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Nota Realmente si tomamos conciencia observamos como todo evoluciona en favor de lo más auténtico, llamo auténtico a cosas, sensaciones, sentimientos que escapan a las formas, vemos la importancia de una concepción consciente, entendemos que somos algo más que meras formas masculinas y femeninas copulando, vemos que en esos momentos confluyen muchas sensaciones sentimientos y deseos que tienen vida, una vida que no es vista por el ojo clínico, ni por la persona pendiente de la compra, del jardín y de las batallas televisivas, y no juzgo absolutamente nada de esto, pues cada uno está donde quiere, y le corresponde, pero nos inter-comunicamos sensorialmente, por tanto la forma en que copulo con mi9 pareja esta genera movimientos sutiles que adoptan una digamos forma que posteriormente influye en ambos, si esto lo llevamos a la concepción observamos que lo que nos mueva a relacionarnos sexualmente con el otro, es un punto importante cuando se concibe un hijo, y este posteriormente será padre o madre y llevarÁ TODO ESTE HILO DE IDEAS FORMAS Y PENSAMIENTOS SUMADAS A SUS EXPERIENCIAS VITALES, QUE SI ADEMÁS NO TOMO CONCIENCIA DE SUS MOVIMIENTOS DE EL COMO Y EL PORQUÉ SEGUIRÁ EN UNA ACUMULACIÓN DE PATRONES INCORRECTOS, FRAGMENTACIONES QUE EN ALGÚN MOMENTO ESTALLARÁ PUES TODO LO FRAGMENTADO HA DE SANARSE, POR ESTO MISMO, LAS IDEAS QUE TENEMOS RESPECTO A NUESTRO GÉNERO EJEMPLO MUJER, LO QUE ACTÚO, PERMITO FLUYO CON ESTO, LO QUE SE APROVECHAN DE QUE SEA MUJER ETC.. HABLO DE PATRONES EN UNO, ESTO LO PLASMO EN MI DESCENDENCIA, Y QUIZAS LO QUE YO HE LLEVADO DE FORMA TOLERANTE, PERO NO SANADA Y ACOMPLEJADA O VÍCTIMA EN MI ROL DE MUER, MI DESCENDENCIA LO PUEDE LLEVAR COMO VIOLENCIA, ABUSO ETC.....ALGO QUE DEBERÍAMOS PENSAR., MEDITAR REFLEXIONAR Y SER RESPONSABLES DEL MISMO

Vinka Jackson: Una historia de abuso sexual contada para ayudar a otros a sanar

Esta psicóloga, a partir de su propia experiencia, ha tratado, desde distintos frentes, ser útil a las personas que han sido víctimas de abuso sexual. Cree firmemente en la necesidad de que esta sociedad hable del tema para así crear conciencia de que este flagelo se debe detener.

 

Está afincada nuevamente, por un tiempo, en Chile, después de itinerar durante los últimos años entre Santiago y Atlanta, donde armó un hogar en 1996 que hoy traslada a estas tierras junto a sus dos hijas.

 

Su historia está plasmada en un libro autobiográfico, “Agua fresca en los espejos”, que devela los abusos sexuales sufridos a manos de su padre y el camino recorrido para sanar. Publicado por primera vez en el 2007, una reedición acaba de ser lanzada con algunos acápites nuevos, entre ellos, un posfacio escrito por José Andrés Murillo, presidente de Fundación Para la Confianza y denunciante del caso Karadima. 

Vinka Jackson habla de su experiencia con cuidado, pero sin recelo, esperanzada en que ésta puede dar luz y ser de ayuda a quienes sufrieron y sufren lo mismo que ella.

 

Por lo mismo, reconoce que se convirtió en psicóloga de la Universidad de Chile y por años trabajó en temas de abuso sexual infantil, hasta que en 2006, junto con la edición del libro, decidió concentrarse en terapia sólo con adultos por razones de autocuidado.

 

Afirma que escribir el libro tuvo que ver con un proceso de sanación personal que le llevó tiempo. “Era absolutamente necesario contar la historia que era necesaria sanar; pero la intención del libro es hablar de la capacidad de resiliencia, de rearmarse. No pensaba escribir un libro, fue un accidente de mi terapia y tuvo un buen eco en muchas personas que tienen una historia similar y se pudieron reconocer en ella”, explica. 

-En las primeras páginas de tu libro narras que los primeros abusos tuvieron lugar cuando tenías cuatro años. ¿Los niños tienen conciencia a esa edad de lo que les está pasando?
“No hay conciencia a los 4 años, lo que yo tengo son recuerdos que luego, a la luz de la experiencia, uno puede interpretar como que esas cosas ya tenían que ver con una historia de abuso”. 

-¿A qué edad un niño puede tener conciencia de lo que les está pasando? 
“Creo que sin mayor información no antes de la pubertad o adolescencia. Es súper difícil tener conciencia de algo para lo que no te han preparado ni entregado las palabras ni el repertorio para cuidarte. En las cosas que un adulto puede hacer con un niño, si alguien no le ha dicho que son incorrectas, el niño no tiene como procesarlas y significarlas como abuso”. 

-En un momento señalas que descubriste palabras como ‘abuso’, que no estaban en tu vocabulario, recién a los 8 años. ¿Ese es el momento en que se empieza a descubrir lo que pasa? 
“En el lenguaje de los niños no están las palabras abuso, violación o incesto hasta más grandes y a los 8 no se entiende bien de qué se trata. Yo, en realidad vine a entender cuando tenía 14; recién ahí el concepto de incesto se me vuelve cercano. Creo que un niño, sin ninguna preparación de parte de su familia, no tiene como leer en su experiencia que lo que pasa es incorrecto, excepto a través de sus sensaciones. Sólo si ha tenido una guía para decir que no, quizás pueda identificar algo de sus sensaciones negativas en el intercambio abusivo con un adulto”. 

-¿Todos los niños abusados viven buscando ser invisibles como en tu caso? ¿Es ese su mecanismo de defensa? 
“No me gustan las generalizaciones, pero conozco de muchos niños y niñas abusadas que tratan como pueden de evitar las ocasiones para el abuso o el maltrato y ojalá, evadir el contacto con el adulto abusador. De esa manera, se tiende a soledades y aislamientos”. 

-¿Esas conductas son señales que los adultos debieran observar? 
“Absolutamente, cualquier cambio en las rutinas habituales de un niño deben ser atendidas. Los papás tienen una conexión especial con sus hijos y cuando están atentos pueden notar rápidamente los cambios. Uno conoce la forma cómo su hijo estudia, se alimenta, juega, duerme y sueña, y si todas esas rutinas habituales empiezan a mostrar alteraciones, es clara señal de que algo preocupante ocurre. No necesariamente porque pueda estar siendo abusado, sino porque pueda estar pasándola mal también por otros motivos”. 

-¿Una situación de abuso se ve agravada cuando los adultos que están a su alrededor se desentienden de lo que pasa? 
“En el abuso siempre hay una víctima, un abusador y un montón de testigos pasivos que pueden saber o no lo que está pasando, pero que claramente no están prestando atención ni cuidando como es debido. Por algo el abuso puede ocurrir. 
“No creo que un niño pueda evaluar a los adultos que lo rodean con total precisión, pero tienden a saber con quién pueden contar y con quién no. Si tienen un adulto presente, incondicional y que ha hecho expreso y ha demostrado que está ahí para cuidarlo, el niño va a tener un canal a quien dirigirse”. 

-¿Los niños tienen la capacidad para poner ellos fin al abuso, enfrentándose al abusador?
“Hay niños que logran hablarlo pero en la gran mayoría de los casos es otro el que descubre que ese niño está siendo abusado. Con los años, la edad ayuda a ganar capacidad para decir basta, pero en el caso de los más pequeños, la experiencia señala que casi siempre depende de que alguien más, un adulto, descubra y revele que el niño ha sido abusado”.

-¿El niño no tiene entonces esa capacidad para poner fin a la situación? 
“Es sólo un niño, es mucho pedir. Un adolescente quizás tiene más posibilidades de buscar ayuda o de reventar y contar lo que está pasando, pero alguien más pequeño –que además muchas veces ni conoce bien las palabras para nombrar las partes de su cuerpo - difícilmente lo hará. El lenguaje, en la falta de exactitud o de repertorio, es uno de los obstáculos que uno se encuentra para que las denuncias puedan ser creíbles, porque se cuestiona la credibilidad de el niño si no es capaz de decir claramente qué le pasó”. 

-Usas en el libro la palabra saqueo, que pareciera la mejor para expresar lo que viviste. ¿Uno se puede recuperar de algo de lo que te es despojado y nunca te devuelven? 
“Puede haber personas que no se recuperan. Hay niños y niñas víctimas de esta violencia que han muerto, y otros niños han contraído enfermedades de transmisión sexual. Esos daños son irreversibles y hay que decirlo. 
“En otras situaciones, el cuerpo tiene una tremenda capacidad de autosanación y el alma hace lo suyo; pero hay una memoria corporal que demora en sincronizarse completamente con el resto del proceso de reparación. Esta memoria permanece, y el desafío es cómo uno convive con ella. Hay cosas que no se olvidan nunca y hay sensaciones que se evocan sin que medie conciencia ni voluntad, y uno aprende a enfrentar esa realidad de distintas formas. Los años te ayudan mucho”. 

-¿El autoatentar contra sí mismo es una situación habitual en los niños que han sido abusados?
“Durante la juventud y adultez, las estadísticas y experiencia con pacientes abusados indican una alta proporción de ideaciones suicidas; y hay un 50 a 70% de las víctimas que lo intentan alguna vez. También es resultado de cuadros depresivos. Una salida desesperada que en algún minuto suena como la única forma de terminar con algo que duele demasiado; que extenúa mucho, también. 
“A mí me cuesta harto hablar de esto y si lo hago es sólo por el valor que pueda tener para alguien que esté pasando por lo mismo, porque de verdad, pensar en la muerte como salida alguna vez, fue desde la desesperación de sentir que no puedes cargar con más con el secreto. Por eso es tan absolutamente imprescindible compartir la verdad, sentirse amparado. Ahora, en la perspectiva de los años, quiero tanto la vida, quiero tanto estar viva y aprecio tanto lo que viene con ella, que no volvería jamás a ese lugar”. 

-En el libro dejas claro que querías una explicación de parte de tu padre. ¿Esa explicación la buscan todos, la necesitan? 
“Lo que todo niño necesita es tener la certeza de que no pasará nuevamente por la experiencia, nunca más. Creo que explicaciones para el abuso no existen; en mi caso yo las busqué porque necesitaba intentar hacer sentido de lo imposible, buscar un cierto orden interno. En cualquier situación dolorosa de la vida uno tiende a preguntar por qué; lo hacemos cuando muere una persona o enfrentas una pérdida importante, el por qué es casi por instinto…aunque no todo tenga respuesta”. 

-¿Esto forma parte de la sanación?
“Creo que fue clave en la sanación en el sentido de entender que el camino lo iba a recorrer sola, porque las respuestas de mi papá no me aportaron mucho. Lo realmente valioso fue sentirse capaz de preguntar, mirar de frente, y hablar con menos miedo. Si uno logra o no explicarse ciertos dolores, es historia aparte. Pero igualmente tratamos, como sociedad e individualmente, de encontrar sentido a lo que vivimos”. 

-Eres un ejemplo vivo de resiliencia. ¿Todos tienen esa capacidad?
“Esto es bien misterioso, y creo que todos venimos con ella. El cuerpo resilia: uno se corta y cicatriza, qué más gráfico que eso. El tema es desde dónde potenciar esa resiliencia, y si uno está en entornos donde no cuenta con ciertos apoyos, posiblemente esa capacidad no logrará desarrollarse bien. Aquí resulta vital el afecto, el estímulo de la autoestima del niño, de la confianza en sí mismo, el reconocimiento de sus talentos –uno o diez-…reforzar el aplomo y autonomía en constante contrapunto con la disponibilidad de apoyo y cuidado”. 

-Hablas de sanar, ¿se logra? 
“Se logra, puede ser súper desafiante, pero la posibilidad está. Mientras antes pueda un niño comenzar un proceso de terapia, mientras mayor acceso exista para los jóvenes y adultos que no lo tuvieron en su momento, mucho mayor es la posibilidad de poder desarrollar una vida lo más normal posible. Como todas las personas. 
“Esto no se puede hacer siempre solo; aunque conozco algunos que lo hicieron a partir del cariño y amor de otros, que son una fuente de resiliencia. La maternidad también ayuda, porque el tener hijos plantea tal nivel de desafíos, que tiene un efecto potentísimo en la voluntad de querer sanar, de estar bien”. 

-Al publicar el libro tu abres tu historia, la socializas. ¿Es necesario hacerlo, con la familia, los amigos? 
“Creo que poner la verdad sobre la mesa es parte imprescindible de cualquier proceso de reparación y sanación. No solo para las ex víctimas, sino para todos. La mentira, el ocultamiento, no ayudan a nadie; no se puede crecer así. Aunque la verdad venga con dolor, sana y permite avanzar. Ahora, cada quien define el cuándo y cómo de su verdad. Quizás muchas personas llegan a su adultez sin hablarlo; y otros quizás nunca lo hagan. Es una elección muy íntima; pero sigo creyendo que hay tanto silencio en el abuso, que sacar la voz, tome el tiempo que sea, es siempre un regalo. 
“Yo hice un proceso largo, antes de sacar el libro. Ya había sacado mi voz, pero mi hija mayor me dijo que si hacerla pública le servía a una sola persona, valía la pena. Y yo sabía que sí, porque a mí me sirvió escuchar las historias de otras mujeres. Las voces y relatos de cada una, animan y acompañan a otras que aun no han hablado. Y también ayudan a la sociedad entera. 
“La mejor forma de proponernos un país mejor, donde no ocurran más abusos, es conversar y entender bien el nivel de daños que estamos enfrentando cuándo un niño es abusado sexualmente, para hacer todo lo que podamos por erradicarlo y prevenirlo. Para aprender a cuidarnos mejor. Esto se está dando en Chile con más fuerza, a la par de muchas personas que han ido develando y compartiendo sus experiencias y, por eso, hay que agradecerles”.

 

Está afincada nuevamente, por un tiempo, en Chile, después de itinerar durante los últimos años entre Santiago y Atlanta, donde armó un hogar en 1996 que hoy traslada a estas tierras junto a sus dos hijas.

 

Su historia está plasmada en un libro autobiográfico, “Agua fresca en los espejos”, que devela los abusos sexuales sufridos a manos de su padre y el camino recorrido para sanar. Publicado por primera vez en el 2007, una reedición acaba de ser lanzada con algunos acápites nuevos, entre ellos, un posfacio escrito por José Andrés Murillo, presidente de Fundación Para la Confianza y denunciante del caso Karadima. 

Vinka Jackson habla de su experiencia con cuidado, pero sin recelo, esperanzada en que ésta puede dar luz y ser de ayuda a quienes sufrieron y sufren lo mismo que ella.

 

Por lo mismo, reconoce que se convirtió en psicóloga de la Universidad de Chile y por años trabajó en temas de abuso sexual infantil, hasta que en 2006, junto con la edición del libro, decidió concentrarse en terapia sólo con adultos por razones de autocuidado.

 

Afirma que escribir el libro tuvo que ver con un proceso de sanación personal que le llevó tiempo. “Era absolutamente necesario contar la historia que era necesaria sanar; pero la intención del libro es hablar de la capacidad de resiliencia, de rearmarse. No pensaba escribir un libro, fue un accidente de mi terapia y tuvo un buen eco en muchas personas que tienen una historia similar y se pudieron reconocer en ella”, explica. 

-En las primeras páginas de tu libro narras que los primeros abusos tuvieron lugar cuando tenías cuatro años. ¿Los niños tienen conciencia a esa edad de lo que les está pasando?
“No hay conciencia a los 4 años, lo que yo tengo son recuerdos que luego, a la luz de la experiencia, uno puede interpretar como que esas cosas ya tenían que ver con una historia de abuso”. 

-¿A qué edad un niño puede tener conciencia de lo que les está pasando? 
“Creo que sin mayor información no antes de la pubertad o adolescencia. Es súper difícil tener conciencia de algo para lo que no te han preparado ni entregado las palabras ni el repertorio para cuidarte. En las cosas que un adulto puede hacer con un niño, si alguien no le ha dicho que son incorrectas, el niño no tiene como procesarlas y significarlas como abuso”. 

-En un momento señalas que descubriste palabras como ‘abuso’, que no estaban en tu vocabulario, recién a los 8 años. ¿Ese es el momento en que se empieza a descubrir lo que pasa? 
“En el lenguaje de los niños no están las palabras abuso, violación o incesto hasta más grandes y a los 8 no se entiende bien de qué se trata. Yo, en realidad vine a entender cuando tenía 14; recién ahí el concepto de incesto se me vuelve cercano. Creo que un niño, sin ninguna preparación de parte de su familia, no tiene como leer en su experiencia que lo que pasa es incorrecto, excepto a través de sus sensaciones. Sólo si ha tenido una guía para decir que no, quizás pueda identificar algo de sus sensaciones negativas en el intercambio abusivo con un adulto”. 

-¿Todos los niños abusados viven buscando ser invisibles como en tu caso? ¿Es ese su mecanismo de defensa? 
“No me gustan las generalizaciones, pero conozco de muchos niños y niñas abusadas que tratan como pueden de evitar las ocasiones para el abuso o el maltrato y ojalá, evadir el contacto con el adulto abusador. De esa manera, se tiende a soledades y aislamientos”. 

-¿Esas conductas son señales que los adultos debieran observar? 
“Absolutamente, cualquier cambio en las rutinas habituales de un niño deben ser atendidas. Los papás tienen una conexión especial con sus hijos y cuando están atentos pueden notar rápidamente los cambios. Uno conoce la forma cómo su hijo estudia, se alimenta, juega, duerme y sueña, y si todas esas rutinas habituales empiezan a mostrar alteraciones, es clara señal de que algo preocupante ocurre. No necesariamente porque pueda estar siendo abusado, sino porque pueda estar pasándola mal también por otros motivos”. 

-¿Una situación de abuso se ve agravada cuando los adultos que están a su alrededor se desentienden de lo que pasa? 
“En el abuso siempre hay una víctima, un abusador y un montón de testigos pasivos que pueden saber o no lo que está pasando, pero que claramente no están prestando atención ni cuidando como es debido. Por algo el abuso puede ocurrir. 
“No creo que un niño pueda evaluar a los adultos que lo rodean con total precisión, pero tienden a saber con quién pueden contar y con quién no. Si tienen un adulto presente, incondicional y que ha hecho expreso y ha demostrado que está ahí para cuidarlo, el niño va a tener un canal a quien dirigirse”. 

-¿Los niños tienen la capacidad para poner ellos fin al abuso, enfrentándose al abusador?
“Hay niños que logran hablarlo pero en la gran mayoría de los casos es otro el que descubre que ese niño está siendo abusado. Con los años, la edad ayuda a ganar capacidad para decir basta, pero en el caso de los más pequeños, la experiencia señala que casi siempre depende de que alguien más, un adulto, descubra y revele que el niño ha sido abusado”.

-¿El niño no tiene entonces esa capacidad para poner fin a la situación? 
“Es sólo un niño, es mucho pedir. Un adolescente quizás tiene más posibilidades de buscar ayuda o de reventar y contar lo que está pasando, pero alguien más pequeño –que además muchas veces ni conoce bien las palabras para nombrar las partes de su cuerpo - difícilmente lo hará. El lenguaje, en la falta de exactitud o de repertorio, es uno de los obstáculos que uno se encuentra para que las denuncias puedan ser creíbles, porque se cuestiona la credibilidad de el niño si no es capaz de decir claramente qué le pasó”. 

-Usas en el libro la palabra saqueo, que pareciera la mejor para expresar lo que viviste. ¿Uno se puede recuperar de algo de lo que te es despojado y nunca te devuelven? 
“Puede haber personas que no se recuperan. Hay niños y niñas víctimas de esta violencia que han muerto, y otros niños han contraído enfermedades de transmisión sexual. Esos daños son irreversibles y hay que decirlo. 
“En otras situaciones, el cuerpo tiene una tremenda capacidad de autosanación y el alma hace lo suyo; pero hay una memoria corporal que demora en sincronizarse completamente con el resto del proceso de reparación. Esta memoria permanece, y el desafío es cómo uno convive con ella. Hay cosas que no se olvidan nunca y hay sensaciones que se evocan sin que medie conciencia ni voluntad, y uno aprende a enfrentar esa realidad de distintas formas. Los años te ayudan mucho”. 

-¿El autoatentar contra sí mismo es una situación habitual en los niños que han sido abusados?
“Durante la juventud y adultez, las estadísticas y experiencia con pacientes abusados indican una alta proporción de ideaciones suicidas; y hay un 50 a 70% de las víctimas que lo intentan alguna vez. También es resultado de cuadros depresivos. Una salida desesperada que en algún minuto suena como la única forma de terminar con algo que duele demasiado; que extenúa mucho, también. 
“A mí me cuesta harto hablar de esto y si lo hago es sólo por el valor que pueda tener para alguien que esté pasando por lo mismo, porque de verdad, pensar en la muerte como salida alguna vez, fue desde la desesperación de sentir que no puedes cargar con más con el secreto. Por eso es tan absolutamente imprescindible compartir la verdad, sentirse amparado. Ahora, en la perspectiva de los años, quiero tanto la vida, quiero tanto estar viva y aprecio tanto lo que viene con ella, que no volvería jamás a ese lugar”. 

-En el libro dejas claro que querías una explicación de parte de tu padre. ¿Esa explicación la buscan todos, la necesitan? 
“Lo que todo niño necesita es tener la certeza de que no pasará nuevamente por la experiencia, nunca más. Creo que explicaciones para el abuso no existen; en mi caso yo las busqué porque necesitaba intentar hacer sentido de lo imposible, buscar un cierto orden interno. En cualquier situación dolorosa de la vida uno tiende a preguntar por qué; lo hacemos cuando muere una persona o enfrentas una pérdida importante, el por qué es casi por instinto…aunque no todo tenga respuesta”. 

-¿Esto forma parte de la sanación?
“Creo que fue clave en la sanación en el sentido de entender que el camino lo iba a recorrer sola, porque las respuestas de mi papá no me aportaron mucho. Lo realmente valioso fue sentirse capaz de preguntar, mirar de frente, y hablar con menos miedo. Si uno logra o no explicarse ciertos dolores, es historia aparte. Pero igualmente tratamos, como sociedad e individualmente, de encontrar sentido a lo que vivimos”. 

-Eres un ejemplo vivo de resiliencia. ¿Todos tienen esa capacidad?
“Esto es bien misterioso, y creo que todos venimos con ella. El cuerpo resilia: uno se corta y cicatriza, qué más gráfico que eso. El tema es desde dónde potenciar esa resiliencia, y si uno está en entornos donde no cuenta con ciertos apoyos, posiblemente esa capacidad no logrará desarrollarse bien. Aquí resulta vital el afecto, el estímulo de la autoestima del niño, de la confianza en sí mismo, el reconocimiento de sus talentos –uno o diez-…reforzar el aplomo y autonomía en constante contrapunto con la disponibilidad de apoyo y cuidado”. 

-Hablas de sanar, ¿se logra? 
“Se logra, puede ser súper desafiante, pero la posibilidad está. Mientras antes pueda un niño comenzar un proceso de terapia, mientras mayor acceso exista para los jóvenes y adultos que no lo tuvieron en su momento, mucho mayor es la posibilidad de poder desarrollar una vida lo más normal posible. Como todas las personas. 
“Esto no se puede hacer siempre solo; aunque conozco algunos que lo hicieron a partir del cariño y amor de otros, que son una fuente de resiliencia. La maternidad también ayuda, porque el tener hijos plantea tal nivel de desafíos, que tiene un efecto potentísimo en la voluntad de querer sanar, de estar bien”. 

-Al publicar el libro tu abres tu historia, la socializas. ¿Es necesario hacerlo, con la familia, los amigos? 
“Creo que poner la verdad sobre la mesa es parte imprescindible de cualquier proceso de reparación y sanación. No solo para las ex víctimas, sino para todos. La mentira, el ocultamiento, no ayudan a nadie; no se puede crecer así. Aunque la verdad venga con dolor, sana y permite avanzar. Ahora, cada quien define el cuándo y cómo de su verdad. Quizás muchas personas llegan a su adultez sin hablarlo; y otros quizás nunca lo hagan. Es una elección muy íntima; pero sigo creyendo que hay tanto silencio en el abuso, que sacar la voz, tome el tiempo que sea, es siempre un regalo. 
“Yo hice un proceso largo, antes de sacar el libro. Ya había sacado mi voz, pero mi hija mayor me dijo que si hacerla pública le servía a una sola persona, valía la pena. Y yo sabía que sí, porque a mí me sirvió escuchar las historias de otras mujeres. Las voces y relatos de cada una, animan y acompañan a otras que aun no han hablado. Y también ayudan a la sociedad entera. 
“La mejor forma de proponernos un país mejor, donde no ocurran más abusos, es conversar y entender bien el nivel de daños que estamos enfrentando cuándo un niño es abusado sexualmente, para hacer todo lo que podamos por erradicarlo y prevenirlo. Para aprender a cuidarnos mejor. Esto se está dando en Chile con más fuerza, a la par de muchas personas que han ido develando y compartiendo sus experiencias y, por eso, hay que agradecerles”.

 

Vinka Jackson: Una historia de abuso sexual contada para ayudar a otros a sanar

Esta psicóloga, a partir de su propia experiencia, ha tratado, desde distintos frentes, ser útil a las personas que han sido víctimas de abuso sexual. Cree firmemente en la necesidad de que esta sociedad hable del tema para así crear conciencia de que este flagelo se debe detener.

Está afincada nuevamente, por un tiempo, en Chile, después de itinerar durante los últimos años entre Santiago y Atlanta, donde armó un hogar en 1996 que hoy traslada a estas tierras junto a sus dos hijas.

 

Su historia está plasmada en un libro autobiográfico, “Agua fresca en los espejos”, que devela los abusos sexuales sufridos a manos de su padre y el camino recorrido para sanar. Publicado por primera vez en el 2007, una reedición acaba de ser lanzada con algunos acápites nuevos, entre ellos, un posfacio escrito por José Andrés Murillo, presidente de Fundación Para la Confianza y denunciante del caso Karadima. 

Vinka Jackson habla de su experiencia con cuidado, pero sin recelo, esperanzada en que ésta puede dar luz y ser de ayuda a quienes sufrieron y sufren lo mismo que ella.

 

Por lo mismo, reconoce que se convirtió en psicóloga de la Universidad de Chile y por años trabajó en temas de abuso sexual infantil, hasta que en 2006, junto con la edición del libro, decidió concentrarse en terapia sólo con adultos por razones de autocuidado.

 

Afirma que escribir el libro tuvo que ver con un proceso de sanación personal que le llevó tiempo. “Era absolutamente necesario contar la historia que era necesaria sanar; pero la intención del libro es hablar de la capacidad de resiliencia, de rearmarse. No pensaba escribir un libro, fue un accidente de mi terapia y tuvo un buen eco en muchas personas que tienen una historia similar y se pudieron reconocer en ella”, explica. 

-En las primeras páginas de tu libro narras que los primeros abusos tuvieron lugar cuando tenías cuatro años. ¿Los niños tienen conciencia a esa edad de lo que les está pasando?
“No hay conciencia a los 4 años, lo que yo tengo son recuerdos que luego, a la luz de la experiencia, uno puede interpretar como que esas cosas ya tenían que ver con una historia de abuso”. 

-¿A qué edad un niño puede tener conciencia de lo que les está pasando? 
“Creo que sin mayor información no antes de la pubertad o adolescencia. Es súper difícil tener conciencia de algo para lo que no te han preparado ni entregado las palabras ni el repertorio para cuidarte. En las cosas que un adulto puede hacer con un niño, si alguien no le ha dicho que son incorrectas, el niño no tiene como procesarlas y significarlas como abuso”. 

-En un momento señalas que descubriste palabras como ‘abuso’, que no estaban en tu vocabulario, recién a los 8 años. ¿Ese es el momento en que se empieza a descubrir lo que pasa? 
“En el lenguaje de los niños no están las palabras abuso, violación o incesto hasta más grandes y a los 8 no se entiende bien de qué se trata. Yo, en realidad vine a entender cuando tenía 14; recién ahí el concepto de incesto se me vuelve cercano. Creo que un niño, sin ninguna preparación de parte de su familia, no tiene como leer en su experiencia que lo que pasa es incorrecto, excepto a través de sus sensaciones. Sólo si ha tenido una guía para decir que no, quizás pueda identificar algo de sus sensaciones negativas en el intercambio abusivo con un adulto”. 

-¿Todos los niños abusados viven buscando ser invisibles como en tu caso? ¿Es ese su mecanismo de defensa? 
“No me gustan las generalizaciones, pero conozco de muchos niños y niñas abusadas que tratan como pueden de evitar las ocasiones para el abuso o el maltrato y ojalá, evadir el contacto con el adulto abusador. De esa manera, se tiende a soledades y aislamientos”. 

-¿Esas conductas son señales que los adultos debieran observar? 
“Absolutamente, cualquier cambio en las rutinas habituales de un niño deben ser atendidas. Los papás tienen una conexión especial con sus hijos y cuando están atentos pueden notar rápidamente los cambios. Uno conoce la forma cómo su hijo estudia, se alimenta, juega, duerme y sueña, y si todas esas rutinas habituales empiezan a mostrar alteraciones, es clara señal de que algo preocupante ocurre. No necesariamente porque pueda estar siendo abusado, sino porque pueda estar pasándola mal también por otros motivos”. 

-¿Una situación de abuso se ve agravada cuando los adultos que están a su alrededor se desentienden de lo que pasa? 
“En el abuso siempre hay una víctima, un abusador y un montón de testigos pasivos que pueden saber o no lo que está pasando, pero que claramente no están prestando atención ni cuidando como es debido. Por algo el abuso puede ocurrir. 
“No creo que un niño pueda evaluar a los adultos que lo rodean con total precisión, pero tienden a saber con quién pueden contar y con quién no. Si tienen un adulto presente, incondicional y que ha hecho expreso y ha demostrado que está ahí para cuidarlo, el niño va a tener un canal a quien dirigirse”. 

-¿Los niños tienen la capacidad para poner ellos fin al abuso, enfrentándose al abusador?
“Hay niños que logran hablarlo pero en la gran mayoría de los casos es otro el que descubre que ese niño está siendo abusado. Con los años, la edad ayuda a ganar capacidad para decir basta, pero en el caso de los más pequeños, la experiencia señala que casi siempre depende de que alguien más, un adulto, descubra y revele que el niño ha sido abusado”.

-¿El niño no tiene entonces esa capacidad para poner fin a la situación? 
“Es sólo un niño, es mucho pedir. Un adolescente quizás tiene más posibilidades de buscar ayuda o de reventar y contar lo que está pasando, pero alguien más pequeño –que además muchas veces ni conoce bien las palabras para nombrar las partes de su cuerpo - difícilmente lo hará. El lenguaje, en la falta de exactitud o de repertorio, es uno de los obstáculos que uno se encuentra para que las denuncias puedan ser creíbles, porque se cuestiona la credibilidad de el niño si no es capaz de decir claramente qué le pasó”. 

-Usas en el libro la palabra saqueo, que pareciera la mejor para expresar lo que viviste. ¿Uno se puede recuperar de algo de lo que te es despojado y nunca te devuelven? 
“Puede haber personas que no se recuperan. Hay niños y niñas víctimas de esta violencia que han muerto, y otros niños han contraído enfermedades de transmisión sexual. Esos daños son irreversibles y hay que decirlo. 
“En otras situaciones, el cuerpo tiene una tremenda capacidad de autosanación y el alma hace lo suyo; pero hay una memoria corporal que demora en sincronizarse completamente con el resto del proceso de reparación. Esta memoria permanece, y el desafío es cómo uno convive con ella. Hay cosas que no se olvidan nunca y hay sensaciones que se evocan sin que medie conciencia ni voluntad, y uno aprende a enfrentar esa realidad de distintas formas. Los años te ayudan mucho”. 

-¿El autoatentar contra sí mismo es una situación habitual en los niños que han sido abusados?
“Durante la juventud y adultez, las estadísticas y experiencia con pacientes abusados indican una alta proporción de ideaciones suicidas; y hay un 50 a 70% de las víctimas que lo intentan alguna vez. También es resultado de cuadros depresivos. Una salida desesperada que en algún minuto suena como la única forma de terminar con algo que duele demasiado; que extenúa mucho, también. 
“A mí me cuesta harto hablar de esto y si lo hago es sólo por el valor que pueda tener para alguien que esté pasando por lo mismo, porque de verdad, pensar en la muerte como salida alguna vez, fue desde la desesperación de sentir que no puedes cargar con más con el secreto. Por eso es tan absolutamente imprescindible compartir la verdad, sentirse amparado. Ahora, en la perspectiva de los años, quiero tanto la vida, quiero tanto estar viva y aprecio tanto lo que viene con ella, que no volvería jamás a ese lugar”. 

-En el libro dejas claro que querías una explicación de parte de tu padre. ¿Esa explicación la buscan todos, la necesitan? 
“Lo que todo niño necesita es tener la certeza de que no pasará nuevamente por la experiencia, nunca más. Creo que explicaciones para el abuso no existen; en mi caso yo las busqué porque necesitaba intentar hacer sentido de lo imposible, buscar un cierto orden interno. En cualquier situación dolorosa de la vida uno tiende a preguntar por qué; lo hacemos cuando muere una persona o enfrentas una pérdida importante, el por qué es casi por instinto…aunque no todo tenga respuesta”. 

-¿Esto forma parte de la sanación?
“Creo que fue clave en la sanación en el sentido de entender que el camino lo iba a recorrer sola, porque las respuestas de mi papá no me aportaron mucho. Lo realmente valioso fue sentirse capaz de preguntar, mirar de frente, y hablar con menos miedo. Si uno logra o no explicarse ciertos dolores, es historia aparte. Pero igualmente tratamos, como sociedad e individualmente, de encontrar sentido a lo que vivimos”. 

-Eres un ejemplo vivo de resiliencia. ¿Todos tienen esa capacidad?
“Esto es bien misterioso, y creo que todos venimos con ella. El cuerpo resilia: uno se corta y cicatriza, qué más gráfico que eso. El tema es desde dónde potenciar esa resiliencia, y si uno está en entornos donde no cuenta con ciertos apoyos, posiblemente esa capacidad no logrará desarrollarse bien. Aquí resulta vital el afecto, el estímulo de la autoestima del niño, de la confianza en sí mismo, el reconocimiento de sus talentos –uno o diez-…reforzar el aplomo y autonomía en constante contrapunto con la disponibilidad de apoyo y cuidado”. 

-Hablas de sanar, ¿se logra? 
“Se logra, puede ser súper desafiante, pero la posibilidad está. Mientras antes pueda un niño comenzar un proceso de terapia, mientras mayor acceso exista para los jóvenes y adultos que no lo tuvieron en su momento, mucho mayor es la posibilidad de poder desarrollar una vida lo más normal posible. Como todas las personas. 
“Esto no se puede hacer siempre solo; aunque conozco algunos que lo hicieron a partir del cariño y amor de otros, que son una fuente de resiliencia. La maternidad también ayuda, porque el tener hijos plantea tal nivel de desafíos, que tiene un efecto potentísimo en la voluntad de querer sanar, de estar bien”. 

-Al publicar el libro tu abres tu historia, la socializas. ¿Es necesario hacerlo, con la familia, los amigos? 
“Creo que poner la verdad sobre la mesa es parte imprescindible de cualquier proceso de reparación y sanación. No solo para las ex víctimas, sino para todos. La mentira, el ocultamiento, no ayudan a nadie; no se puede crecer así. Aunque la verdad venga con dolor, sana y permite avanzar. Ahora, cada quien define el cuándo y cómo de su verdad. Quizás muchas personas llegan a su adultez sin hablarlo; y otros quizás nunca lo hagan. Es una elección muy íntima; pero sigo creyendo que hay tanto silencio en el abuso, que sacar la voz, tome el tiempo que sea, es siempre un regalo. 
“Yo hice un proceso largo, antes de sacar el libro. Ya había sacado mi voz, pero mi hija mayor me dijo que si hacerla pública le servía a una sola persona, valía la pena. Y yo sabía que sí, porque a mí me sirvió escuchar las historias de otras mujeres. Las voces y relatos de cada una, animan y acompañan a otras que aun no han hablado. Y también ayudan a la sociedad entera. 
“La mejor forma de proponernos un país mejor, donde no ocurran más abusos, es conversar y entender bien el nivel de daños que estamos enfrentando cuándo un niño es abusado sexualmente, para hacer todo lo que podamos por erradicarlo y prevenirlo. Para aprender a cuidarnos mejor. Esto se está dando en Chile con más fuerza, a la par de muchas personas que han ido develando y compartiendo sus experiencias y, por eso, hay que agradecerles”.

 

 

 

salams recalco hay muchos y variados tipos y formas de abusos, por desgracia la mujer es quien m,ás lo sufre, cierto que cada uno tiene una capacidad como una habilidad y en ningún momento trato de enjuiciar lo que una mujer hace o deja de hacer por ella misma, pues esta sería una forma de opresión es decir de abuso..porque hemos de entender algo, mi forma de ver el mundo y de actuar en él no es la del resto, por esto platón ya dijo<<amabilidad con el que te viene ya que él tiene unas circunstancias>>..ejemplo quedarse atrapado en un ascensor no es lño mismo para tres personas, pues ahí se destapan nuestros fragmentos, ejemplo vivencias en el útero...como sumadas a otras en la vida..por esto de los tres uno sentirá pánico, otro llorará y el otro sólo se agobiara lo justo.

esto que copio es de un links de la autora que me parece interesante y copio el link al final del texto

 

 

Rosa

Estimada Vinka:

Te escribo desde España. Tengo un dilema horrible. Una amiga mía, cuando teníamos 19 años lloraba muchas veces diciendo que nunca tendría hijos, un marido, una familia porque “algo” le había pasado de pequeña. Intentamos durante muchos años que nos lo contara, pero no confió en nosotras -sus amigas-. Se casó y tuvo dos hijos maravillosos. Hace unos años comenzó con una depresión tremenda y se hizo adicta a las pastillas, estuvo en el psiquiátrico del hospital varias veces, la ingresaron en un centro para desintoxicarse y nada. Últimamente engordó muchísimo y tenía fobia a salir a la calle. La ingresaban en el hospital cada poco porque tenía unos ataques de ansiedad tremendos, la última vez que la ingresaron, tenía muy mal el corazón y un edema pulmonar. Murió esa madrugada. Era una grandísima amiga, lo pasábamos muy bien todas las amigas juntas, pero siempre mantuvo su secreto.
Su hija después de una semana de la muerte, leyó las terapias de su madre con el psicólogo que su madre tenía grabadas en el ordenador y se enteró de que el tío de su madre abusó de ella cuando tenía unos cinco años. La niña estaba histérica y lo contó a una de nuestras amigas pero no quiere decírselo a su padre porque la hija del maldito abusador es como una hermana para ella y no quiere que se rompa la familia.
¿Qué debemos hacer? ¿Hablar con su padre para que hable con el psicólogo?. No queremos que su hija tenga otro secreto que le haga sufrir como sufrió su madre.
Muchas gracias por escuchar a todos aquellos que han sufrido abusos cuando eran niños y han sufrido por ello tanto en la vida.

 

  • Vinka Jackson

    Rosa, gracias x tu confianza. Qué historia la de tu amiga; qué injusticia que no haya alcanzado a poner luz sobre tanta herida. Tú eres muy noble en querer cuidar a la hija, su familia, y la propia memoria de tu amiga. Creo que tu intuición es sabia y que sería recomendable hacerse apoyar por un psicólogo (que además haya trabajado antes casos de abuso sexual infantil). Quizás él/la profesional, podría compañar al marido e hija de tu amiga en prepararse para conversar. PEro me parece importante proteger el ritmo en que la hija de tu amiga quiera hacer las cosas. Tu puedes tratar de guiarla y ayudarla a comprender qué impacto podría tener para ella el seguir guardando secretos dolorosos. Pero es ella quien decide el cuándo y el cómo.
    Me gustaría escribirte con más calma y detalle a tu correo que sale aquí. Durante este weekend puede ser.
    Bendiciones para ti. Dondequiera que esté tu amiga sabe que en ti, más que una amiga, ha tenido una hermana.
    me comunico pronto al mail

    http://vinkajackson.wordpress.com

     

 

Vinka Jackson: ''A todos se nos escapa cuando ocurren abusos a niños, no sólo a la familia''

''Qué ganas que (cuando ocurre esto) el pediatra estuviera atento, o el señor de la puerta del colegio. Es decir, que otros adultos estuvieran poniendo atención''

su libro "Mi cuerpo es un regalo", que habla sobre el autocuidado y la prevención del abuso sexual infantil. Además, sostuvo que "lasrelaciones con los niños hay que transformarlas". 

"Los niños no necesitan tremendas disertaciones sobre el abuso, ni sobre 'nadie debe tocarte', parte mucho más sencillo", aseguró. Explicó que es importante que los menores vean a sus padres actuar ante el mundo de la misma manera, cuidando sus propios cuerpos.

"Qué ganas que (cuando ocurre un abuso) el pediatra estuviera atento, o el señor de la puerta del colegio. Es decir, que otros adultos estuvieran poniendo atención, porque a todos se nos escapa cuando ocurren abusos, no sólo a la familia, a la escuela o a la iglesia donde ocurrió", expresó la psicóloga

 

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