipulación, de su distorsión.

Como permanece también nuestra potencialidad humana, nuestra capacidad de amar y de sentir lo vivo aunque esté rodeada de una gruesa muralla.

Con la utopía retomamos el único referente que puede realmente cambiar la situación del planeta, unificando los procesos de cambio social, con los del cambio ecológico y el cambio educativo, con los procesos de cambio en la relación humana y lo cotidiano, fusionando así, lo cualitativo con lo cuantitativo. En este sentido Reich y todo el paradigma que él desarrolló en cuanto que cuestionó los principios científicos de una sociedad obsoleta poniendo el instinto sexual en su lugar, tiene todavía mucho que decir, y el movimiento post–reichiano mucho que hacer para seguir fundamentando, corroborando, ampliando este paradigma y situándolo en interrelación constante con las teorías modernas que nos vienen de otros modelos teóricos con muchos puntos en común y buscando lo positivo de estos discursos para crear un nuevo paradigma global en el sentido de F. Capra.

Dejemos de ignorar estas teorías, de apartar aquello que nos molesta y empecemos a escuchar cosas que pueden facilitar en el fondo nuestro mejor vivir y nuestro bienestar. Wilhelm Reich hipotetizó que el origen de la desertización del planeta, el desequilibrio ecológico tenían puntos en común con el origen del sufrimiento humano y con la emergencia del sadismo y de la destructividad, de la violencia, tanto política–social como cotidiana; a través del racismo, a través de la difamación, etc. y entre estos puntos comunes se encuentra la incapacidad de contacto con los principios del funcionamiento espontáneo, de lo vivo, que nos lleva a crear dinámicas que sin darnos cuenta, la mayoría de las veces, o destruyen el ecosistema geográfico, atmosférico, o el ecosistema humano. Con una posición personal basada en la responsabilidad, la humildad, el reconocimiento de nuestros límites, y en el deseo de conocimiento, podemos facilitar que las nuevas generaciones desarrollen una capacidad de sentir acorde con los secretos simples, pero perdidos, del funcionamiento de lo vivo que permitan recuperar la salud del planeta y nuestra propia salud, que es lo mismo que decir, nuestra capacidad de amar y nuestra alegría de vivir

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