LA ENVIDIA

El reciente libro de la señora Klein, Envidia y gratitud, centra la atención en el tema de la envidia y estimula el examen de sus orígenes en el niño. Parece apropiado usar esté detalle de un libro que contiene mucho más como excusa para una formulación personal. Es interesante, en verdad, tomar cualquier concepto, como el de envidia, y además de pensar en el significado que tiene en la vida cotidiana tratar de rastrear su punto de origen en el bebé humano en desarrollo. En este libro la señora Klein hace algunas enunciaciones, enunciaciones bastante definidas sobre la envidia y, en mi opinión personal, lo que dice incluye cierto grado de error. Me resulta Muy difícil puntualizar con exactitud el error que, según crea comete, razón por la cual considero un importante ejercicio procurar formular mi propio punto de vista. Es útil para el psicoterapeuta que se le recuerde la importancia de la envidia, a la que por supuesto encuentra en su práctica analítica tal como la encuentra en la vida. El uso que hace Melanie Klein de la palabra "envidia" es fácil de seguir cuando describe los elementos destructivos presentes en la relación de un paciente con el analista, si el paciente considera satisfactorio a este último. Es previsible, naturalmente, que si el analista le falla en algún aspecto el paciente sienta rabia, pero debe admitirse que hay fuerzas destructivas que no corresponden a la rabia reactiva. En la salud, estas fuerzas destructivas se alinean junto con aquellos impulsos que pueden llamarse amorosos. Sin embargo, discrepo totalmente con la señora Klein cuando remonta el asunto a la infancia misma, por ejemplo al sostener: "Considero que la envidia es una expresión sádico-oral y sádicoanal de impulsos destructivos, que opera desde el comienzo de la vida y tiene una base constitucional" (prefacio). Creo necesario distinguir la descripción de un bebé de la descripción de los procesos primitivos tal como aparecen en los análisis de niños y adultos. En el momento de escribir esto, una paciente que hace poco comenzó a analizarse conmigo inició una sesión con las siguientes palabras: "Por fin encontré alguien a quien no necesito envidiar. No lo envidio a usted si es un buen analista. Tal vez quiera matarlo, pero no me parece que deba destruir eso que hay en usted y que lo capacita para analizarme

asociada a que yo le habré fallado y no estaré disponible para ella. En los comienzos del análisis todavía no he sido "desenmascarado", he podido seguir bien de cerca las necesidades de la paciente, de modo que si puedo tratarla no hay envidia. A partir de este detalle puede verse que la envidia es un tema de vital importancia, recurrente en los tratamientos, y en los análisis puede estudiársela con detenimiento y seguir su evolución. Del mismo modo aparece la envidia en la relación entre el asistente social y sus clientes, así como en todas las demás relaciones profesionales, y debe ser comprendida. Es una de esas cosas que el analista tiene que investigar, y aplicar a un tipo de trabajo más general. Parecería que la palabra "envidia" implica una actitud, algo que se mantiene a lo largo de un período. En esta actitud del sujeto hacia el objeto presente en la palabra "envidia" está implícita, además, la percepción de un atributo del objeto, atributo que no es una proyección del sujeto: un factor ambiental, un fenómeno externo, algo que le pertenece al objeto en forma inherente. Puede compararse la envidia con la compasión: el objeto tiene realmente en sí mismo algo bueno o malo, en cuyo caso el sujeto siente envidia o compasión. Para mí la palabra "envidia" entraña un alto grado de sofisticación, vale decir, un grado de organización yoica en el sujeto que no está presente en el comienzo de su vida. Tal vez esté presente unas semanas o meses después, pero necesitamos un término (como el de sadismo oral) para describir la relación del bebé con un objeto establecida por una moción instintiva y que se remonta casi a los inicios. (En los inicios debe hacerse lugar para una etapa anterior a lo que podría decirse que es una fusión de impulsos destructivos y eróticos.) Melanie Klein ha visto la envidia en su labor analítica y en este libro se interna profundamente en la significación que allí tiene. Cobra sentido, al referirse a un análisis, hablar de "envidia". En un análisis, por más que el paciente se halle en un estado muy dependiente y regresivo, hay una parte de su personalidad que coopera con el analista y que es sofisticada y no está sometida a la regresión.

Así, el paciente podrá acudir al analista, y aun tener un empleo o conducir un hogar, y sin embargo hallarse en un estado de grave regresión y dependencia allí donde se lleva a cabo el trabajo analítico efectivo. Pero Melanie Klein retrotrae este concepto también a la temprana infancia. Aquí es donde quisiera expresar una opinión personal. Si acepto como un hecho que Melanie Klein describe algo cierto referido a nuestra labor analítica o profesional de cualquier índole, debo plantear una objeción. Para mí, ninguna descripción de un bebé puede excluir el comportamiento de la persona que lo atiende, o, en el caso de una relación objetal, el comportamiento del objeto. Si bien puede serme muy útil apreciar los mecanismos primitivos de la naturaleza humana a partir de un estudio del individuo en análisis, no puedo transferir esto a la situación infantil efectiva sin agregar la actitud y la conducta de la persona que cuida al niño. Tal como yo la concibo, la relación del bebé con un objeto está al principio tan íntimamente ligada a la presentación del objeto al bebé, que es imposible separar una cosa de la otra. En términos de relaciones objetales, el bebé depende por entero del modo en que se le aporta cada fragmento del mundo, hasta tal punto que puede decirse que, c bien el mundo le es presentado al bebé de manera tal que el objeto parece ser creado por la moción instintiva del bebé, o bien de manera tal que no hay conexión entre el elemento creativo del bebé y la existencia del objeto externo. Si este punto de vista, que he expuesto a menudo, resulta aceptable, parecería que en un bebé la envidia sólo puede formar parte de un estado de cosas muy complejo, en el que se produce una representación atormentadora del objeto. Sólo podría envidiarse a la madre por algo bueno que ella tiene si la madre se presenta a sí misma ante el bebé en forma atormentadora. Aquí "atormentadora" significa que la madre se adapta a él lo suficiente como para atender a su elemento creativo y para que el bebé empiece a percibir que hay algo bueno externo al self, pero no de una manera sostenida, así que el bebé se siente deprivado en cierta medida. Si el bebé tiene pleno acceso a las buenas cualidades de la madre, no hay lugar para la envidia, y la cuestión de la envidia carece de raíces profundas en la naturaleza del bebé y su surgimiento es una reacción ante las fallas de adaptación de la madre.

Aquí reside tal vez una solución para esta dificultad. El tema de la envidia podría reformularse en términos de un proceso de desilusión que se inicia con la adaptación de la madre e incluye su falla gradual de adaptación, concomitante a la capacidad cada vez mayor del bebé para tramitar dicha falla. Naturalmente tiene que producirse una falla en la adaptación, así como yo pronto habré de fallarle a mi nueva paciente, la que todavía no me ha "desenmascarado", en lo que respecta a atender sus necesidades. Entonces sería posible concebir la envidia como algo real en la vida del bebé. La envidia sería un producto colateral de la relación materno-filial en desarrollo y de la organización yoica del bebé. Si, por el contrario, se describe a la envidia como una característica infantil sin mencionar el comportamiento del objeto y todo lo que éste implica, entiendo que algo está equivocado. Hablar de los bebés no es lo mismo que hablar de las etapas primitivas del desarrollo emocional de las personas, tal como se aprecian en el estudio de los pacientes. Estas dos cosas son distintas porque, como he dicho, los pacientes traen al análisis una gran cuota de desarrollo sano y de sofisticación junto con su enfermedad y con los aspectos primitivos de su naturaleza, y además porque no pueden traer aspectos del cuidado materno de los que jamás fueron conscientes. En mi opinión, el término "envidia" presente en la expresión "envidia sádico-oral" debilita el concepto de sadismo oral, que siempre ha tenido enorme significación dentro del amplísimo campo del pensamiento y la práctica psicoanalíticos explorados por Melanie Klein. El concepto de sadismo oral es útil porque se articula con el concepto biológico del hambre, una moción tendiente a las relaciones objetales que proviene de fuentes primitivas e impera al menos desde el momento del nacimiento. 

II. Los comienzos de la formulación de una evaluación y crítica del concepto de envidia enunciado por Klein 

Hay pruebas de que este artículo, en el que Winnicott procuraba elaborar los pormenores de sus propias ideas, fue manuscrito a horas avanzadas de la noche y aunque más tarde fue dactilografiado él nunca lo revisó. Fechado el 16 de julio de 1962 Se refiere al trabajo presentado en el 199 Congreso Psicoanalítico Internacional realizado en Ginebra en julio de 1955; véase "A Study of Envy and Gratitude (1956), en Juliet Mitchell, come., The Selected Melanie Klein, Penguin, 1986.

En este ensayo trato de hacer uso personal del trabajo presentado por Melanie Klein en el Congreso de Ginebra de su libro Envidia gratitud. 

A menudo he formulado críticas sobre esta parte de su obra, pero mis críticas se limitan a dos aspectos, que sin duda están relacionados entre sí. En primer lugar, creo que la palabra "envidia" no puede utilizarse para describir la vida temprana del bebé. Un uso tal del término va contra la corriente y genera un innecesario prejuicio, en mí y en otros, respecto de la idea general contenida en dicho libro. En segundo lugar, la introducción de la idea de agresión heredada debilita la argumentación principal del libro y nos insta a buscar cualquier otro punto débil que pueda haber en la argumentación total. La existencia e importancia de lo heredado es innegable; lo que se plantea es: ¿puede una argumentación metapsicológica pasar a dar cuenta de los fenómenos por referencia a la herencia, antes de haber alcanzado una plena comprensión de la interacción entre los factores personales y los ambientales? A mi juicio, en la argumentación de Melanie Klein hay una seria brecha de comprensión, no reconocida, pero nuestra visión de esta brecha se ve oscurecida por la referencia a la agresión heredada. En un debate en la Sociedad Psicoanalítica Británica (con posterioridad a un trabajo presentado por el Dr. Donald Meltzer) (1), debate en el cual yo puse en tela de juicio in toto la rápida premisa de la obra de Klein sobre la envidia, el Dr. S.S. Davidson señaló que Melanie Klein no se había sentado a pensar: "¿Sobre qué voy a escribir?", sino que la había movido a escribir su creencia de que la envidia era un asunto importante, que necesitaba ser examinado a raíz de su importancia en la labor clínica psicoanalítica, y porque pensaba que debía hacer una contribución en cuanto a su etiología. Es fácil aceptar esto, y tanto para mí como para muchos otros ha sido útil reparar en la importancia de la envidia en nuestro trabajo psicoanalítico -aunque el tema no es nuevo, y es improbable que muchos analistas se cieguen normalmente a ver la envidia cuando ésta se convierte en una característica notoria de un análisis-. Por otra parte, fue importante para nosotros que se nos dijera que hay que examinar la envidia por separado del caso especial de "envidia del pene", expresión ésta tan usada y que no ha sido bien traducida del alemán.

Melanie Klein nos recordó que usamos la palabra "envidia" fuera del contexto específico de la posición femenina en la fase fálica. De hecho, Klein nos mostró que los pacientes envidian al analista cuando éste hace un buen trabajo analítico, un trabajo eficaz y del cual el paciente extrae exactamente el provecho que quiso recibir del análisis, según él mismo podría decirlo. En la jerga de nuestras intercomunicaciones psicoanalíticas, los pacientes envidian el pecho bueno. No tengo dudas, por mi propia labor, de que esta observación es válida, y aprecio que se la haya destacado. Pero, al mismo tiempo, hay mucho por hacer con esta idea antes de que pueda aceptársela tal como fue enunciada por Klein. Sugiero que Melanie Klein no podía desarrollar su argumentación sobre el "pecho bueno" del analista sin abordar la cuestión de la calidad del trabajo de éste, o sea, la capacidad del analista para adaptarse a las necesidades del paciente. A esto se conecta la capacidad de la madre para adaptarse en los inicios a las necesidades yoicas (incluidas las del ello) del recién nacido. La argumentación de Klein la llevó a un punto tal que, o bien debía abordar la dependencia del bebé respecto de la madre (dependencia del paciente respecto del analista), o bien ignorar en forma deliberada el factor externo variable de la madre (analista) y ahondar hacia atrás en los mecanismos primitivos personales del bebé. Al escoger este último curso de acción, Klein se vio envuelta en una renegación implícita del factor ambiental, y en consecuencia se inhabilitó para describir a la infancia, que es un período de dependencia. Así, se vio obligada a llegar prematuramente al factor hereditario. Incumbe a quienes siguen a Melanie Klein desarrollar esta rica temática y re-enunciar el problema sin recurrir a una renegación implícita del ambiente. Debe subrayarse que no ha habido ninguna renegación explícita del ambiente, y a ]apropia Melanie Klein la afligió siempre que en todo momento le fuese atribuida, en especial por mí mismo, la renegación de la importancia del ambiente. Pero queda en pie el hecho de que en esta obra sobre la envidia hay un desdén implícito del comportamiento del ambiente. Sería sencillo ilustrar la temática principal de Melanie Klein sobre la envidia del pecho bueno en la transferencia psicoanalítica, ya que en casi todos los casos se convierte, de tanto en tanto, en la temática central, sobre todo hacia el fin del análisis.

Un paciente cerca del fin de su análisis 

El análisis se llevó a cabo en gran medida sobre la base de una transferencia positiva; la transferencia negativa se expresó siempre en función de personas del ambiente. Al principio esto hizo que el paciente se viese envuelto en antagonismos casi delirantes, pero desde hacía mucho había podido usar bastante objetivamente a los hombres en su actuación de la transferencia negativa. Hubo ejemplos muy agudos en que la transferencia negativa recayó sobre mí. El final del análisis fue reelaborado en gran parte sobre la base, primero, de su identificación con el padre en la pubertad, y al final, de la destrucción y suplantación del padre. En el transcurso de esto surgió en forma simplificada el complejo de Edipo, lo cual fue importante a raíz de ciertas características de la madre de este paciente que deformaban el cuadro. Siempre sostuvo que un niño tiene motivos para apartarse de su madre, y que estos motivos son anteriores y más profundos que los edípicos, y preceden al triángulo edípico. La destrucción del analista bueno apareció en forma algo repentina en el material, sin que el paciente comprendiese la razón de ello. En la transferencia, empleó entonces otra escisión del objeto: lo dividió en el maestro y el analista. El analista no enseña nada, y el paciente se resistía a los maestros. No tenía dificultad en aceptar al analista, mientras que los maestros eran eliminados por él desde el principio debido a su necesidad de ser él mismo su maestro, que databa de su infancia. Había una excepción en la relación con los maestros, y es que siempre que tuvo un maestro realmente bueno, lo valoró muchísimo. Sin embargo, aparentemente en su historia todos los buenos maestros se morían por una enfermedad, o en la guerra, etc. En esta oportunidad, al repasar este material el paciente estuvo muy próximo a su propia destrucción del buen maestro. A esta altura fue preciso interpretarle su envidia del buen maestro. La interpretación fue bastante prolongada y tuvo que ver con su gran dificultad para permitir a otro ser una persona necesaria para él. Puede ser autodidacta, pero si quiere aprender francés se ve obligado a entregar el rol docente a un profesor de francés. Simpatizaba con su profesor de francés, pero lo mataron en la guerra. Si el buen maestro con quien él simpatiza sigue viviendo, debe destruirlo dejando de necesitarlo.

Es como si sólo soportase durante un lapso limitado, o de una manera limitada, esta cesión de la docencia a otro. Volví entonces al amamantamiento teórico, y le dije: "Usted podía amamantarse a sí mismo mejor que nadie, porque sabía lo que quería; pero para conseguir la leche de su madre debió cederle a ella el amamantamiento. Pudo hacerlo durante un tiempo breve, tras lo cual debió destetarse a sí mismo, por decirlo así. Si esto hubiera sido satisfactorio, usted jamás se habría enterado de lo rabioso que se puso por tener que ceder el rol de amamantarlo a su madre o al pecho. Sin embargo, en el caso de su madre, había una cierta tendencia de ella a aferrarse a ese rol, razón por la cual usted se percató de su enorme necesidad de liberarse, que ha dominado gran parte de su vida. Por detrás está la rabia que siente hacia su madre o hacia un pecho bueno, por el hecho de serle necesarios". Admito que al formular esta interpretación doy cabida a algo que es casi exactamente igual al concepto de Melanie Klein acerca de la envidia que el bebé tiene del pecho bueno. Si todo marcha bien, hay un antagonismo teórico con la idea de que el objeto externo es necesario -lo cual no es válido en un comienzo, pues el objeto es un objeto subjetivo, pero gradualmente se vuelve cierto a medida que el objeto pasa a ser percibido objetivamente-. En numerosísimos casos, el bebé no conoce jamás esto que la señora Klein llama envidia del pecho bueno, y yo llamo intolerancia de la necesidad de un representante externo de aquello que originalmente fue sentido como parte del self. Cuando la madre renuncia a su rol a regañadientes o con excesiva lentitud, surge en el bebé el odio y una necesidad deliberarse, pero ésta no es la envidia del pecho bueno a que se refiere la señora Klein; es la rabia hacia la madre por su falla técnica, la cual incorpora a la relación viviente un sentimiento que pertenece al inconsciente primario teórico latente. Un analista en ejercicio tiene oportunidad, pues, de verificar esta parte de la formulación de Melanie Klein, o bien de comprobar que no se verifica. No obstante, un hecho llamativo es que una vez completada una fase de este aspecto del análisis, el analista no encuentra que el análisis ha terminado. Se produce un inmenso alivio si esta interpretación es formulada en el momento oportuno, pero algo queda pendiente, y sin duda a esto se refería Melanie Klein cuando estableció que algunos de los individuos que se analizan han heredado una poderosa tendencia a la agresión.

Intentaré ilustrar cuánto trabajo resta por hacer aún en el análisis de un paciente después de interpretarle su envidia del pecho bueno, lo cual no sucedería si la formulación de Melanie Klein fuese correcta. Si su formulación fuese correcta, después del análisis de la envidia del pecho bueno no habría nada más que decir sobre la agresión del paciente, salvo refiriéndola a la herencia. Tal vez se podría haber comprobado que esto era correcto, pero de hecho no fue así. Sería una parte importante de la obra de Melanie Klein sobre la envidia que ella condujese a una mejor comprensión de eso que, quizás erróneamente, denominó envidia del pecho bueno en la relación viviente del bebé y la madre en una etapa muy temprana. En el caso del paciente cuyo material ha sido usado para ilustrar la envidia del pecho bueno en la transferencia, se demostró que aún era necesario llevar a cabo mucho trabajo ulterior. Un paciente me relata un sueño del final de su análisis. En éste ha habido, ante todo, un largo tramo de trabajo franco, en el que cooperó en un nivel profundo. Duró tres años y produjo en él grandes cambios. Luego el análisis se volvió caótico, y había un claro motivo para ello, ya que el paciente necesitaba producir material que no fuese fácilmente comprensible. Esto llevó poco a poco a la certidumbre de que no tenía esperanzas de obtener lo que había venido a buscar. En la primera fase no había tenido duda alguna, en tanto que ahora estaba cada vez más convencido de que el análisis se interrumpiría sin haber concluido. En esta fase desesperanzada se llevó a cabo, como en la primera, un buen trabajo analítico, que dio origen a cambios clínicos, pero las expectativas del paciente se habían modificado. La envidia del analista, siempre notoria, fue interpretada cada vez que se presentó para su interpretación, relacionándola con la infancia del paciente según su pauta. Soñó que había recibido imprevistamente 20.000 libras esterlinas; no era en pago de nada, ni siquiera por una apuesta a un caballo de carrera. Estaba molesto consigo mismo por no recordar nada más sobre el sueño. La interpretación, basada en el material disponible, fue que ahora él sabía qué había venido a buscar al análisis, y me estaba diciendo que en verdad lo había conseguido. Vino a buscar 20.000 libras. En los primeros tiempos insistió en pagarme honorarios que superaban el dinero de que disponía; y en toda esa primera fase del análisis hubo muchos indicios de que ésta era una formación reactiva y de que a la larga se comprobaría que había venido a buscar dinero.

La gratitud es el reconocimiento de la dependencia. Fue menester un ulterior análisis de su necesidad de dinero, en sus dos aspectos: primero, como símbolo de amor, y segundo como sustituto del amor concomitante al reconocimiento de una deprivación. En este caso la deprivación era relativa y estaba muy ligada a la actitud efectiva del padre hacia el dinero, a su vez asociada a la homosexualidad reprimida del padre. En lo que respecta al desarrollo emocional del bebé, esta cuestión de la envidia se relaciona con la provisión ambiental. Si la madre es suficientemente buena, el bebé, que en un principio se halla en una dependencia absoluta, recibe un "pecho bueno"; la madre suficientemente buena acoge la creciente capacidad del bebé para tener, como característica personal, un "pecho bueno" que puede ser proyectado. La madre suficientemente buena acoge esta proyección. De este modo, en las semanas y meses subsiguientes, el pecho bueno que el bebé usa, no es sólo una proyección sino que además está disponible para él, aunque es externo al self. Para la época en que el bebé ha llegado a percibir que el pecho bueno es externo y pertenece al ambiente y no al self, ya se han desarrollado los gérmenes de numerosos mecanismos psíquicos que le permiten dar cabida a la separación del objeto y usar esta separación en el inicio de su trayecto hacia la independencia. (He procurado describir el principal de estos mecanismos psíquicos designándolo con la expresión "fenómenos transicionales", o sea, un ámbito intermedio de experiencia que es a la vez self y noself, o sea, bebé y madre.) Debe recordarse que el paciente que aborda la relación básica con el pecho en el análisis necesita avenirse al hecho de la dependencia. Esto implica, en un extremo, regresión, y en el otro, allí donde el yo es capaz de tolerar el hecho, gratitud ( o inculpación

Estas condiciones no rigen para el bebé que está en los brazos. La dependencia es una realidad viviente, y comienza siendo una dependencia absoluta; no hay lugar para la gratitud ni para el resentimiento al reconocer la dependencia. No se conoce todavía ninguna otra cosa. Los bebés requieren una ración básica de "pecho bueno" sin la cual no se inician las primeras etapas del desarrollo emocional del individuo. Diversos autores han tratado de formular esto: Balint con su concepto de amor primario, yo mismo con mis expresiones "quehacer materno suficientemente bueno" y "preocupación materna primaria". El término "pecho bueno" utilizado en nuestra jerga designa, según se comprueba: a) el "quehacer materno suficientemente bueno", b) el "amamantamiento satisfactorio", y c) la articulación de a) y b), primero en el ambiente y luego en la psique del bebé. Después de unos meses de haber nacido, el bebé es obviamente capaz de realizar la experiencia sádico-oral, o sea, de experienciar el amor primitivo en el que los impulsos motores se funden con las satisfacciones derivadas de las zonas erógenas, y llega a comer al objeto (y a ser comido, si es amado). Más o menos por la misma época este objeto primario deja de ser un fenómeno subjetivo, y si toda la experiencia se dirige hacia lo simbólico del objeto primario, el bebé llega a ser capaz de jugar y de imaginar, y experiencia el uso del objeto primario sólo en los sueños. Lo fundamental es que en la vida del recién nacido hay un período, o fase, en que no rigen los principales problemas concernientes a los pacientes en análisis. Vale decir, hay una fase significativa que es previa a la posición depresiva (para emplear el término de Melanie Klein, aunque no es una buena designación para una etapa muy importante y real del desarrollo) y a la consolidación del avance que ella representa. En esta fase temprana, se desarrolla en el bebé un sistema mnémico y un percatamiento de su propio self, disponibles para ser proyectados. La madre suficientemente buena atiende a esta proyección, de manera que la experiencia que tiene el bebé con el pecho bueno es una relación con una proyección de su self. No hay aquí lugar para la envidia. El bebé que no ha tenido un quehacer materno suficientemente bueno nunca articula lo disponible para la proyección en este pecho bueno de la madre. Esta última falla en acoger la proyección.

En los casos con que nos encontramos en el análisis, puede presumirse que hubo una situación atormentadora en la cual el quehacer materno fue suficientemente bueno y no lo fue: el bebé conoció un pecho bueno pero no lo recibió, salvo como algo que se entrometió para quebrar la continuidad de estar siendo de su self. En estas circunstancias, el bebé envidiará el pecho bueno, o bien lo destruirá si le llega en modo tal que no acoge sus proyecciones. Tenemos entonces la paradoja de un pecho bueno perseguidor, algo que debe ser destruido. Aparece así la agresión dirigida contra el objeto bueno, pero esta agresión es reactiva y no es la agresión del impulso de amor primitivo, el cual representa un logro, la fusión del erotismo muscular y de la orgía sensorial de las zonas erógenas. En otras palabras, no hay lugar en nuestra teoría para la envidia del pecho bueno por el bebé cuando es una proyección, como lo hay cuando es un quehacer materno suficientemente bueno. Este concepto de la envidia del pecho bueno no es válido, salvo en el caso de una falla relativa del quehacer materno en las primeras etapas. Según mi punto de vista, la tentativa de Melanie Klein de enunciar la temprana historia de la agresión estaba condenada al fracaso porque quiso hacerlo con independencia del comportamiento del ambiente. Entre el factor hereditario y la envidia está el amor primitivo, con el comer que aún no se ha vuelto cruel porque es un logro de la fusión y su efecto sobre el objeto que todavía no preocupa. Esto es algo anterior a la posición depresiva, dentro del diagrama teórico del desarrollo emocional humano. Lo ilustra la siguiente observación clínica, perteneciente al análisis de una mujer de 25 años. Esta paciente se describió a sí misma diciendo que toda su vida había "evitado las pérdidas" empleando a tal fin una defensa que tuvo éxito, a saber, la explotación cabal de objetos sustitutos. Esta es una variante de falso self, en la que la falsedad radica en la aceptación de los sustitutos más que en el establecimiento de un self sustituto. El motivo por el cual esta paciente vino a analizarse es que quería dejar de emplear esta defensa, que le impedía alcanzar la constancia de objeto y le provocaba una incertidumbre permanente en cuanto al valor que tenía la vida. En una semana decisiva de su análisis, la paciente llegó en la posición depresiva

.del libro el concepto de envidia de Melanie Klein

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