PARIR CON PLACER, CONCEBIR CONSCIENTE,MANTENER Y SOSTENER LA MATERNIDAD EN SU FORMA NATURAL EVITA: LIMITACIONES AFECTIVAS

 

Construcción de vínculos afectivos en contextos adversos de desarrollo: importancia y polémicas (Resumen)

La Teoría del Apego ha contribuido a establecer determinadas políticas y prácticas de educación infantil y protección de la infancia, y ha tenido una notable influencia en el acogimiento de niños, niñas y adolescentes en situación de vulnerabilidad. Nuestros estudios en torno a la construcción de vínculos afectivos en contextos adversos de desarrollo nos permiten señalar algunos equívocos en torno a la misma y cómo ha servido para alimentar diversas psicopatologías, así como la necesidad de extender la discusión más allá de la díada madre-niño/a para considerar la actual diversidad de organizaciones familiares. Para la comprensión de la construcción de las relaciones afectivas y sus rupturas, se hace necesario otro paradigma, desde una perspectiva contextual y sistémica, que haga posible abordar su complejidad.

Palabras clave: Teoría del Apego, niños en riesgo, acogimiento familiar, abrigamiento, adopción.

reflexión sobre el modo en que la Teoría del Apego –una concepción teórica de la Psicología del Desarrollo, elaborada por Bowlby y Ainsworth en las décadas de los 60 y 70– ha contribuido a establecer algunas políticas y prácticas de educación infantil y protección de la infancia. Lo que aquí nos interesa considerar son algunas cuestiones como las siguientes: ¿Qué concepciones del desarrollo infantil y de la familia las sustentan? ¿Qué nociones sobre el vínculo afectivo van implícitas en su formulación? ¿Qué implicaciones tienen?

Entendemos que la inclusión del derecho a la convivencia familiar y comunitaria en las normativas y leyes internacionales y nacionales ha sido en parte subsidiado por teorías psicológicas que valoran la familia como contexto primordial de desarrollo del niño/a. Estas teorías destacan la importancia de la vinculación afectiva con figuras parentales para el desarrollo saludable del niño/a. Señalan también los efectos adversos de la ausencia de esas figuras y de la convivencia familiar en el desarrollo infantil, como ocurre en los casos de hospitalización e institucionalización prolongada de niños y niñas[2].

La Teoría del Apego ha tenido una notable influencia en el acogimiento de niños, niñas y adolescentes en situación de vulnerabilidad. Nuestros estudios en torno a la construcción de vínculos afectivos en contextos adversos de desarrollo nos permiten señalar algunos equívocos en torno a la misma y cómo ha servido para alimentar diversas psicopatologías, así como la necesidad de extender la discusión más allá de la díada madre-niño/a para considerar la actual diversidad de organizaciones familiares. Para la comprensión de la construcción de las relaciones afectivas y sus rupturas, se hace necesario otro paradigma, desde una perspectiva contextual y sistémica, que haga posible abordar su complejidad.


¿Qué características del ser humano y de su desarrollo lo hacen tan dependiente del contexto familiar y de la relación afectiva con el otro?

Entre las especies animales, los seres humanos somos los que, al nacer, presentamos el nivel más alto de impericia e inmadurez, por lo que somos incapaces de sobrevivir solos. En términos de evolución, esa «incompletud» hace de los humanos una especie biológicamente social[3]. Eso impone al bebé la necesidad íntima del otro social, de su asistencia constante, y para él resulta vital una relación próxima y constante con un compañero/a de su misma especie. Para favorecer esa relación que garantiza su supervivencia, su evolución filogenética posiblemente favoreció su potencial para establecer y mantener un contacto precoz con el otro, mediante una fuerte expresividad emocional, tanto facial como postural y gestual. El bebé nace dotado de un repertorio biológico complejo, con un alto grado de organización perceptiva y expresiva, que favorece su intercambio con el otro social, para el cual la emoción resulta constitutiva del vínculo con el otro[4].

En la construcción de las relaciones bebé-otro, el otro social empieza a introducir al niño/a en contextos o posiciones sociales, actuando como su mediador. En su relación con ese otro, el bebé construye significados sobre el mundo y sobre sí mismo a partir de las pistas, de la interpretación que el adulto hace de sí, exteriorizada por determinados actos (o papeles representados). Así, es por intermedio del otro y de sus movimientos que toman forma sus primeras actitudes.

La Teoría del Apego de Bowlby[5], de inspiración psicoanalítica, afirma que, por lo menos en los primeros años de vida, ese otro social debería ser preferentemente la madre. Así, se atribuye especial relieve al papel fundamental de la relación madre/bebé para el desarrollo psicológico saludable del niño/a a lo largo de su vida, y se pone énfasis en los posibles riesgos que comporta la ausencia o ruptura de ese vínculo.

Sin embargo, ¿tiene que ser necesariamente la madre ese otro en los primeros años de vida? Relatos históricos y antropológicos muestran que la familia nuclear y, particularmente, el cuidado exclusivo del niño/a por la madre constituyen fenómenos relativamente recientes y no universales[6]. La familia nuclear, que surgió con la revolución industrial y las transformaciones sociales y políticas del siglo XVIII, consolidó paulatinamente el papel de la madre en cuanto responsable del cuidado de los hijos/as. Más tarde, teorías médicas y psicológicas pusieron de relieve ese papel, de distintas maneras, entre ellas la Teoría del Apego.


¿En qué contexto histórico aparece la Teoría del Apego?

Hay una estrecha conexión entre la historia de Europa en las décadas de 1930 y 40 y la evolución inicial de las ideas sobre el apego –o vínculo afectivo que el niño/a establece con su madre–, desarrolladas a partir de estudios acerca de los efectos de la separación y/o privación de la madre y de la familia sobre el desarrollo y la personalidad futura del niño[7].

La idea de que las relaciones afectivas en el contexto familiar, especialmente entre madre e hijo, son factores determinantes de la personalidad adulta ya se había apuntado con anterioridad, sobre todo debido a la influencia de la teoría psicoanalítica, formulada en un contexto histórico-cultural específico. Los psicoanalistas habían asignado un rol esencial a la familia en el ‘drama’ de la constitución del sujeto. Sin embargo, esas ideas provenían de estudios con pacientes adultos, que relataban experiencias infantiles que aparentemente interferían en su comportamiento actual.

El inicio de la II Guerra Mundial, y la consecuente movilización de millones de hombres y mujeres en el esfuerzo bélico en toda Europa, exigió la creación de instituciones dedicadas a atender a los huérfanos/as de guerra o, simplemente, a los niños/as separados de sus familias, que combatían o trabajaban en los múltiples frentes de batalla. En Inglaterra, se organizaron guarderías o residencias infantiles, algunas de ellas bajo la responsabilidad de psicoanalistas y estudiosos de las ciencias del comportamiento, como la que dirigió Anna Freud. Esas instituciones ofrecieron una excelente oportunidad para observar y estudiar directamente los efectos resultantes de la separación o pérdida de las figuras parentales en los comportamientos y en el desarrollo social y emocional de los niños/as. Sin embargo, las condiciones de aquellos tiempos no permitían llevar a cabo estudios sofisticados, y el método psicoanalítico tenía sus limitaciones para una empresa de ese tipo. A pesar de todo, se publicaron varios informes que señalaban los posibles daños a la personalidad del niño/a como consecuencia de la separación[8].

Con el fin de la II Guerra, surgió la necesidad de un esfuerzo general de reorganización de la producción y reconstrucción de las ciudades destruidas durante el conflicto. Esa inmensa tarea exigía abundante mano de obra, y las mujeres difícilmente pudieron quedar ajenas al esfuerzo común. Además, dos tareas igualmente importantes e imperiosas se imponían: recomponer la población profundamente afectada por la muerte de millones de combatientes y llevar a cabo un programa de rehabilitación de huérfanos/as de guerra. Para atender estos objetivos, el gobierno debería promulgar leyes que, por un lado, favorecieran el crecimiento de la natalidad y, por otro, facilitaran el trabajo femenino. Así, se crearon guarderías infantiles para que las mujeres pudieran tener descendientes y, al mismo tiempo, estuvieran «libres» para trabajar en la reconstrucción de Europa. Esta fue la política adoptada por los gobiernos tras la victoria aliada.

Con la victoria laborista en Inglaterra, del Frente Popular en Francia, de los socialdemócratas en los países nórdicos, además del crecimiento socialista en Italia, la tendencia favorecía esta alternativa. Sin embargo, en los ambientes médicos y universitarios predominaba el temor despertado por los informes referentes a los posibles efectos negativos de la separación de la madre en el desarrollo de la personalidad del niño/a.

Ante el intenso debate político-científico generado, la Organización Mundial de la Salud (OMS) intervinó y encargó un estudio al psiquiatra y psicoanalista inglés John Bowlby, reconocido hasta hoy como uno de los teóricos más importantes en el desarrollo de la Teoría del Apego. Su estudio, publicado en 1951, enfatizó los efectos desastrosos de la separación y del desarrollo infantil en guarderías infantiles, instituciones u hospitales. A partir de los datos del mismo, Bowlby planteó que el niño/a necesita una relación afectiva continua e íntima con su madre –o madre substituta– permanente durante los primeros años de vida para desarrollarse normalmente.Se puso el énfasis en la continuidad de esa relación con una persona, con la sugerencia de evitar el cuidado materno compartido o múltiple para niños/as menores de tres años[9]. Posteriormente, Bowlby[10] añadió que esa relación íntima, afectuosa y continua con la madre, en la que ambos encuentran satisfacción, es imprescindible para la salud mental del individuo. Según Bowlby, varias formas de neurosis y trastornos de carácter, sobretodo psicopatías, se pueden atribuir tanto a la privación de cuidado materno como a la discontinuidad en la relación del niño/a con una figura materna durante los primeros años de vida.


La conceptualización del apego

Las formulaciones de Bowlby rompieron con las dos visiones predominantes en la época sobre la construcción del vínculo afectivo entre el niño/a y la madre –la psicoanalítica y la conductista (behaviorismo)– y se acercaron más a una visión biológico-evolucionista. Para Bowlby, el apego es un sistema de comportamiento adaptativo fundamental para la supervivencia del niño/a, particularmente en una especie que necesita del cuidado del otro o que depende de la proximidad constante de adultos que realicen las funciones de protección, alimentación, confort y seguridad[11].

Konner[12] añadió que la proximidad con adultos también favorecía el aprendizaje del niño/a, al proporcionar más oportunidades para la observación e imitación de modelos y para generar interacciones favorecedoras del aprendizaje. Ainsworth[13] enfatizó la función de la madre como base de apoyo segura para el niño/a, que se sirve de ella como un puerto seguro desde donde partir para explorar el ambiente y al que retornar, ya sea para recuperarse o para buscar protección ante cualquier peligro.         

Para Schaffer[14], el comportamiento social del niño/a cambia radicalmente al desarrollarse un sistema de apego a individuos específicos. Hay inversiones de emoción y sentimientos en esa relación, y la separación se convierte en un evento amenazante, lleno de significados. A partir del momento en el que el niño/a define a su grupo y no mira a todas las personas como equivalentes, se inicia, según Schaffer, el complicado proceso del aprendizaje social, que facilitará su adaptación al grupo social al que pertenece.

En tanto psicoanalista, Bowlby creía en la creación de un fuerte vínculo de la mayoría de los bebés con la figura materna en los primeros doce meses de vida. Consideraba el vínculo como un lazo relativamente duradero que se establecía con un/a cuidador/a(particularmente con la madre), a quien el bebé se asocia emocionalmente a partir de su interacción con el ambiente en que está inmerso.

Sus estudios sobre el vínculo entre madre e hijo/a ponen de relieve la importancia de esa dinámica afectiva, pues la experiencia de recibir apoyo, cooperación y confort de su madre (o de otro cuidador, como el padre), conforma en el niño/a la convicción de la utilidad de los otros y de la confiabilidad del ambiente. Eso favorecería la constitución de un modelo interno que interviene en la formación de las relaciones futuras. Este modelo estaría relacionado con la manera de reaccionar de la persona ante varios eventos de su vida, como rechazos, pérdidas y separaciones en tanto que repeticiones o reediciones de lo vivido[15].


Los orígenes de la visión biológico-evolucionista que fundamenta la Teoría del Apego

La importancia del vínculo afectivo ya había sido vislumbrada por Bowlby unos años antes de la elaboración de la teoría propiamente dicha. En un estudio retrospectivo con delincuentes que mostraban gran dificultad para establecer una relación afectiva (y, por ello, de tratamiento extremadamente difícil), Bowlby identificó una asociación con una infancia caracterizada por relaciones perturbadas y/o interrumpidas con la madre. Típicamente, en su niñez, esos individuos habían pasado de institución en institución o habían sido adoptados y rechazados consecutivamente por varias personas[16]. Ese estudio fue la base empírica para la reflexión y la formulación teórica elaborada posteriormente.

La formulación de la Teoría del Apego se enriqueció con el acercamiento y el debate establecido entre Bowlby y otros estudiosos del comportamiento animal, que investigaban los efectos de situaciones de extrema privación[17] y separaciones de corta duración en diferentes grupos de monos[18].

Este acercamiento se profundizó en dos contextos: en encuentros periódicos entre investigadores de diferentes áreas, realizados en la Sociedad de Comportamiento Animal (Society of Animal Behaviour), situada en el Zoológico de Londres[19], y en cuatro encuentros bienales[20], los CIBA-Symposia, organizados por Bowlby y colaboradores. Tal como fue relatado por Van der Horst, LeRoy y Van der Veer[21], los simposios reunieron a investigadores como Mary Ainsworth, Tony Ambrose, Jack Gewirtz, Harry Harlow, Robert Hinde, Heinz Prechtl, Harriet Rheingold, Rudolph Schaffer y Peter Wolff, entre otros. Los resultados de los encuentros fueron publicados en cuatro volúmenes editados por Brian M. Foss, denominados Determinants of Infant Behaviour (Determinantes del Comportamiento del Infante), I[22], II[23], III[24] y IV[25]. Entonces apareció la primera propuesta completa de Bowlby sobre la Teoría del Apego[26], que conserva las marcas de esos encuentros y diálogos, con una clara visión biológico-evolucionista.

Otros dos libros completan la tríada: vol. Separation, Anxiety and Anger (Separación, Ansiedad e Ira)[27] y vol. Loss, sadness and depresión (Pérdida, tristeza y depresión)[28], cuya base teórica se vuelve más hacia el psicoanálisis y su experiencia clínica.

La base empírica de las ideas de Bowlby fue construida en asociación con Mary Ainsworth. Alejándose de los casos patológicos y de las condiciones extremas de privación y aislamiento que habían motivado los primeros estudios sobre el apego, Ainsworth empezó a investigar la formación y el desarrollo del vínculo afectivo entre el niño/a en su segundo año de vida y su madre en el contexto familiar, inicialmente en Uganda y, a continuación, en Baltimore (EE. UU). Al comprobar la dificultad para observar las reacciones del niño/a ante la separación de la madre en sus observaciones domiciliarias en Estados Unidos (en general los niños/a se mostraban tranquilos y seguros cuando eran alejados de la madre), Ainsworth y sus colaboradores[29] desarrollaron un procedimiento estructurado, denominado Situación Extraña, con varios episodios de pocos minutos de duración, en los que intentaban exacerbar las reacciones del niño/a ante separaciones y reencuentros con la madre. El procedimiento, llevado a cabo en una sala con espejo unidireccional, con la madre siguiendo determinadas instrucciones, dio como resultado una propuesta de clasificación de los patrones de apego entre el niño/a y su madre. Específicamente, se propuso la clasificación del modo de relación en apego seguro,apego inseguro y apego evitativo (también llamado apego ambivalente). Posteriormente se añadió el patrón de apego desorganizado (o apego desorientado), el tipo de apego que implica los riesgos más elevados para un desarrollo psicológico saludable[30].

La técnica de situación extraña ha sido extensamente empleada, discutida y criticada, tanto en su forma original como en adaptaciones posteriores para niños/as de más edad y adultos, como el Q-sort y el Attachment Interview (método de evaluación del apego de adultos). Se amplió además el abanico de personas respecto de las cuales el niño/a puede manifestar reacciones en caso de separación y reencuentro, entre ellas el padre, educadores/as y, algunas veces, otros cuidadores/as.


La Teoría del Apego:
 conceptos y críticas teórico-metodológicas

La Teoría del Apego sostiene la importancia de la constancia de una figura (en general asociada a la figura materna) en los cuidados del bebé y contiene también nociones sobre la determinación de un periodo sensible para el desarrollo del apego, que sería el de los primeros años de vida. Los/as autores/as tratan de la primacía de la relación de apego madre-niño/a y señalan consecuencias disfuncionales en el desarrollo social y psicológico del niño/a cuando esa relación no se establece, se interrumpe o se lleva a cabo de manera inadecuada. Es decir, la calidad de las relaciones de apego depende de las interacciones de la díada madre-niño/a (o niño/a-cuidador/a), que conformarán los patrones de apego seguro, evitativo (ambivalente), inseguro o desorganizadoLos diferentes patrones dependen de la calidad del comportamiento parental, sobre todo de la sensibilidad materna para dar respuestas prontas, adecuadas y consistentes a las señales del bebé. Por consiguiente, se establecen precursores y consecuencias universales para el desarrollo del comportamiento humano.

Como señala Heidi Keller[31], los investigadores han tratado la Teoría del Apego como un sistema cerrado, con gran resistencia a los cambios y a los desarrollos teóricos y metodológicos. Por eso, se ha visto la teoría como impermeable a características del contexto físico, social y cultural, sin tener en cuenta que las diferentes sociedades proponen objetivos y estructuras parentales diversas a sus miembros.

Keller[32] añade que la separación en un contexto familiar constituye una rutina diaria impregnada por una pedagogía propia del grupo social. Sin embargo, los teóricos del apego se han mostrado impermeables a una interpretación de las relaciones que se construyen dentro de cada familia culturalmente sensible, proponiendo un modelo naturalizado y universal. La autora concluye diciendo que el apego seguro no constituye solo una categoría, sino también un ideal moral, un camino para el desarrollo de cualidades culturalmente valorizadas: yo/self, confianza, curiosidad e independencia psicológica, es decir, que con la clasificación en patrones de apego, se clasifican, en realidad, las madres –como buenas o malas–[33].


Implicaciones prácticas y conflictos que envuelven la Teoría del Apego

Volviendo hacia atrás en el tiempo: el informe de Bowlby a la OMS en 1951 tuvo un impacto profundo en los ambientes científicos y culturales de la época, sobre todo en los países anglosajones, y proveyó argumentos teóricos para frenar el desarrollo de políticas de apoyo al trabajo femenino y la apertura de guarderías infantiles. En razón de sus presuposiciones, para los teóricos/as del apego el cuidado/educación del infante en contextos como guarderías infantiles constituiría un riesgo para su sano desarrollo, porque conlleva separaciones diarias de la madre y cuidados provistos por diversos adultos[34]. Desde esta perspectiva, el desarrollo del niño/a básicamente ocurre por medio de la interacción niño/a-adulto y más bien del niño con la madre, con quien establece una fuerte vinculación afectiva.

Se trataba de planteamientos contrarios a la extensión de las guarderías infantiles y la el trabajo femenino que ya se habían adoptado e implementado en Francia y los países nórdicos. La polémica en torno del problema continuó y continúa hasta hoy, estimulada por intereses diversos y, muchas veces, conflictivos.

Las mujeres empezaron a reivindicar su derecho a una realización profesional fuera del hogar, inicialmente en los países desarrollados, por lo que se intensificó la búsqueda de una educación colectiva de calidad para los niños/as pequeños. En los países de la Comunidad Europea, esa reivindicación pasó a fundamentarse en un discurso que procuraba contribuir al desarrollo del niño/a, sus derechos y acceso a bienes culturales, así como a la definición de políticas de promoción de la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres[35].

En los países en desarrollo, la precariedad de las condiciones socioeconómicas de la clase media y particularmente de la clase baja, además de las altas tasas de desempleo, exigió la incorporación de la fuerza de trabajo femenina para contribuir con su aporte financiero a garantizar la mera supervivencia física de la familia. Un problema que se ha intensificado con la migraciones hacia los centros urbanos industrializados, responsables de la reducción o destrucción de la red social y familiar de apoyo con cuya ayuda contaban las madres de familias numerosas para criar y educar a su prole. Eso hace que un cada vez mayor número de madres recurran a instituciones educacionales a tiempo completo, como guarderías infantiles, con las que comparten la educación y los cuidados de los niños/as[36]. Cuando esas instituciones no están disponibles, muchas madres llegan a buscar el internamiento de sus hijos/as.

No obstante, no se debe confundir el contexto de la guardería infantil y el del internamiento puesto que, en la guardería, la familia comparten con las educadoras los cuidados de sus hijos; mientras que, en los internamiento, las figuras familiares están parcial o totalmente ausentes o alejados. Sin embargo, las concepciones y prácticas institucionales en ambos contextos se asemejan cuando los niños/as vienen de los sectores más depauperados de la población. En nuestras experiencias de investigación e intervención en guarderías infantiles brasileñas desde la década del 70, comprobamos varias similitudes en las prácticas de acogimiento en guarderías infantiles y centros de menores, especialmente en aquellos que atienden a familias de bajos ingresos[37].

Consecuentemente, a pesar de la creciente participación en el mundo del trabajo de madres con hijos/as pequeños y de los resultados muchas veces contradictorios respecto al desarrollo de esos niños/as, en el imaginario popular e incluso en las prácticas profesionales predomina la pregunta: ¿Una madre que es madre deja su bebé en la guardería infantil?[38]. Se trata de una pregunta que ha estimulado grandes contradicciones en cuanto al modo de concepción y funcionamiento de estos servicios.

Si por un lado la Teoría del Apego ha contribuido a consolidar una concepción del niño/a en tanto sujeto de derechos –al reivindicar garantías de protección legal e integral que respeten su desarrollo emocional y los vínculos afectivos por él establecidos–, por otro lado, la teoría convierte en patológicos o «de riesgo» los contextos de desarrollo colectivo, al elegir la familia –o, incluso, la madre– como espacio único o preponderante de desarrollo saludable.

Esos hechos revelan el modo en que nuestra cultura y organización social han erigido a la familia como base de socialización primaria, al tiempo que los reemplazantes aceptados son otras familias (adoptantes o substitutas) y hogares que abrigan.


La privación de la madre, ¿principal causa de los trastornos observados en el desarrollo de niñas y niños criados en instituciones?

Aunque en las décadas del 50 y 60 había consenso entre muchos autores/as sobre los efectos perniciosos de la crianza de niños/as pequeños en instituciones tipo guardería infantil o centros de menores –teniendo en cuenta que esos niños/as en general presentaban un retraso o alteraciones en su desarrollo físico, mental y emocional–, no todos estaban de acuerdo en que la separación o privación de la madre era la causa principal de todos los trastornos observados.

Ya en la década del 50 e inicio del 60, O'Connor[39] y Yarrow[40], a partir de una revisión de varios estudios llevados a cabo en instituciones para niños y niñas en régimen de internado, subrayaron que el ambiente de las instituciones se caracterizaba por una carencia general de estimulación. Los ambientes eran pobres, las paredes desnudas, de colores tristes y homogéneas, detectándose la ausencia casi total de juguetes. La estimulación social era casi inexistente, con una ratio persona adulta-niño/a muy baja y casi ninguna interacción individualizada entre las personas adultas y los niños/as. Además, la alimentación muchas veces era precaria e inadecuada para las necesidades de desarrollo de los niños.

Los niños no estaban sometidos solamente a la privación materna. O'Connor[41] dio a entender que el retraso observado en el desarrollo cognitivo y de lenguaje era más bien una consecuencia de la privación general de estímulos a la que estaba sometido el niño/a que de la separación o privación de la madre propiamente dicha.

Por su parte, Rutter[42] enfatizó la importancia de discernir a qué causas se atribuían los efectos. El déficit de desarrollo físico –los niños/as parecían tener menos edad de la que tenían en realidad– se debería atribuir básicamente a la carencia de los nutrientes necesarios para su crecimiento, resultado de la alimentación insuficiente e inadecuada ofrecida en la institución, y también de una probable desnutrición sufrida en el vientre materno.

No se observó ese tipo de deficiencia o retraso físico, mental o de lenguaje en niños y niñas criados en Inglaterra en guarderías infantiles residenciales de buena calidad[43]. Estas instituciones resultaron satisfactorias en términos de estimulación sensorial y social, aunque en ellas los niños y niñas eran cuidados indiscriminadamente por varias personas (de media 50 personas diferentes cuidaban directamente de ellos, al mismo tiempo o consecutivamente, hasta la edad de cuatro años). No obstante, Tizard & Rees[44] dieron a entender que la dificultad manifestada por esos niños/as para establecer un contacto más estable y profundo con otros niños y niñas y con personas adultas –y también su tendencia a buscar indiscriminadamente atención y contacto físico incluso con personas extrañas– estarían directamente relacionadas con la privación específica de la madre o por lo menos con la privación de una o pocas figuras maternas sustitutivas estables.

Sus observaciones señalan la importancia y la necesidad de considerar separadamente cada tipo de privación a la que los niños/as estuvieron sometidos y cada tipo de trastorno presentado, antes de proponer posibles relaciones de causa y efecto.

Rutter[45] reevaluó el problema frente a los nuevos estudios, destacando también la necesidad de un análisis aislado de los efectos de las separaciones cuando el vínculo afectivo ya estaba establecido y las consecuencias de no tener esa vinculación a causa de la ausencia o de la discontinuidad de la(s) figura(s) de apego. Con respecto a la separación o pérdida de los padres o de la madre específicamente, Rutter[46] sugirió la existencia de un gran número de variables de otro orden en juego, con base en sus propios estudios con familias en las que uno de los miembros presentaba problemas de salud física o mental. Entre esas variables, Rutter mencionó enfermedades en la familia o su desestructuración, bien por muerte de uno de sus miembros o por dificultades económicas serias, conflictos frecuentes entre los cónyuges o de estos con la sociedad por lo que no se podría atribuir la reacción del niño/a, en esos casos, simplemente a la situación de separación.

Así, el aspecto que se debe considerar es que las concepciones sobre el desarrollo humano, oriundas de la Teoría del Apego, definen un contexto familiar específico como privilegiado para establecer las relaciones de apego: aquél en el que el niño/a tendría un cuidador/a individualizado con quién establecería una relación afectiva. Parece claro que ahí se encuentra incorporada una concepción determinada de familia, un modelo muy asociado al modelo nuclear, típico de las familias bienestantes de las metrópolis occidentales de las décadas del 50 y 60, donde los niños/as supuestamente tendrían una madre disponible para cuidarlos, considerando la condición biológica de dar a luz como un compromiso de atención individualizada de la mujer hacia su prole.

En ese caso, el análisis del apego se concentró en las relaciones diádicas, sin apenas tener en cuenta el dinamismo de las relaciones familiares, los demás agentes de interacción y las prácticas del contexto, que llevan las marcas de la cultura en la que están inmersos. Se dio poco valor a la vinculación afectiva con el padre y con los coetáneos, o con los hermanos/as de más edad. En realidad, según su propia definición, el apego siempre ocurriría entre un cuidador/a socialmente más competente (adulto) y un niño/a.

En consecuencia, aunque ha estimulado mucha investigación y construido conocimiento sobre el desarrollo afectivo en los primeros años de vida, y también en periodos posteriores, la Teoría del Apego introdujo una serie de ideas que predominan en el imaginario popular. Además, ha generado también serias restricciones al análisis de las relaciones con múltiples significativos, como el padre, abuelas, hermanos/as, tíos/as, otros niños/as, educadores/as, que tienen un papel crucial en los cuidados, en la protección, en la socialización y en la enseñanza de bebés y niños/as pequeños, como señalan Lewis y Takahashi[47], en la introducción al número especial “Beyond the Dyad”, recientemente publicado por Human Development.

En este sentido, en las décadas del 80 y 90 e incluso en este nuevo milenio, predominan estudios anglosajones de correlación que intentan evaluar las consecuencias adversas para el niño/a pequeño de frecuentar instituciones, lo que a menudo causa angustia, conflicto y discordia entre muchas mujeres y familias –angustia que era (¿es?) reforzada y trastornos que eran (¿son?) previstos en la opinión del pediatra, del psicólogo, del juez, del asistente social, del educador y de las abuelas–.


Crónicas de Psicopatologías Anunciadas

La supremacía de los lazos consanguíneos y la imposición de un modelo ideal de familia para el cuidado de los niños/as constituyen, sin duda, una ideología dominante en nuestra sociedad occidental. En parte, emana de esas ideas la concepción hegemónica de una predestinación a la psicopatología de los niños/as separados de la familia biológica, que se encuentra en diversas tendencias teóricas. Los niños y niñas cuyas historias de vida son a veces marcadas por lo que la literatura clásica del desarrollo humano llama «estresores sociales» de diversos órdenes, y que además tuvieron experiencias institucionales, son vistos con una carga de connotación negativa. Esta idea predominante se disemina en diferentes ámbitos de la vida social, que permean tanto los discursos del sentido común como los del ámbito científico[48]. La existencia de rupturas afectivas anteriores en la trayectoria vital de esos niños y niñas parece originar enmarañamientos o enredos[49] que las personas reeditan en sus prácticas dialógicas y discursivas, co-construyendo, en el momento actual, los problemas vividos o una visión inadecuada de su desarrollo. Esos niños/as y adolescentes son entonces cuidados según esos enmarañamientos que se establecen en la interacción con ellos.

Un ejemplo de esa co-construcción de los problemas y de la perspectiva de posibilidades del desarrollo infantil fue reportado por Lier de Vitto[50], quien describe la atención a una familia con tres niños con serias deficiencias auditivas. En el caso del primer niño, la sordera fue identificada solamente cuando tenía un año y medio; en cuanto al segundo, la detección se dio a los ocho meses; cuando nació el tercero, ya se sospechaba desde el inicio. El nivel de desarrollo del habla y de la comunicación en esos niños no acompañó el grado de deficiencia auditiva (evaluado con instrumentos independientes), que más bien parecía estar en relación con el tiempo que las familias interactuaron con ellos creyendo todavía que eran capaces de oír. Al describir la evolución de la hija mayor, que logró alcanzar un nivel de desarrollo superior al de los demás, la madre hizo un comentario esclarecedor: «cuando me han dicho que era sorda, me callé y ya no logré hablar con ella como hacía anteriormente». Así, la niña fue privada de aquellos ricos momentos interactivos, en los que había tenido oportunidades de aprender varios recursos comunicativos, como gestos, posturas, ritmos e incluso lectura labial.

No se puede negar que relaciones y condiciones inadecuadas de vida en los primeros años pueden tener efectos perversos sobre el desarrollo de las personas. Un ejemplo es la historia de vida y la vivencia en instituciones de pésima calidad, como las que acogían en Rumania por niños/as adoptados tardíamente, ampliamente investigados y acompañados por Rutter y colaboradores[51]. Dichas condiciones perjudicaron el desarrollo de un cierto número de sujetos. Sin embargo, es importante pensar también en la influencia simbólica de esas historias, en cuanto profecías auto-realizadoras, en la medida en que involucran las interacciones familiares y con miembros de la comunidad en enmarañamientos o enredos que pueden restringir las posibilidades de desarrollo y formación de la identidad de los niños/as y adolescentes adoptados, reforzando así los trastornos previstos.

Encontramos varios ejemplos de esa co-construcción de problemas en nuestros estudios de caso, en los que utilizamos un acercamiento etnográfico, acompañando durante un año a 16 familias con sus hijos/as adoptados, con observaciones domiciliarias, entrevistas, apuntes de campo y diario de los padres[52]. Todas las familias entrevistadas justificaban su preferencia por criaturas en sus primeros dos años de vida –aunque hubieran aceptado a niños/as de más edad– por temor a no ser capaces de «reparar» los problemas que los de mayor edad traerían consigo[53]. Las dificultades de la adopción tardía también se han evidenciado en el temor de las familias a hacer frente al pasado del niño/a. Ese pasado es muchas veces omitido o negado por las familias y también por los y las profesionales que intermedian en la adopción. En lugar de crear oportunidades para conversar abiertamente sobre él, ayudando al niño/a a reconstruir su historia y su identidad, los padres, madres y profesionales frecuentemente se sienten amenazados por ese pasado[54]. La situación puede perjudicar la construcción de una relación de conocimiento y confianza mutua, y, eventualmente, contribuir al aumento del número de niños y niñas «devueltos» a los centros de donde los recogieron.

Se puede además pensar que, cuando los educadores/as de uno de esos centros no se consideran como tales y creen que se trata de un lugar que no debería existir, sus interacciones ponen a los niños/as acogidos en situación de exclusión social, y les ven como personas sin perspectiva de desarrollo, a menos que sean «rescatadas» por otras familias distintas a las suyas.

Podemos entonces concluir que la visión de la infancia, la juventud, la familia, la pobreza, la salud mental, la delincuencia y el desarrollo que tienen los cuidadores/as, reforzada por el contexto en que están inmersos, atraviesa las interacciones establecidas con los niños/as en acogimiento familiar o institucional. En otras palabras, los valores ideológicos y constituyentes del otro y de las relaciones contagian las prácticas.

De esta manera, es posible percibir que la Teoría del Apego constituye un ejemplo de la relevancia de las ciencias del desarrollo humano para la definición de las políticas y prácticas sociales de educación y de protección de niños/as y jóvenes, sobretodo de aquellos que viven situaciones de vulnerabilidad social. La razón es que las redes de significaciones que permean, por ejemplo, las políticas y prácticas de acogimiento de niños y adolescentes históricamente se presentan con ciertas ideas predominantes sobre el apego, sobre el desarrollo normal/anormal, sobre los factores de riesgo/factores de protección y sobre la concepción de que la institución familiar es única e ideal: la familia nuclear es la que mejor ofrece un ambiente completo para que un niño/a se desarrolle. Esas ideas constituyen la matriz socio-histórica que permea tales prácticas[55].

Así, las visiones teórico-metodológicas del área contribuyen en la construcción de realidades sociales que pueden influir, modificar y restringir el desarrollo y la calidad de vida de las personas, que las incluyen muchas veces en un movimiento de exclusión. Tal cuestión llama la atención sobre nuestra responsabilidad moral y ética en ese proceso, en cuanto investigadoras, puesto que las teorías, según sus presuposiciones, consolidan formas no solamente para comprender y estudiar los procesos del desarrollo, sino también de constituir las relaciones que les darán soporte y las prácticas profesionales que en ellas incidirán.

Por eso, nos parece necesario asumir otro paradigma para la comprensión de la construcción de las relaciones afectivas y sus rupturas, desde una perspectiva contextual y sistémica que haga posible afrontar la complejidad del tema.


En busca de paradigmas sistémicos para comprender la construcción y la reconstrucción de vínculos afectivos

Lewis & Takahashi[56] señalan la importancia de acceder a las interacciones afectivas que el niño/a usualmente establece con múltiples personas significativas de su entorno. Los autores/as insisten en que la evaluación del ajuste social y emocional subsiguiente que se obtiene con este tipo de observación es más confiable que la que concentra su foco exclusivamente en el apego con la madre.

En ese sentido, Lamb[57] señala varios estudios que han documentado extensamente que los seres humanos se desarrollan en grupos más complejos y diversificados que la díada madre-niño/a. En la sociedad contemporánea, se han multiplicado varias formas de estructuración y reestructuración familiar, con niños y niñas conviviendo con padres y madres separados, nuevas parejas y hermanos/as de otros matrimonios. Además, la creciente participación de la mujer en el mercado de trabajo ha aumentado significativamente el número de madres con hijos/as pequeños que trabajan diariamente fuera de casa durante largas jornadas; el cuidado de los niños es compartido, y el compañero/a de su misma edad se convierte en un importante interlocutor del niño/a, incluso de los bebés[58].

Como argumentamos al estudiar el acogimiento familiar como medida de protección[59], es necesario mirar al niño/a en su contexto actual de desarrollo. Para ello, es necesario considerar las ideas de Lewis[60] cuando argumenta que la múltiple determinación, el azar, los encuentros accidentales y la interacción entre ellos son problemas inherentes al desarrollo humano que dificultan la previsión del curso de la vida humana. El autor critica ideas de las teorías del desarrollo que llama «ideas fijas», que son aceptadas sin cuestionamientos, como las siguientes: la perspectiva de continuidad y evolución en el desarrollo, la idea de la causalidad del pasado y la idea de que este actúa sobre el presente y el futuro. Todo ello compone lo que el autor llama un modelo organicista de desarrollo, que siempre considera al niño/a en el proceso de llegar a ser, en lo que él/ella llegará a ser en el futuro, una base sobre la que se constituyen la mayoría de las políticas públicas de atención a la infancia y a la juventud.

Lewis propone, por consiguiente, un modelo contextual de desarrollo que considere la naturaleza del ambiente en que el niño/a crece, sus relaciones, las condiciones materiales de existencia, la red social de la que forma parte, incluso para hablar en términos de desarrollo afectivo. El autor argumenta que las políticas sociales deben considerar el momento presente de la familia –el momento del acogimiento– y que la idea de curar debe dejar lugar a la idea de cuidar, en una alusión a las teorías organicistas, siempre atadas al pasado y preocupadas con el futuro y la cura[61].

Desde una perspectiva similar, Rossetti-Ferreira y colaboradores[62] proponen el referencial de la Red de Significaciones (RedSig), con la que buscan comprender, analizar y actuar respecto al desarrollo humano a partir de una red de relaciones y significaciones. En sus presuposiciones básicas, la RedSig considera que el ser humano tiene una naturaleza social y relacional, y necesita al otro desde el nacimiento como mediador en su construcción del mundo y de sí mismo. Consecuentemente, las interacciones juegan un papel fundamental en cuanto proceso y foco de análisis, porque constituyen el locus, el sitio donde las acciones y las prácticas discursivas ocurren, favoreciendo la emergencia de emociones, conflictos y negociaciones en el grupo social, llevando a movimientos de co-construcción y a mutuas transformaciones personales y situacionales.

En el proceso de co-construcción de la persona, tiene lugar constantemente el establecimiento/ruptura de límites/posibilidades, lo que constituye un sistema de circunscriptores que actúa como organizador de la trayectoria del desarrollo. Ello impulsa a la persona hacia determinadas direcciones y adquisiciones, alejándola al mismo tiempo de otras, delimitándose así las zonas de posibilidades de desarrollo. De esa manera, el sistema decircunscriptores permite pensar las acciones en el tiempo presente y sus implicaciones futuras, de manera que se mantiene la imprevisibilidad en el curso del desarrollo, ya que solamente la dirección hacia un futuro es previsible y no la trayectoria[63]. Se puede argumentar que tal noción contempla doblemente la posibilidad de conservación, de aprendizaje en el desarrollo, y también la posibilidad de la novedad, de resignificación de eventos vividos.

Tanto la persona como el medio, desde esta perspectiva comprendidos como red (en el sentido de contexto, de entrelazar, de reunir tejiendo), son simultáneamente activos y pasivos en el proceso de desarrollo.Constituyen y son constituidos, construyen y son construidos. Circunscriben y son circunscriptos.[64]

Considerando esta perspectiva, podemos entonces resignificar el acercamiento a las rupturas afectivas o a las vivencias de los niños/as en situación de desprotección social. La ruptura de vínculos afectivos por sí sola no define la personalidad: es más importante la manera en que el sujeto y las personas con las que convive significan el evento, así como son pertinentes sus vivencias posteriores a la ruptura. Por consiguiente, el futuro de los niños/as no estaría determinado por sus vivencias infantiles sino por el significado que se les atribuye.

Con base en esas reflexiones y desde la perspectiva del desarrollo de la RedSig, argumentamos que, para comprender el desarrollo afectivo y el apego, se hace necesario intentar aprehender la red de relaciones y significaciones en la que el niño/a está inmerso, desde una perspectiva de proceso, relacional, situada y discursiva. Así, se puede considerar que el apego se construye en/a través de las interacciones y relaciones recíprocas en contextos específicos que involucran discursos vivenciados y situados; estos sitúan a los compañeros/as en determinadas posiciones, lo que favorece la construcción de determinados sentidos y un repertorio de papeles posibles que circunscriben, es decir, establecen límites y posibilidades, para el flujo de comportamientos y el desarrollo de los sujetos.

Creemos que esta perspectiva permite romper con la crónica de psicopatologías anunciadas, sin hacer caso omiso del pasado de los niños/as, pero valorizando el «aquí-y-ahora» de las interacciones, el momento presente, como el momento de las transformaciones posibles. Reforzamos el argumento de Lewis[65] de que debemos superar nuestra tendencia a quedarnos atados al pasado, sin creer en la fuerza transformadora de los eventos significativos del presente.

 

Notas

[1] Agradecemos a la Fundação de Amparo à Pesquisa dol Estado de São Paulo (FAPESP), al Conselho Nacional de Desenvolvimento Científico e Tecnológico (CNPq) y a las Profas. Dras. Kátia Amorim, Ana Maria Almeida Carvalho y Zilma Moraes Ramos de Oliveira por la lectura crítica y sugerencias al texto.

[2] Para una revisión, ver Rossetti-Ferreira, 1984.

[3] Wallon, 1959.

[4] Fogel, 1993; Rossetti-Ferreira, 2006.

[5] Bowlby, 1969.

[6] Ariès, 1981; Poster, 1979.

[7] Rossetti-Ferreira, 1984.

[8] Burlingham & Freud, 1942; Bowlby, 1944; Spitz, 1945.

[9] Bowlby, 1951.

[10] Bowlby, 1973.

[11] Bowlby, 1969.

[12] Konner, 1972.

[13] Ainsworth, 1973.

[14] Schaffer, 1971.

[15] Bowlby, 1969.

[16] Bowlby, 1944.

[17] Harlow & Harlow, 1969; Suomi & Harlow, 1971.

[18] Hinde, 1969; Hinde & Spencer-Booth, 1971; Rosemblum, 1971.

[19]Información personal de Dr Fae Hall, que en la época trabajaba en el London Zoo. Cabe añadir que la primera autora obtuvo su doctorado en Londres, entre 1965 y 1967, bajo la orientación de Brian Foss, y frecuentó, en cuanto Associate Student, cursos impartidos por Bowlby en el Tavistock Institute of Human Relations. De 1970 a 1975, trabajó como SSRC Pos-Doctorate Research Fellow en el Institute of Child Health of London, y desarrolló con N.Blurton-Jones un proyecto sobre elDesarrollo del Apego y de Comportamientos Sociales en menores de uno a tres años (Blurton-Jones et al., 1980; Rossetti-Ferreira et.al., 1985).

[20] 1959, 1961, 1963, 1965.

[21] Van der Horst, LeRoy & Van der Veer, 2008.

[22] 1961.

[23] 1963.

[24] 1965.

[25] 1969.

[26] Attachment and Loss, vol. 1 Attachment, 1969.

[27] 1973.

[28] 1980.

[29] Ainsworth y colaboradores, 1978.

[30] Main y Solomon, 1986.

[31] Keller, 2008.

[32] Keller, 2008.

[33] LeVine & Norman, 2001.

[34] Main, 1998.

[35] European Commission Network on Childcare - ECNC, 1996.

[36] Rossetti-Ferreira, Ramon y Silva, 2002.

[37] Silveira, Picolo, Delphino, Faria & Rossetti-Ferreira, 1987.

[38] Rosemberg, 1982.

[39] O'Connor, 1956.

[40] Yarrow, 1961, 1964.

[41] O'Connor, 1956.

[42] Rutter, 1972.

[43] Tizard & Tizard, 1971.

[44] Tizard & Rees, 1975.

[45] Rutter, 1979.

[46] Rutter, 1966.

[47] Lewis y Takahashi, 2005.

[48] Rossetti-Ferreira, 2006.

[49] Los enmarañamientos o enredos son juegos de papeles que se establecen de manera recurrente, en general involucrando a las mismas personas y situaciones. Una de las características más evidentes de esos juegos es la manifestación de una intensa emoción que invade, somete y pone a las personas en estado de fusión, lo que inhibe su capacidad de desdoblar la situación. Algo en la situación del «aquí-ahora» –un gesto, una palabra, un sonido, una emoción, una sensación o la propia situación como un todo– organiza y reinstala las condiciones para la re-emergencia de una configuración específica ya vivenciada, enredando a la persona en un determinado papel actitudinal, sumergiéndola en un flujo recurrente de acciones/emociones (Silva, Rossetti-Ferreira y Carvalho, 2004).

[50] Lier de Vitto, 1987.

[51] O`Connor,.T. et al., 2001; Rutter & Thomas, 2004.

[52] Rossetti-Ferreira et al., 2008.

[53] Costa & Rossetti-Ferreira, 2007; Eltink, 2005; Mignorance, 2005.

[54] Brodzinsky, Smith & Brodzinsky, 1998.

[55] Rossetti-Ferreira et al., 2007.

[56] Lewis & Takahashi, 2005.

[57] Lamb, 2005.

[58] Amorim & Rossetti-Ferreira, 1999.

[59] Costa & Rossetti-Ferreira, 2009.

[60] Lewis, 1999.

[61] Lewis, 1999.

[62] Rossetti-Ferreira y col., 2004.

[63] Silva, Rossetti-Ferreira & Carvalho, 2004.

[64] Silva et al., 2004, p. 83.

[65] Lewis, 1999.

 

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© Copyright Maria Clotilde Rossetti-Ferreira y Nina Rosa do Amaral Costa, 2012.
© Copyright Scripta Nova, 2012.

reflexión sobre el modo en que la Teoría del Apego –una concepción teórica de la Psicología del Desarrollo, elaborada por Bowlby y Ainsworth en las décadas de los 60 y 70– ha contribuido a establecer algunas políticas y prácticas de educación infantil y protección de la infancia. Lo que aquí nos interesa considerar son algunas cuestiones como las siguientes: ¿Qué concepciones del desarrollo infantil y de la familia las sustentan? ¿Qué nociones sobre el vínculo afectivo van implícitas en su formulación? ¿Qué implicaciones tienen?

Entendemos que la inclusión del derecho a la convivencia familiar y comunitaria en las normativas y leyes internacionales y nacionales ha sido en parte subsidiado por teorías psicológicas que valoran la familia como contexto primordial de desarrollo del niño/a. Estas teorías destacan la importancia de la vinculación afectiva con figuras parentales para el desarrollo saludable del niño/a. Señalan también los efectos adversos de la ausencia de esas figuras y de la convivencia familiar en el desarrollo infantil, como ocurre en los casos de hospitalización e institucionalización prolongada de niños y niñas[2].

La Teoría del Apego ha tenido una notable influencia en el acogimiento de niños, niñas y adolescentes en situación de vulnerabilidad. Nuestros estudios en torno a la construcción de vínculos afectivos en contextos adversos de desarrollo nos permiten señalar algunos equívocos en torno a la misma y cómo ha servido para alimentar diversas psicopatologías, así como la necesidad de extender la discusión más allá de la díada madre-niño/a para considerar la actual diversidad de organizaciones familiares. Para la comprensión de la construcción de las relaciones afectivas y sus rupturas, se hace necesario otro paradigma, desde una perspectiva contextual y sistémica, que haga posible abordar su complejidad.


¿Qué características del ser humano y de su desarrollo lo hacen tan dependiente del contexto familiar y de la relación afectiva con el otro?

Entre las especies animales, los seres humanos somos los que, al nacer, presentamos el nivel más alto de impericia e inmadurez, por lo que somos incapaces de sobrevivir solos. En términos de evolución, esa «incompletud» hace de los humanos una especie biológicamente social[3]. Eso impone al bebé la necesidad íntima del otro social, de su asistencia constante, y para él resulta vital una relación próxima y constante con un compañero/a de su misma especie. Para favorecer esa relación que garantiza su supervivencia, su evolución filogenética posiblemente favoreció su potencial para establecer y mantener un contacto precoz con el otro, mediante una fuerte expresividad emocional, tanto facial como postural y gestual. El bebé nace dotado de un repertorio biológico complejo, con un alto grado de organización perceptiva y expresiva, que favorece su intercambio con el otro social, para el cual la emoción resulta constitutiva del vínculo con el otro[4].

En la construcción de las relaciones bebé-otro, el otro social empieza a introducir al niño/a en contextos o posiciones sociales, actuando como su mediador. En su relación con ese otro, el bebé construye significados sobre el mundo y sobre sí mismo a partir de las pistas, de la interpretación que el adulto hace de sí, exteriorizada por determinados actos (o papeles representados). Así, es por intermedio del otro y de sus movimientos que toman forma sus primeras actitudes.

La Teoría del Apego de Bowlby[5], de inspiración psicoanalítica, afirma que, por lo menos en los primeros años de vida, ese otro social debería ser preferentemente la madre. Así, se atribuye especial relieve al papel fundamental de la relación madre/bebé para el desarrollo psicológico saludable del niño/a a lo largo de su vida, y se pone énfasis en los posibles riesgos que comporta la ausencia o ruptura de ese vínculo.

Sin embargo, ¿tiene que ser necesariamente la madre ese otro en los primeros años de vida? Relatos históricos y antropológicos muestran que la familia nuclear y, particularmente, el cuidado exclusivo del niño/a por la madre constituyen fenómenos relativamente recientes y no universales[6]. La familia nuclear, que surgió con la revolución industrial y las transformaciones sociales y políticas del siglo XVIII, consolidó paulatinamente el papel de la madre en cuanto responsable del cuidado de los hijos/as. Más tarde, teorías médicas y psicológicas pusieron de relieve ese papel, de distintas maneras, entre ellas la Teoría del Apego.


¿En qué contexto histórico aparece la Teoría del Apego?

Hay una estrecha conexión entre la historia de Europa en las décadas de 1930 y 40 y la evolución inicial de las ideas sobre el apego –o vínculo afectivo que el niño/a establece con su madre–, desarrolladas a partir de estudios acerca de los efectos de la separación y/o privación de la madre y de la familia sobre el desarrollo y la personalidad futura del niño[7].

La idea de que las relaciones afectivas en el contexto familiar, especialmente entre madre e hijo, son factores determinantes de la personalidad adulta ya se había apuntado con anterioridad, sobre todo debido a la influencia de la teoría psicoanalítica, formulada en un contexto histórico-cultural específico. Los psicoanalistas habían asignado un rol esencial a la familia en el ‘drama’ de la constitución del sujeto. Sin embargo, esas ideas provenían de estudios con pacientes adultos, que relataban experiencias infantiles que aparentemente interferían en su comportamiento actual.

El inicio de la II Guerra Mundial, y la consecuente movilización de millones de hombres y mujeres en el esfuerzo bélico en toda Europa, exigió la creación de instituciones dedicadas a atender a los huérfanos/as de guerra o, simplemente, a los niños/as separados de sus familias, que combatían o trabajaban en los múltiples frentes de batalla. En Inglaterra, se organizaron guarderías o residencias infantiles, algunas de ellas bajo la responsabilidad de psicoanalistas y estudiosos de las ciencias del comportamiento, como la que dirigió Anna Freud. Esas instituciones ofrecieron una excelente oportunidad para observar y estudiar directamente los efectos resultantes de la separación o pérdida de las figuras parentales en los comportamientos y en el desarrollo social y emocional de los niños/as. Sin embargo, las condiciones de aquellos tiempos no permitían llevar a cabo estudios sofisticados, y el método psicoanalítico tenía sus limitaciones para una empresa de ese tipo. A pesar de todo, se publicaron varios informes que señalaban los posibles daños a la personalidad del niño/a como consecuencia de la separación[8].

Con el fin de la II Guerra, surgió la necesidad de un esfuerzo general de reorganización de la producción y reconstrucción de las ciudades destruidas durante el conflicto. Esa inmensa tarea exigía abundante mano de obra, y las mujeres difícilmente pudieron quedar ajenas al esfuerzo común. Además, dos tareas igualmente importantes e imperiosas se imponían: recomponer la población profundamente afectada por la muerte de millones de combatientes y llevar a cabo un programa de rehabilitación de huérfanos/as de guerra. Para atender estos objetivos, el gobierno debería promulgar leyes que, por un lado, favorecieran el crecimiento de la natalidad y, por otro, facilitaran el trabajo femenino. Así, se crearon guarderías infantiles para que las mujeres pudieran tener descendientes y, al mismo tiempo, estuvieran «libres» para trabajar en la reconstrucción de Europa. Esta fue la política adoptada por los gobiernos tras la victoria aliada.

Con la victoria laborista en Inglaterra, del Frente Popular en Francia, de los socialdemócratas en los países nórdicos, además del crecimiento socialista en Italia, la tendencia favorecía esta alternativa. Sin embargo, en los ambientes médicos y universitarios predominaba el temor despertado por los informes referentes a los posibles efectos negativos de la separación de la madre en el desarrollo de la personalidad del niño/a.

Ante el intenso debate político-científico generado, la Organización Mundial de la Salud (OMS) intervinó y encargó un estudio al psiquiatra y psicoanalista inglés John Bowlby, reconocido hasta hoy como uno de los teóricos más importantes en el desarrollo de la Teoría del Apego. Su estudio, publicado en 1951, enfatizó los efectos desastrosos de la separación y del desarrollo infantil en guarderías infantiles, instituciones u hospitales. A partir de los datos del mismo, Bowlby planteó que el niño/a necesita una relación afectiva continua e íntima con su madre –o madre substituta– permanente durante los primeros años de vida para desarrollarse normalmente.Se puso el énfasis en la continuidad de esa relación con una persona, con la sugerencia de evitar el cuidado materno compartido o múltiple para niños/as menores de tres años[9]. Posteriormente, Bowlby[10] añadió que esa relación íntima, afectuosa y continua con la madre, en la que ambos encuentran satisfacción, es imprescindible para la salud mental del individuo. Según Bowlby, varias formas de neurosis y trastornos de carácter, sobretodo psicopatías, se pueden atribuir tanto a la privación de cuidado materno como a la discontinuidad en la relación del niño/a con una figura materna durante los primeros años de vida.


La conceptualización del apego

Las formulaciones de Bowlby rompieron con las dos visiones predominantes en la época sobre la construcción del vínculo afectivo entre el niño/a y la madre –la psicoanalítica y la conductista (behaviorismo)– y se acercaron más a una visión biológico-evolucionista. Para Bowlby, el apego es un sistema de comportamiento adaptativo fundamental para la supervivencia del niño/a, particularmente en una especie que necesita del cuidado del otro o que depende de la proximidad constante de adultos que realicen las funciones de protección, alimentación, confort y seguridad[11].

Konner[12] añadió que la proximidad con adultos también favorecía el aprendizaje del niño/a, al proporcionar más oportunidades para la observación e imitación de modelos y para generar interacciones favorecedoras del aprendizaje. Ainsworth[13] enfatizó la función de la madre como base de apoyo segura para el niño/a, que se sirve de ella como un puerto seguro desde donde partir para explorar el ambiente y al que retornar, ya sea para recuperarse o para buscar protección ante cualquier peligro.         

Para Schaffer[14], el comportamiento social del niño/a cambia radicalmente al desarrollarse un sistema de apego a individuos específicos. Hay inversiones de emoción y sentimientos en esa relación, y la separación se convierte en un evento amenazante, lleno de significados. A partir del momento en el que el niño/a define a su grupo y no mira a todas las personas como equivalentes, se inicia, según Schaffer, el complicado proceso del aprendizaje social, que facilitará su adaptación al grupo social al que pertenece.

En tanto psicoanalista, Bowlby creía en la creación de un fuerte vínculo de la mayoría de los bebés con la figura materna en los primeros doce meses de vida. Consideraba el vínculo como un lazo relativamente duradero que se establecía con un/a cuidador/a(particularmente con la madre), a quien el bebé se asocia emocionalmente a partir de su interacción con el ambiente en que está inmerso.

Sus estudios sobre el vínculo entre madre e hijo/a ponen de relieve la importancia de esa dinámica afectiva, pues la experiencia de recibir apoyo, cooperación y confort de su madre (o de otro cuidador, como el padre), conforma en el niño/a la convicción de la utilidad de los otros y de la confiabilidad del ambiente. Eso favorecería la constitución de un modelo interno que interviene en la formación de las relaciones futuras. Este modelo estaría relacionado con la manera de reaccionar de la persona ante varios eventos de su vida, como rechazos, pérdidas y separaciones en tanto que repeticiones o reediciones de lo vivido[15].


Los orígenes de la visión biológico-evolucionista que fundamenta la Teoría del Apego

La importancia del vínculo afectivo ya había sido vislumbrada por Bowlby unos años antes de la elaboración de la teoría propiamente dicha. En un estudio retrospectivo con delincuentes que mostraban gran dificultad para establecer una relación afectiva (y, por ello, de tratamiento extremadamente difícil), Bowlby identificó una asociación con una infancia caracterizada por relaciones perturbadas y/o interrumpidas con la madre. Típicamente, en su niñez, esos individuos habían pasado de institución en institución o habían sido adoptados y rechazados consecutivamente por varias personas[16]. Ese estudio fue la base empírica para la reflexión y la formulación teórica elaborada posteriormente.

La formulación de la Teoría del Apego se enriqueció con el acercamiento y el debate establecido entre Bowlby y otros estudiosos del comportamiento animal, que investigaban los efectos de situaciones de extrema privación[17] y separaciones de corta duración en diferentes grupos de monos[18].

Este acercamiento se profundizó en dos contextos: en encuentros periódicos entre investigadores de diferentes áreas, realizados en la Sociedad de Comportamiento Animal (Society of Animal Behaviour), situada en el Zoológico de Londres[19], y en cuatro encuentros bienales[20], los CIBA-Symposia, organizados por Bowlby y colaboradores. Tal como fue relatado por Van der Horst, LeRoy y Van der Veer[21], los simposios reunieron a investigadores como Mary Ainsworth, Tony Ambrose, Jack Gewirtz, Harry Harlow, Robert Hinde, Heinz Prechtl, Harriet Rheingold, Rudolph Schaffer y Peter Wolff, entre otros. Los resultados de los encuentros fueron publicados en cuatro volúmenes editados por Brian M. Foss, denominados Determinants of Infant Behaviour (Determinantes del Comportamiento del Infante), I[22], II[23], III[24] y IV[25]. Entonces apareció la primera propuesta completa de Bowlby sobre la Teoría del Apego[26], que conserva las marcas de esos encuentros y diálogos, con una clara visión biológico-evolucionista.

Otros dos libros completan la tríada: vol. Separation, Anxiety and Anger (Separación, Ansiedad e Ira)[27] y vol. Loss, sadness and depresión (Pérdida, tristeza y depresión)[28], cuya base teórica se vuelve más hacia el psicoanálisis y su experiencia clínica.

La base empírica de las ideas de Bowlby fue construida en asociación con Mary Ainsworth. Alejándose de los casos patológicos y de las condiciones extremas de privación y aislamiento que habían motivado los primeros estudios sobre el apego, Ainsworth empezó a investigar la formación y el desarrollo del vínculo afectivo entre el niño/a en su segundo año de vida y su madre en el contexto familiar, inicialmente en Uganda y, a continuación, en Baltimore (EE. UU). Al comprobar la dificultad para observar las reacciones del niño/a ante la separación de la madre en sus observaciones domiciliarias en Estados Unidos (en general los niños/a se mostraban tranquilos y seguros cuando eran alejados de la madre), Ainsworth y sus colaboradores[29] desarrollaron un procedimiento estructurado, denominado Situación Extraña, con varios episodios de pocos minutos de duración, en los que intentaban exacerbar las reacciones del niño/a ante separaciones y reencuentros con la madre. El procedimiento, llevado a cabo en una sala con espejo unidireccional, con la madre siguiendo determinadas instrucciones, dio como resultado una propuesta de clasificación de los patrones de apego entre el niño/a y su madre. Específicamente, se propuso la clasificación del modo de relación en apego seguro,apego inseguro y apego evitativo (también llamado apego ambivalente). Posteriormente se añadió el patrón de apego desorganizado (o apego desorientado), el tipo de apego que implica los riesgos más elevados para un desarrollo psicológico saludable[30].

La técnica de situación extraña ha sido extensamente empleada, discutida y criticada, tanto en su forma original como en adaptaciones posteriores para niños/as de más edad y adultos, como el Q-sort y el Attachment Interview (método de evaluación del apego de adultos). Se amplió además el abanico de personas respecto de las cuales el niño/a puede manifestar reacciones en caso de separación y reencuentro, entre ellas el padre, educadores/as y, algunas veces, otros cuidadores/as.


La Teoría del Apego:
 conceptos y críticas teórico-metodológicas

La Teoría del Apego sostiene la importancia de la constancia de una figura (en general asociada a la figura materna) en los cuidados del bebé y contiene también nociones sobre la determinación de un periodo sensible para el desarrollo del apego, que sería el de los primeros años de vida. Los/as autores/as tratan de la primacía de la relación de apego madre-niño/a y señalan consecuencias disfuncionales en el desarrollo social y psicológico del niño/a cuando esa relación no se establece, se interrumpe o se lleva a cabo de manera inadecuada. Es decir, la calidad de las relaciones de apego depende de las interacciones de la díada madre-niño/a (o niño/a-cuidador/a), que conformarán los patrones de apego seguro, evitativo (ambivalente), inseguro o desorganizadoLos diferentes patrones dependen de la calidad del comportamiento parental, sobre todo de la sensibilidad materna para dar respuestas prontas, adecuadas y consistentes a las señales del bebé. Por consiguiente, se establecen precursores y consecuencias universales para el desarrollo del comportamiento humano.

Como señala Heidi Keller[31], los investigadores han tratado la Teoría del Apego como un sistema cerrado, con gran resistencia a los cambios y a los desarrollos teóricos y metodológicos. Por eso, se ha visto la teoría como impermeable a características del contexto físico, social y cultural, sin tener en cuenta que las diferentes sociedades proponen objetivos y estructuras parentales diversas a sus miembros.

Keller[32] añade que la separación en un contexto familiar constituye una rutina diaria impregnada por una pedagogía propia del grupo social. Sin embargo, los teóricos del apego se han mostrado impermeables a una interpretación de las relaciones que se construyen dentro de cada familia culturalmente sensible, proponiendo un modelo naturalizado y universal. La autora concluye diciendo que el apego seguro no constituye solo una categoría, sino también un ideal moral, un camino para el desarrollo de cualidades culturalmente valorizadas: yo/self, confianza, curiosidad e independencia psicológica, es decir, que con la clasificación en patrones de apego, se clasifican, en realidad, las madres –como buenas o malas–[33].


Implicaciones prácticas y conflictos que envuelven la Teoría del Apego

Volviendo hacia atrás en el tiempo: el informe de Bowlby a la OMS en 1951 tuvo un impacto profundo en los ambientes científicos y culturales de la época, sobre todo en los países anglosajones, y proveyó argumentos teóricos para frenar el desarrollo de políticas de apoyo al trabajo femenino y la apertura de guarderías infantiles. En razón de sus presuposiciones, para los teóricos/as del apego el cuidado/educación del infante en contextos como guarderías infantiles constituiría un riesgo para su sano desarrollo, porque conlleva separaciones diarias de la madre y cuidados provistos por diversos adultos[34]. Desde esta perspectiva, el desarrollo del niño/a básicamente ocurre por medio de la interacción niño/a-adulto y más bien del niño con la madre, con quien establece una fuerte vinculación afectiva.

Se trataba de planteamientos contrarios a la extensión de las guarderías infantiles y la el trabajo femenino que ya se habían adoptado e implementado en Francia y los países nórdicos. La polémica en torno del problema continuó y continúa hasta hoy, estimulada por intereses diversos y, muchas veces, conflictivos.

Las mujeres empezaron a reivindicar su derecho a una realización profesional fuera del hogar, inicialmente en los países desarrollados, por lo que se intensificó la búsqueda de una educación colectiva de calidad para los niños/as pequeños. En los países de la Comunidad Europea, esa reivindicación pasó a fundamentarse en un discurso que procuraba contribuir al desarrollo del niño/a, sus derechos y acceso a bienes culturales, así como a la definición de políticas de promoción de la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres[35].

En los países en desarrollo, la precariedad de las condiciones socioeconómicas de la clase media y particularmente de la clase baja, además de las altas tasas de desempleo, exigió la incorporación de la fuerza de trabajo femenina para contribuir con su aporte financiero a garantizar la mera supervivencia física de la familia. Un problema que se ha intensificado con la migraciones hacia los centros urbanos industrializados, responsables de la reducción o destrucción de la red social y familiar de apoyo con cuya ayuda contaban las madres de familias numerosas para criar y educar a su prole. Eso hace que un cada vez mayor número de madres recurran a instituciones educacionales a tiempo completo, como guarderías infantiles, con las que comparten la educación y los cuidados de los niños/as[36]. Cuando esas instituciones no están disponibles, muchas madres llegan a buscar el internamiento de sus hijos/as.

No obstante, no se debe confundir el contexto de la guardería infantil y el del internamiento puesto que, en la guardería, la familia comparten con las educadoras los cuidados de sus hijos; mientras que, en los internamiento, las figuras familiares están parcial o totalmente ausentes o alejados. Sin embargo, las concepciones y prácticas institucionales en ambos contextos se asemejan cuando los niños/as vienen de los sectores más depauperados de la población. En nuestras experiencias de investigación e intervención en guarderías infantiles brasileñas desde la década del 70, comprobamos varias similitudes en las prácticas de acogimiento en guarderías infantiles y centros de menores, especialmente en aquellos que atienden a familias de bajos ingresos[37].

Consecuentemente, a pesar de la creciente participación en el mundo del trabajo de madres con hijos/as pequeños y de los resultados muchas veces contradictorios respecto al desarrollo de esos niños/as, en el imaginario popular e incluso en las prácticas profesionales predomina la pregunta: ¿Una madre que es madre deja su bebé en la guardería infantil?[38]. Se trata de una pregunta que ha estimulado grandes contradicciones en cuanto al modo de concepción y funcionamiento de estos servicios.

Si por un lado la Teoría del Apego ha contribuido a consolidar una concepción del niño/a en tanto sujeto de derechos –al reivindicar garantías de protección legal e integral que respeten su desarrollo emocional y los vínculos afectivos por él establecidos–, por otro lado, la teoría convierte en patológicos o «de riesgo» los contextos de desarrollo colectivo, al elegir la familia –o, incluso, la madre– como espacio único o preponderante de desarrollo saludable.

Esos hechos revelan el modo en que nuestra cultura y organización social han erigido a la familia como base de socialización primaria, al tiempo que los reemplazantes aceptados son otras familias (adoptantes o substitutas) y hogares que abrigan.


La privación de la madre, ¿principal causa de los trastornos observados en el desarrollo de niñas y niños criados en instituciones?

Aunque en las décadas del 50 y 60 había consenso entre muchos autores/as sobre los efectos perniciosos de la crianza de niños/as pequeños en instituciones tipo guardería infantil o centros de menores –teniendo en cuenta que esos niños/as en general presentaban un retraso o alteraciones en su desarrollo físico, mental y emocional–, no todos estaban de acuerdo en que la separación o privación de la madre era la causa principal de todos los trastornos observados.

Ya en la década del 50 e inicio del 60, O'Connor[39] y Yarrow[40], a partir de una revisión de varios estudios llevados a cabo en instituciones para niños y niñas en régimen de internado, subrayaron que el ambiente de las instituciones se caracterizaba por una carencia general de estimulación. Los ambientes eran pobres, las paredes desnudas, de colores tristes y homogéneas, detectándose la ausencia casi total de juguetes. La estimulación social era casi inexistente, con una ratio persona adulta-niño/a muy baja y casi ninguna interacción individualizada entre las personas adultas y los niños/as. Además, la alimentación muchas veces era precaria e inadecuada para las necesidades de desarrollo de los niños.

Los niños no estaban sometidos solamente a la privación materna. O'Connor[41] dio a entender que el retraso observado en el desarrollo cognitivo y de lenguaje era más bien una consecuencia de la privación general de estímulos a la que estaba sometido el niño/a que de la separación o privación de la madre propiamente dicha.

Por su parte, Rutter[42] enfatizó la importancia de discernir a qué causas se atribuían los efectos. El déficit de desarrollo físico –los niños/as parecían tener menos edad de la que tenían en realidad– se debería atribuir básicamente a la carencia de los nutrientes necesarios para su crecimiento, resultado de la alimentación insuficiente e inadecuada ofrecida en la institución, y también de una probable desnutrición sufrida en el vientre materno.

No se observó ese tipo de deficiencia o retraso físico, mental o de lenguaje en niños y niñas criados en Inglaterra en guarderías infantiles residenciales de buena calidad[43]. Estas instituciones resultaron satisfactorias en términos de estimulación sensorial y social, aunque en ellas los niños y niñas eran cuidados indiscriminadamente por varias personas (de media 50 personas diferentes cuidaban directamente de ellos, al mismo tiempo o consecutivamente, hasta la edad de cuatro años). No obstante, Tizard & Rees[44] dieron a entender que la dificultad manifestada por esos niños/as para establecer un contacto más estable y profundo con otros niños y niñas y con personas adultas –y también su tendencia a buscar indiscriminadamente atención y contacto físico incluso con personas extrañas– estarían directamente relacionadas con la privación específica de la madre o por lo menos con la privación de una o pocas figuras maternas sustitutivas estables.

Sus observaciones señalan la importancia y la necesidad de considerar separadamente cada tipo de privación a la que los niños/as estuvieron sometidos y cada tipo de trastorno presentado, antes de proponer posibles relaciones de causa y efecto.

Rutter[45] reevaluó el problema frente a los nuevos estudios, destacando también la necesidad de un análisis aislado de los efectos de las separaciones cuando el vínculo afectivo ya estaba establecido y las consecuencias de no tener esa vinculación a causa de la ausencia o de la discontinuidad de la(s) figura(s) de apego. Con respecto a la separación o pérdida de los padres o de la madre específicamente, Rutter[46] sugirió la existencia de un gran número de variables de otro orden en juego, con base en sus propios estudios con familias en las que uno de los miembros presentaba problemas de salud física o mental. Entre esas variables, Rutter mencionó enfermedades en la familia o su desestructuración, bien por muerte de uno de sus miembros o por dificultades económicas serias, conflictos frecuentes entre los cónyuges o de estos con la sociedad por lo que no se podría atribuir la reacción del niño/a, en esos casos, simplemente a la situación de separación.

Así, el aspecto que se debe considerar es que las concepciones sobre el desarrollo humano, oriundas de la Teoría del Apego, definen un contexto familiar específico como privilegiado para establecer las relaciones de apego: aquél en el que el niño/a tendría un cuidador/a individualizado con quién establecería una relación afectiva. Parece claro que ahí se encuentra incorporada una concepción determinada de familia, un modelo muy asociado al modelo nuclear, típico de las familias bienestantes de las metrópolis occidentales de las décadas del 50 y 60, donde los niños/as supuestamente tendrían una madre disponible para cuidarlos, considerando la condición biológica de dar a luz como un compromiso de atención individualizada de la mujer hacia su prole.

En ese caso, el análisis del apego se concentró en las relaciones diádicas, sin apenas tener en cuenta el dinamismo de las relaciones familiares, los demás agentes de interacción y las prácticas del contexto, que llevan las marcas de la cultura en la que están inmersos. Se dio poco valor a la vinculación afectiva con el padre y con los coetáneos, o con los hermanos/as de más edad. En realidad, según su propia definición, el apego siempre ocurriría entre un cuidador/a socialmente más competente (adulto) y un niño/a.

En consecuencia, aunque ha estimulado mucha investigación y construido conocimiento sobre el desarrollo afectivo en los primeros años de vida, y también en periodos posteriores, la Teoría del Apego introdujo una serie de ideas que predominan en el imaginario popular. Además, ha generado también serias restricciones al análisis de las relaciones con múltiples significativos, como el padre, abuelas, hermanos/as, tíos/as, otros niños/as, educadores/as, que tienen un papel crucial en los cuidados, en la protección, en la socialización y en la enseñanza de bebés y niños/as pequeños, como señalan Lewis y Takahashi[47], en la introducción al número especial “Beyond the Dyad”, recientemente publicado por Human Development.

En este sentido, en las décadas del 80 y 90 e incluso en este nuevo milenio, predominan estudios anglosajones de correlación que intentan evaluar las consecuencias adversas para el niño/a pequeño de frecuentar instituciones, lo que a menudo causa angustia, conflicto y discordia entre muchas mujeres y familias –angustia que era (¿es?) reforzada y trastornos que eran (¿son?) previstos en la opinión del pediatra, del psicólogo, del juez, del asistente social, del educador y de las abuelas–.


Crónicas de Psicopatologías Anunciadas

La supremacía de los lazos consanguíneos y la imposición de un modelo ideal de familia para el cuidado de los niños/as constituyen, sin duda, una ideología dominante en nuestra sociedad occidental. En parte, emana de esas ideas la concepción hegemónica de una predestinación a la psicopatología de los niños/as separados de la familia biológica, que se encuentra en diversas tendencias teóricas. Los niños y niñas cuyas historias de vida son a veces marcadas por lo que la literatura clásica del desarrollo humano llama «estresores sociales» de diversos órdenes, y que además tuvieron experiencias institucionales, son vistos con una carga de connotación negativa. Esta idea predominante se disemina en diferentes ámbitos de la vida social, que permean tanto los discursos del sentido común como los del ámbito científico[48]. La existencia de rupturas afectivas anteriores en la trayectoria vital de esos niños y niñas parece originar enmarañamientos o enredos[49] que las personas reeditan en sus prácticas dialógicas y discursivas, co-construyendo, en el momento actual, los problemas vividos o una visión inadecuada de su desarrollo. Esos niños/as y adolescentes son entonces cuidados según esos enmarañamientos que se establecen en la interacción con ellos.

Un ejemplo de esa co-construcción de los problemas y de la perspectiva de posibilidades del desarrollo infantil fue reportado por Lier de Vitto[50], quien describe la atención a una familia con tres niños con serias deficiencias auditivas. En el caso del primer niño, la sordera fue identificada solamente cuando tenía un año y medio; en cuanto al segundo, la detección se dio a los ocho meses; cuando nació el tercero, ya se sospechaba desde el inicio. El nivel de desarrollo del habla y de la comunicación en esos niños no acompañó el grado de deficiencia auditiva (evaluado con instrumentos independientes), que más bien parecía estar en relación con el tiempo que las familias interactuaron con ellos creyendo todavía que eran capaces de oír. Al describir la evolución de la hija mayor, que logró alcanzar un nivel de desarrollo superior al de los demás, la madre hizo un comentario esclarecedor: «cuando me han dicho que era sorda, me callé y ya no logré hablar con ella como hacía anteriormente». Así, la niña fue privada de aquellos ricos momentos interactivos, en los que había tenido oportunidades de aprender varios recursos comunicativos, como gestos, posturas, ritmos e incluso lectura labial.

No se puede negar que relaciones y condiciones inadecuadas de vida en los primeros años pueden tener efectos perversos sobre el desarrollo de las personas. Un ejemplo es la historia de vida y la vivencia en instituciones de pésima calidad, como las que acogían en Rumania por niños/as adoptados tardíamente, ampliamente investigados y acompañados por Rutter y colaboradores[51]. Dichas condiciones perjudicaron el desarrollo de un cierto número de sujetos. Sin embargo, es importante pensar también en la influencia simbólica de esas historias, en cuanto profecías auto-realizadoras, en la medida en que involucran las interacciones familiares y con miembros de la comunidad en enmarañamientos o enredos que pueden restringir las posibilidades de desarrollo y formación de la identidad de los niños/as y adolescentes adoptados, reforzando así los trastornos previstos.

Encontramos varios ejemplos de esa co-construcción de problemas en nuestros estudios de caso, en los que utilizamos un acercamiento etnográfico, acompañando durante un año a 16 familias con sus hijos/as adoptados, con observaciones domiciliarias, entrevistas, apuntes de campo y diario de los padres[52]. Todas las familias entrevistadas justificaban su preferencia por criaturas en sus primeros dos años de vida –aunque hubieran aceptado a niños/as de más edad– por temor a no ser capaces de «reparar» los problemas que los de mayor edad traerían consigo[53]. Las dificultades de la adopción tardía también se han evidenciado en el temor de las familias a hacer frente al pasado del niño/a. Ese pasado es muchas veces omitido o negado por las familias y también por los y las profesionales que intermedian en la adopción. En lugar de crear oportunidades para conversar abiertamente sobre él, ayudando al niño/a a reconstruir su historia y su identidad, los padres, madres y profesionales frecuentemente se sienten amenazados por ese pasado[54]. La situación puede perjudicar la construcción de una relación de conocimiento y confianza mutua, y, eventualmente, contribuir al aumento del número de niños y niñas «devueltos» a los centros de donde los recogieron.

Se puede además pensar que, cuando los educadores/as de uno de esos centros no se consideran como tales y creen que se trata de un lugar que no debería existir, sus interacciones ponen a los niños/as acogidos en situación de exclusión social, y les ven como personas sin perspectiva de desarrollo, a menos que sean «rescatadas» por otras familias distintas a las suyas.

Podemos entonces concluir que la visión de la infancia, la juventud, la familia, la pobreza, la salud mental, la delincuencia y el desarrollo que tienen los cuidadores/as, reforzada por el contexto en que están inmersos, atraviesa las interacciones establecidas con los niños/as en acogimiento familiar o institucional. En otras palabras, los valores ideológicos y constituyentes del otro y de las relaciones contagian las prácticas.

De esta manera, es posible percibir que la Teoría del Apego constituye un ejemplo de la relevancia de las ciencias del desarrollo humano para la definición de las políticas y prácticas sociales de educación y de protección de niños/as y jóvenes, sobretodo de aquellos que viven situaciones de vulnerabilidad social. La razón es que las redes de significaciones que permean, por ejemplo, las políticas y prácticas de acogimiento de niños y adolescentes históricamente se presentan con ciertas ideas predominantes sobre el apego, sobre el desarrollo normal/anormal, sobre los factores de riesgo/factores de protección y sobre la concepción de que la institución familiar es única e ideal: la familia nuclear es la que mejor ofrece un ambiente completo para que un niño/a se desarrolle. Esas ideas constituyen la matriz socio-histórica que permea tales prácticas[55].

Así, las visiones teórico-metodológicas del área contribuyen en la construcción de realidades sociales que pueden influir, modificar y restringir el desarrollo y la calidad de vida de las personas, que las incluyen muchas veces en un movimiento de exclusión. Tal cuestión llama la atención sobre nuestra responsabilidad moral y ética en ese proceso, en cuanto investigadoras, puesto que las teorías, según sus presuposiciones, consolidan formas no solamente para comprender y estudiar los procesos del desarrollo, sino también de constituir las relaciones que les darán soporte y las prácticas profesionales que en ellas incidirán.

Por eso, nos parece necesario asumir otro paradigma para la comprensión de la construcción de las relaciones afectivas y sus rupturas, desde una perspectiva contextual y sistémica que haga posible afrontar la complejidad del tema.


En busca de paradigmas sistémicos para comprender la construcción y la reconstrucción de vínculos afectivos

Lewis & Takahashi[56] señalan la importancia de acceder a las interacciones afectivas que el niño/a usualmente establece con múltiples personas significativas de su entorno. Los autores/as insisten en que la evaluación del ajuste social y emocional subsiguiente que se obtiene con este tipo de observación es más confiable que la que concentra su foco exclusivamente en el apego con la madre.

En ese sentido, Lamb[57] señala varios estudios que han documentado extensamente que los seres humanos se desarrollan en grupos más complejos y diversificados que la díada madre-niño/a. En la sociedad contemporánea, se han multiplicado varias formas de estructuración y reestructuración familiar, con niños y niñas conviviendo con padres y madres separados, nuevas parejas y hermanos/as de otros matrimonios. Además, la creciente participación de la mujer en el mercado de trabajo ha aumentado significativamente el número de madres con hijos/as pequeños que trabajan diariamente fuera de casa durante largas jornadas; el cuidado de los niños es compartido, y el compañero/a de su misma edad se convierte en un importante interlocutor del niño/a, incluso de los bebés[58].

Como argumentamos al estudiar el acogimiento familiar como medida de protección[59], es necesario mirar al niño/a en su contexto actual de desarrollo. Para ello, es necesario considerar las ideas de Lewis[60] cuando argumenta que la múltiple determinación, el azar, los encuentros accidentales y la interacción entre ellos son problemas inherentes al desarrollo humano que dificultan la previsión del curso de la vida humana. El autor critica ideas de las teorías del desarrollo que llama «ideas fijas», que son aceptadas sin cuestionamientos, como las siguientes: la perspectiva de continuidad y evolución en el desarrollo, la idea de la causalidad del pasado y la idea de que este actúa sobre el presente y el futuro. Todo ello compone lo que el autor llama un modelo organicista de desarrollo, que siempre considera al niño/a en el proceso de llegar a ser, en lo que él/ella llegará a ser en el futuro, una base sobre la que se constituyen la mayoría de las políticas públicas de atención a la infancia y a la juventud.

Lewis propone, por consiguiente, un modelo contextual de desarrollo que considere la naturaleza del ambiente en que el niño/a crece, sus relaciones, las condiciones materiales de existencia, la red social de la que forma parte, incluso para hablar en términos de desarrollo afectivo. El autor argumenta que las políticas sociales deben considerar el momento presente de la familia –el momento del acogimiento– y que la idea de curar debe dejar lugar a la idea de cuidar, en una alusión a las teorías organicistas, siempre atadas al pasado y preocupadas con el futuro y la cura[61].

Desde una perspectiva similar, Rossetti-Ferreira y colaboradores[62] proponen el referencial de la Red de Significaciones (RedSig), con la que buscan comprender, analizar y actuar respecto al desarrollo humano a partir de una red de relaciones y significaciones. En sus presuposiciones básicas, la RedSig considera que el ser humano tiene una naturaleza social y relacional, y necesita al otro desde el nacimiento como mediador en su construcción del mundo y de sí mismo. Consecuentemente, las interacciones juegan un papel fundamental en cuanto proceso y foco de análisis, porque constituyen el locus, el sitio donde las acciones y las prácticas discursivas ocurren, favoreciendo la emergencia de emociones, conflictos y negociaciones en el grupo social, llevando a movimientos de co-construcción y a mutuas transformaciones personales y situacionales.

En el proceso de co-construcción de la persona, tiene lugar constantemente el establecimiento/ruptura de límites/posibilidades, lo que constituye un sistema de circunscriptores que actúa como organizador de la trayectoria del desarrollo. Ello impulsa a la persona hacia determinadas direcciones y adquisiciones, alejándola al mismo tiempo de otras, delimitándose así las zonas de posibilidades de desarrollo. De esa manera, el sistema decircunscriptores permite pensar las acciones en el tiempo presente y sus implicaciones futuras, de manera que se mantiene la imprevisibilidad en el curso del desarrollo, ya que solamente la dirección hacia un futuro es previsible y no la trayectoria[63]. Se puede argumentar que tal noción contempla doblemente la posibilidad de conservación, de aprendizaje en el desarrollo, y también la posibilidad de la novedad, de resignificación de eventos vividos.

Tanto la persona como el medio, desde esta perspectiva comprendidos como red (en el sentido de contexto, de entrelazar, de reunir tejiendo), son simultáneamente activos y pasivos en el proceso de desarrollo.Constituyen y son constituidos, construyen y son construidos. Circunscriben y son circunscriptos.[64]

Considerando esta perspectiva, podemos entonces resignificar el acercamiento a las rupturas afectivas o a las vivencias de los niños/as en situación de desprotección social. La ruptura de vínculos afectivos por sí sola no define la personalidad: es más importante la manera en que el sujeto y las personas con las que convive significan el evento, así como son pertinentes sus vivencias posteriores a la ruptura. Por consiguiente, el futuro de los niños/as no estaría determinado por sus vivencias infantiles sino por el significado que se les atribuye.

Con base en esas reflexiones y desde la perspectiva del desarrollo de la RedSig, argumentamos que, para comprender el desarrollo afectivo y el apego, se hace necesario intentar aprehender la red de relaciones y significaciones en la que el niño/a está inmerso, desde una perspectiva de proceso, relacional, situada y discursiva. Así, se puede considerar que el apego se construye en/a través de las interacciones y relaciones recíprocas en contextos específicos que involucran discursos vivenciados y situados; estos sitúan a los compañeros/as en determinadas posiciones, lo que favorece la construcción de determinados sentidos y un repertorio de papeles posibles que circunscriben, es decir, establecen límites y posibilidades, para el flujo de comportamientos y el desarrollo de los sujetos.

Creemos que esta perspectiva permite romper con la crónica de psicopatologías anunciadas, sin hacer caso omiso del pasado de los niños/as, pero valorizando el «aquí-y-ahora» de las interacciones, el momento presente, como el momento de las transformaciones posibles. Reforzamos el argumento de Lewis[65] de que debemos superar nuestra tendencia a quedarnos atados al pasado, sin creer en la fuerza transformadora de los eventos significativos del presente.

 

Notas

[1] Agradecemos a la Fundação de Amparo à Pesquisa dol Estado de São Paulo (FAPESP), al Conselho Nacional de Desenvolvimento Científico e Tecnológico (CNPq) y a las Profas. Dras. Kátia Amorim, Ana Maria Almeida Carvalho y Zilma Moraes Ramos de Oliveira por la lectura crítica y sugerencias al texto.

[2] Para una revisión, ver Rossetti-Ferreira, 1984.

[3] Wallon, 1959.

[4] Fogel, 1993; Rossetti-Ferreira, 2006.

[5] Bowlby, 1969.

[6] Ariès, 1981; Poster, 1979.

[7] Rossetti-Ferreira, 1984.

[8] Burlingham & Freud, 1942; Bowlby, 1944; Spitz, 1945.

[9] Bowlby, 1951.

[10] Bowlby, 1973.

[11] Bowlby, 1969.

[12] Konner, 1972.

[13] Ainsworth, 1973.

[14] Schaffer, 1971.

[15] Bowlby, 1969.

[16] Bowlby, 1944.

[17] Harlow & Harlow, 1969; Suomi & Harlow, 1971.

[18] Hinde, 1969; Hinde & Spencer-Booth, 1971; Rosemblum, 1971.

[19]Información personal de Dr Fae Hall, que en la época trabajaba en el London Zoo. Cabe añadir que la primera autora obtuvo su doctorado en Londres, entre 1965 y 1967, bajo la orientación de Brian Foss, y frecuentó, en cuanto Associate Student, cursos impartidos por Bowlby en el Tavistock Institute of Human Relations. De 1970 a 1975, trabajó como SSRC Pos-Doctorate Research Fellow en el Institute of Child Health of London, y desarrolló con N.Blurton-Jones un proyecto sobre elDesarrollo del Apego y de Comportamientos Sociales en menores de uno a tres años (Blurton-Jones et al., 1980; Rossetti-Ferreira et.al., 1985).

[20] 1959, 1961, 1963, 1965.

[21] Van der Horst, LeRoy & Van der Veer, 2008.

[22] 1961.

[23] 1963.

[24] 1965.

[25] 1969.

[26] Attachment and Loss, vol. 1 Attachment, 1969.

[27] 1973.

[28] 1980.

[29] Ainsworth y colaboradores, 1978.

[30] Main y Solomon, 1986.

[31] Keller, 2008.

[32] Keller, 2008.

[33] LeVine & Norman, 2001.

[34] Main, 1998.

[35] European Commission Network on Childcare - ECNC, 1996.

[36] Rossetti-Ferreira, Ramon y Silva, 2002.

[37] Silveira, Picolo, Delphino, Faria & Rossetti-Ferreira, 1987.

[38] Rosemberg, 1982.

[39] O'Connor, 1956.

[40] Yarrow, 1961, 1964.

[41] O'Connor, 1956.

[42] Rutter, 1972.

[43] Tizard & Tizard, 1971.

[44] Tizard & Rees, 1975.

[45] Rutter, 1979.

[46] Rutter, 1966.

[47] Lewis y Takahashi, 2005.

[48] Rossetti-Ferreira, 2006.

[49] Los enmarañamientos o enredos son juegos de papeles que se establecen de manera recurrente, en general involucrando a las mismas personas y situaciones. Una de las características más evidentes de esos juegos es la manifestación de una intensa emoción que invade, somete y pone a las personas en estado de fusión, lo que inhibe su capacidad de desdoblar la situación. Algo en la situación del «aquí-ahora» –un gesto, una palabra, un sonido, una emoción, una sensación o la propia situación como un todo– organiza y reinstala las condiciones para la re-emergencia de una configuración específica ya vivenciada, enredando a la persona en un determinado papel actitudinal, sumergiéndola en un flujo recurrente de acciones/emociones (Silva, Rossetti-Ferreira y Carvalho, 2004).

[50] Lier de Vitto, 1987.

[51] O`Connor,.T. et al., 2001; Rutter & Thomas, 2004.

[52] Rossetti-Ferreira et al., 2008.

[53] Costa & Rossetti-Ferreira, 2007; Eltink, 2005; Mignorance, 2005.

[54] Brodzinsky, Smith & Brodzinsky, 1998.

[55] Rossetti-Ferreira et al., 2007.

[56] Lewis & Takahashi, 2005.

[57] Lamb, 2005.

[58] Amorim & Rossetti-Ferreira, 1999.

[59] Costa & Rossetti-Ferreira, 2009.

[60] Lewis, 1999.

[61] Lewis, 1999.

[62] Rossetti-Ferreira y col., 2004.

[63] Silva, Rossetti-Ferreira & Carvalho, 2004.

[64] Silva et al., 2004, p. 83.

[65] Lewis, 1999.

 

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© Copyright Maria Clotilde Rossetti-Ferreira y Nina Rosa do Amaral Costa, 2012.
© Copyright Scripta Nova, 2012.

 

 

 

Las relaciones afectivas son unos de los pilares básicos de la vida de las personas. Es innegable que la calidad de nuestras relaciones afectivas nos influye en un amplio espectro de nuestras vidas. Sin embargo, cuando analizamos el trato que las terapias cognitivas derivadas de Albert Ellis dan a la emocionalidad existe, a mi parecer, un enorme vacío conceptual. Leyendo la literatura donde la terapia cognitiva es aplicada a parejas, uno tiene la impresión de que lo realmente sano y aquello que en cierto modo nos “inmuniza” contra posibles daños, es mantener una actitud cercana al desapego afectivo. Soy consciente de que se hace referencia a aspectos positivos de la afectividad, pero ninguna de sus ideas irracionales base, ni los estilos de discusión de ellas derivadas hacen referencia a la posibilidad de que realmente el afecto sea algo necesario en nuestras vidas. Más bien al contrario, las discusiones cognitivas de todos los manuales que he leído, van en la línea de patologías relacionadas con la dependencia emocional. Pero yo me pregunto ¿y que ocurre con aquellos que priorizan su independencia a costa de una apertura emocional? ¿Realmente es por qué son más felices o hay algo más?.

En este trabajo, pretendo destacar la importancia de los vínculos afectivos humanos como necesidad básica. Para ello, voy a basarme en la teoría del apego de John Bowlby (1969, 1973, 1980) y, desde ella, expresar mi desacuerdo en lo relativo a cómo la teoría racional emotiva aborda ciertos aspectos de las relaciones afectivas.

 

La teoría del apego intenta explicar el modo en el que las personas nos manejamos en nuestras relaciones íntimas y sus repercusiones tanto a nivel emocional como conductual y cognitivo. Para entender esta teoría, hay que tener en cuenta que parte del supuesto de que la necesidad afectiva en cualquier etapa del desarrollo es innata en el ser humano. En un principio, psicoanalistas y teóricos del aprendizaje consideraban que el vínculo se producía como un proceso secundario, consecuencia de la satisfacción de las necesidades fisiológicas del bebé. Sin embargo, investigaciones como las de Konrad Lorenz (1935) y Harlow y Zimmerman (1959) demostraron que la satisfacción de las necesidades más elementales no era el factor determinante en el establecimiento del vínculo.

 

Concretamente, Harlow y Zimmerman, llevaron a cabo experimentos con monos rhesus en los que separaban a las crías de las madres desde el primer día de vida y, durante cinco meses, eran criadas por dos madres sustitutas: una de felpa y otra de alambre con un biberón incorporado cada una. A pesar de que la mitad de los monitos fueron criados por la madre de alambre, se observó que éstos se vincularon a la madre de trapo. Así, pasaban una media de 15 horas con ésta y sólo la hora correspondiente a la alimentación con la madre de alambre. Resulta impresionante ver como el monito, a pesar de ser alimentado por la madre de alambre, mantiene el contacto con aquella que le proporciona calidez al tacto.

 

 

 

Con estos y otros estudios similares, la búsqueda de contacto con la madre se convierte en algo independiente de la satisfacción alimentaria, poniendo de manifiesto la importancia de la formación del vínculo como un proceso primario, entendido como una tendencia conductual innata, favorecida por la selección natural dado su valor para la supervivencia.

Si partimos de que la necesidad de afecto es innata en el ser humano, esto implica asumir su continuidad a lo largo del desarrollo. El apego o estilo afectivo que manifiesta un adulto es el resultado de los esquemas mentales formados en las experiencias tempranas de interacción en el marco de la familia. Las expectativas generadas sobre el comportamiento paterno, son automatizadas y traspasadas a las nuevas relaciones donde juegan un rol activo percepción y gía de la conducta. Obviamente, la teoría no es determinista y asume que ciertas circunstancias (transiciones importantes, terapia, etc.) y especialmente las nuevas relaciones íntimas pueden hacer que el sujeto reevalúe y modifique sus esquemas. No obstante, si no se produce un cambio, el estilo afectivo que presenta un adulto es aquel que ha aprendido a utilizar porque le ha sido funcional en un momento determinado. Brevemente intentaré esquematizar como se logra este proceso.

Por ejemplo, un niño que ha sido criado en una familia donde el comportamiento de la figura de apego se caracteriza principalmente por su impredictibilidad, donde el niño se encuentra con que unos mismos comportamientos, unas veces complacen a sus padres mientras que otras consiguen el efecto contrario, supone una incertidumbre sobre la disponibilidad y capacidad de ayuda y respuesta de la figura de apego. En este caso estaremos ante un posible adulto ambivalente, caracterizado principalmente por una necesidad de agradar a los demás y un sentimiento constante de falta de cariño lo que le lleva a buscar desesperadamente la confirmación de que son queridos.

Imaginemos ahora unos padres que, a pesar de presentar consistencia en su comportamiento, se limitan a reforzar positiva y adecuadamente aquellos comportamientos referidos a laconsecución de objetivos (logros, éxito, etc) a la vez que muestran frialdad afectiva. El adulto con estos antecedentes de rechazo afectivo tiene bastantes posibilidades de ser alejadoo evitativo, caracterizado principalmente por la desactivación de sus necesidades de apego. Estos sujetos aprenden a negar tanto sus necesidades afectivas como la de los demás, mostrando una autosuficiencia emocional como mecanismo defensivo. Este mecanismo se activa mediante una idealización de los padres y el sí mismo y una gran necesidad de éxito, perfeccionismo, adicción al trabajo o materialismo. Muestran a su vez dificultades para intimar y permitir al otro sentirse entendido y querido, puesto que su objetivo es mantener a los demás los suficientemente alejado para no romper su coraza de autonomía.

Cuando la actuación parental se encuentra en el extremos de la insensibilidad, es bastante probable que surja un sujeto caracterizado por una imagen negativa de sí mismo junto a un miedo intenso al rechazo emocional (temeroso). Este es el estilo más cercano a la patología y con menos expectativas de éxito, puesto que presentan problemas de inhibición conductual que, unido al miedo al rechazo, hace que evite las situaciones sociales y las relaciones íntimas. En este proceso, ellos mismos socavan la posibilidad de establecer relaciones satisfactorias que pudieran modificar sus representaciones tempranas de apego.

Los estilos alejado y temeroso comparten la característica de la evitación de la intimidad; difieren sin embargo, en la necesidad personal de aceptación de los demás para mantener una consideración positiva de sí mismo. De forma similar, los grupos ambivalente y temeroso, se parecen en que ambos muestran una fuerte dependencia de los demás en la valoración de sí mismo, pero difieren en su disposición a implicarse en relaciones íntimas. Mientras el estilo preocupado “arriesga” buscando relaciones en las que implicarse emocionalmente, el temeroso las rehuye.

Por último, el estilo de apego ideal o seguro, se obtiene cuando existe una actuación parental que satisface las dos necesidades básicas: el ser tenido en cuenta y evaluado positivamente y la necesidad de control y predictibilidad. El modelo mental de relación de un sujeto seguro estaría formado por un sentido de confianza básico sobre la disponibilidad y accesibilidad del cuidador y una satisfacción de su necesidad de apego. Con esta seguridad de partida, es lógico que el sujeto seguro se atreva a explorar el entorno siendo capaz tanto de confiar en sí mismo como de pedir ayuda a los demás cuando la necesita.

Hemos de insistir en que la teoría no asume una evolución rígida del individuo. Así, un modelo de relación adulto seguro, no implica necesariamente unas experiencias infantiles de responsividad y disponibilidad. Significa que existe una flexibilidad cognitiva que permite la adaptación a las nuevas situaciones vitales del individuo, a través de la integración de información nueva y la modificación de la preexistente. La tabla 1 resume algunas de las características de estos estilos.

Hasta aquí he comentado brevemente la teoría del apego con el objetivo de que mis discusiones sobre la teoría racional emotiva tuviesen mayor claridad. Antes de comenzar, me gustaría señalar que si me he planteado estos interrogantes es, precisamente, porque considero la terapia cognitiva como uno de los mayores logros en la psicología. No me gustaría que mis dudas se entendiesen como meras críticas sino más bien como un intento de ampliar su perspectiva.

Cuando la terapia cognitiva es aplicada a problemas de relación, las actitudes disfuncionales que se trabajan son aquellas relativas a la excesiva dependencia de la pareja (Burns, 1980, Ellis,1989, Ellis, 2000). La tabla 2 señala las ideas pertenecientes a la subescala del amor que componen la escala de actitudes disfuncionales de Weissman.

 

 

No puedo ser feliz sin ser amado por otra persona

 

Si no gustas a otros, es probable que seas menos feliz

 

Si la gente que me preocupa me rechaza, significa que hay algo en mi que no está bien

 

Si alguien a quien amo no me ama, significa que no soy digno de amor

 

Estar aislado de los demás es razón para ser infeliz

Se observa como las ideas de la subescala de amor tratan de las actitudes disfuncionales que desde la teoría del apego se asocian con un estilo de apego ambivalente pero, ¿dónde aparecen reflejadas las creencias del resto de los estilos afectivos inseguros? Es cierto que encontramos algunas actitudes disfuncionales relativas a aspectos de perfeccionismo que bien podrían servir para el estilo alejado, ¿pero que ocurre con las ideas relacionadas con la represión afectiva? ¿Acaso la independencia excesiva no puede ser signo de patología?

 

La idea irracional base sería “No puedo ser completamente feliz ni sentirme lleno como persona a no ser que sea amado por un miembro del sexo opuesto. El amor verdadero es necesario”. Como señala Burns “ La demanda o necesidad de amor para ser feliz es llamada dependencia” (Burns, 1980; p.267). Y mi pregunta es ¿siempre?

 

Mi posición es, en primer lugar, que necesitar a alguien, querer tener un vínculo afectivo con alguien no sólo no tiene porqué significar dependencia sino que además, si el vínculo es sano, implica una mayor seguridad personal. Que uno es más feliz en una relación de pareja ¿es realmente dependencia?, ¿no tiene parte de realidad? Me resisto a creer que los intentos por conseguir pareja se deban exclusivamente a los modelos sociales dominantes. Podrían alegarse otras múltiples razones, como la tendencia a lo largo de la evolución a formar relaciones, la crianza de los hijos, seguridad emocional, compañía, intimidad, desarrollo personal, etc. ¿Acaso uno no crece en una relación de pareja? No creo en la dependencia, sino en la construcción. Pero demos la vuelta a la pregunta “Uno es más feliz sin una relación de pareja”. ¿Por qué no se trata esta idea como irracional si fuese una pilar filosófico de la persona?. ¿Hasta que punto no está relacionada con un miedo al compromiso, un temor al daño emocional, una frialdad afectiva? Algunas dirán que no, pero ¿aquí no influyen los modelos de autosuficiencia e independencia marcadamente americanos?. Y si estas personas fueran además adictos al trabajo, anteponiendo su éxito personal a sus relacione afectivas en modo extremo, ¿ahí no habría que intervenir? ¿O es sólo necesaria la intervención cuando existe un “exceso” de manifestación emocional? Por supuesto que una dependencia emocional tiene consecuencias negativas, pero, en mi opinión, tantas como el desapego emocional.

Cuando se habla de amor, se tiende a asimilar a dependencia. Cuando digo que el tener un vínculo afectivo con alguien es una cuestión innata, no estoy haciendo referencia a tener un amor idealizado, que sea innato no implica una necesidad patológica que lleve a la persona a buscar desesperadamente y a costa de su propia valía el hombre o la mujer que le llene de felicidad. Lo que se consigue con un vínculo es que la persona desarrolle un sentimiento de seguridad afectiva básico cuya consecuencia no sea una búsqueda incesante del compañero, más bien al contrario, una seguridad que le permita sentirse bien a pesar de estar a miles de kilómetros de la figura de apego. Eso es un vínculo de calidad.

En su defensa de la individualidad, Burns continúa: “Si eres más independiente, no estás obligado a estar sólo- simplemente tienes la capacidad de sentirte feliz cuando estás sólo Cuanto más independiente eres, más seguro estarás en tus sentimientos” (Burns, 1980; p.268). No niego que ser autónomo sea más sano que ser una persona dependiente, pero ¿por qué enfatizar la autosuficiencia afectiva? Volvemos a asociar apego a dependencia. Y, ¿qué ocurre con las parejas de estos autosuficientes emocionales? ¿No corremos el peligro de tratarlas como dependientes cuando quizás sus demandas estén basadas en los problemas de interacción derivados?. Los estudios que han relacionado apego y calidad de la relación de pareja señalan que tanto los grupos ambivalente como los alejados presentan mayor número de rupturas en sus relaciones y una menor satisfacción en las mismas (Kirkpatrick y Hazan (1994); Jones y Cunningham (1996))

 

 

Ni dependencia ni autosuficiencia, opino que la solución ideal es mantener un equilibrio entre las necesidades de autonomía y necesidades afectivas. Sin menospreciar unas ni otras, puesto que como señala Bowlby “Tildar de regresiva la conducta afectiva de los adultos equivale a soslayar el papel vital que desempeña aquélla en la vida del hombre desde la cuna hasta la sepultura” (Bowlby, 1979, p. 129).

Antes de finalizar, me gustaría aclarar que si me he centrado en la pareja no es porque no considere las relaciones de amistad o las familiares menos importantes, sino porque conforme la persona crece, sus necesidades afectivas cambian y lo que en un principio significó la familia, o en etapas como la adolescencia, las amistades, en la etapa adulta creo que es la pareja la que ocupa un lugar principal. Es cierto que hay amistades que son un verdadero apoyo, pero prácticamente ninguna llega a alcanzar los niveles de intimidad e implicación emocional que se obtienen en una relación de pareja adaptada.

A modo de resumen y para terminar, mi crítica está referida al énfasis que los teóricos otorgan a las personas dependientes mientras olvidan por completo a aquellos sujetos que minimizan sus necesidades afectivas debido a una incapacidad para abrirse y disfrutar de la afectividad. Estoy convencida de que estas personas poseen una sería de actitudes disfuncionales que sería necesario descubrir, más aún teniendo en cuenta que hoy en día, los valores sociales les ayudan no a resolver sus problemas sino a endurecer aún más su coraza de independencia y su represión emocional. Espero que las personas dedicadas a la clínica sepan ver estas dificultades y a tenerlas en consideración.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Bartholomew, K. (1994). Assessment of individual differences in adult attachment. Psychological inquiry, 5, 23-27

Bowlby, J. (1969): Attachment and loss, Vol. 1: Attachment.New York: Basic Books. (Trad. cast.: El vínculo afectivo. Trad. por I. Pardal. Paidós. Barcelona, 1993).

Bowlby, J. (1973): Attachment and loss, Vol. 2: Separation. New York: Basic Books. (Trad. cast.: La separación afectiva. Trad. por I. Pardal. Paidós. Barcelona, 1993).

Bowlby, J. (1980):Attachment and loss. Vol 3, Loss, sadness and depression. New York: Basic Books. (Trad. cast.: La pérdida afectiva. Trad. por A. Báez. Paidós. Barcelona, 1993).

Bowlby, J. (1979): The making and breaking of affectional bonds.Londres:Tavistock Publications. (Trad. cast.: Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida. Trad. por A. Guerra. Morata. Madrid, 1986).

Burns, D. Feeling Good. The new mood therapy. New York, New American Library, 1980.

Ellis, A. (1989). Reational-emotive couples therapy. Pergamon.

Ellis, A. (2000). Problemas de amor y sexo en las mujeres. En Ellis, A. Y Grieger, R. Manual de terapia racional emotiva. Desclée.

Harlow, H.F. y Zimmermann, R.R. (1959). Affectional responses in the infant monkey. Science, 130, 427-432.

Lorenz, K.Z. (1935). Der kumpan in der unwelt des vegels. Journal fur ornithologie, 83, 137-413.

Kirkpatrick, L y Hazan, C. (1994). Attachment styles and close relationships: A four year prospective study. Personal relationships1, 123-142.

Jones, J. Y Cunningham, J (1996). Attachment styles and other predictors of relationship satisfaction in dating couples.

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