La vida intrauterina y la epigenética

Durante siglos se ha creído que los bebésy los fetos no tenían sentimientos, no tenían memoria y que, ni siquiera, sentían dolor. Esto sólo es posible en una civilización como la nuestra, patriarcal, con un punto de vista masculino y fuertemente acorazada ante las emociones, porque ninguna madre bien conectada con su cría habría podido creer jamás semejante desvarío.

No obstante, desde hace ya años, los experimentos psicológicos y neurocientíficos han derrocado el mito de que los fetos no puedan recordar ni aprender. Como resume el biólogo Bruce H. Lipton en su libro La biología de la creencia(2005), el sistema nervioso del feto y del bebé en formación posee un amplio repertorio de capacidades sensoriales y de aprendizaje y, por supuesto, almacenan experiencias en su red neuronal y en su memoria celular, que se van configurando según las experiencias vividas.

Del culto a la genética, hoy se ha avanzado hacia la epigenética: el ambiente en que el bebé se desarrolla influye desde el momento de la concepción sobre los genes que se activarán o no en la descendencia de cada familia. En otras palabras, los niños necesitan un ambiente favorable para activar los genes que les proporcionarán un desarrollo saludable.

El útero materno es el primer hábitat de todo ser humano. Mientras el bebé se forma allí, se nutre de la misma sangre de su madre, donde abundan hormonas del placer y de la felicidad (como la oxitocina) o, por el contrario, pueden abundar las hormonas del estrés y el miedo (el cortisol y la adrenalina). Tal como la neurociencia ha demostrado, si el cerebro del bebé (antes y después de nacer) se configura rodeado de cortisol y adrenalina, sus redes neuronales se configurarán para la auto-defensa y la violencia. Parece útil que a las embarazadas y puérperas no nos hicieran solo controles de glucemia o de hemoglobina, sino también de los niveles de cortisol que llevamos en la sangre.

El doctor Peter W. Nathanielsz, especialista en investigación del embarazo y del recién nacido, explica que “cada vez son más las pruebas que demuestran que las condiciones del útero tienen tanta importancia como los genes a la hora de determinar cuál será el desarrollo mental y físico durante la vida”.

Tales verdades científicas siguen susurrándose muy bajito, porque  algunos lo interpretan como una “culpabilización de las madres”. Para mí, en cambio, es mucho más sencillo: toda la sociedad es o debería ser responsable de optimizar el bienestar de las madres. Una sociedad preocupada por el cuidado y la protección de los niños desde el momento de su concepción, incluiría el bienestar emocional de sus madres, y por tanto, de todos sus miembros,  hombres y mujeres, que hemos de cuidarnos unos a otros.

Comprender los “milagros” de la gestación y la vida intrauterina, del parto, de la lactancia y de la primera crianza –lo que se ha dado en llamar la “etapa primal” –, nos lleva necesariamente a imaginar una sociedad diferente, construida no en función de las cadenas de producción, sino en función de las redes de sostén de la vida, de la felicidad y del bienestar, del potencial del desarrollo humano.

Envuelto en su burbuja de agua amniótica, cada bebé disfruta de la música, la danza, la alegría, la salud, el optimismo… de su madre, de su padre y de las voces y los cuerpos que le rodean. Su confianza en la vida y en el mundo, se inicia allí.

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