TEORIA DEL SISTEMA PSÍQUICO. El COMPLEJO DEL YO COMO ESTRUCTURA DISIPATIVA

Las últimas dos décadas han estado marcadas por un interés creciente en los fenómenos caóticos, extendiéndose a campos del conocimiento muy diversos y dispares, bien alejados de las matemáticas. Estos conocimientos se han erigido en lo que hoy se conoce como el cuerpo de doctrina de la Dinámica no Lineal.

De acuerdo con el Dr. Florentino Borondo (2001), una de las características que, probablemente, han contribuido a este desarrollo, haya sido el carácter multidisciplinar del caos. Los fenómenos caóticos presentan a menudo comportamientos y conductas universales, derivadas de los términos no lineales que los originan.

Otra característica distintiva que se atribuye al caos es el ser la tercera revolución de la Física en el siglo XX, quedando reservados los primeros lugares para la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad.

Según Kuhn (2000), las revoluciones científicas se caracterizan por un cambio de paradigma, entendiendo por tal el conjunto de verdades aceptadas por la comunidad científica. Estas revoluciones suponen el derrocamiento de conceptos e ideas obsoletos. Por ejemplo, la revolución relativista acabó con la idea de un espacio y un tiempo absolutos, del mismo modo que la física cuántica abolió la posibilidad de medir simultáneamente y con toda precisión variables físicas conjugadas, así como la distinción entre sujeto y objeto. La teoría del caos acaba con la idea del determinismo absoluto, introduce la flecha del tiempo y el concepto de irreversibilidad.

En el trabajo que a continuación desarrollo, pretendo aplicar las teorías de los sistemas complejos al sistema psíquico y, en especial, al complejo del yo. Este, bajo determinadas condiciones ambientales y anímicas, relacionadas ambas sincronísticamente, entra en un estado de no-equilibrio o de “caos creativo”, viéndose forzado a asimilar o a adaptarse a una influencia perturbadora demasiado grande, como para poder sobrevivir en dicho estado, como unidad integrada.

 

EL SISTEMA PSÍQUICO

Un sistema consiste en un conjunto de elementos idealmente separables, así como en las interacciones entre dichos elementos. El resultado de estas interacciones es la restricción en el número de posibilidades o variaciones de estado del sistema. De esta manera, los grados de libertad se disminuyen con respecto a los que podrían gozar sus elementos o componentes por separado.

Asimismo, amén de esta disminución de libertad del sistema como suma de partes, suele considerarse, de conformidad con la psicología de la Gestalt, que la suma de las partes de un sistema es menos que el sistema mismo y, con la descripción de sus elementos por separado no se abarca al sistema global. La interacción de los diferentes elementos, puede dar por resultado un valor más alto que el que le correspondería por la mera suma de dichos elementos por separado. Por ejemplo, el Agnus Dei de Mozart es, en su conjunto, una obra excepcional, que permite contactar con el arquetipo de Cristo o del sufrimiento colectivo, la vivencia de la carga de la totalidad del hombre, de la conjunción de los opuestos psíquicos, y este resultado es mucho más amplio y productivo, artístico y genial que la mera suma de notas, de las que se compone. La actividad de cada componente del sistema depende de sus relaciones con los restantes componentes existiendo, de hecho, mecanismos de retroalimentación (Margalef, 1993).

El sistema psíquico, al igual que cualquier sistema dinámico abierto y disipativo , está constituido por componentes cuyo número es finito (aunque las modificaciones de los temas principales sean caleidoscópicas) y sus interacciones también son limitadas. Esto nos ayuda a la hora de aproximarnos a su estudio, pues una pequeña parte del conjunto global del sistema psíquico que, dicho sea de paso, está constituido por la conciencia y sus datos y lo inconsciente (con sus múltiples estratos), nos auxilia a comprender el funcionamiento del sistema completo y/o segmentos más amplios del sistema psíquico. Así, por ejemplo, podemos estudiar una parte del complejo subsistema inconsciente para, tras describirlo de una manera más o menos precisa (siempre dentro de las limitaciones de la percepción humana y, para el caso del investigador, también individual) extrapolando o generalizando dichos descubrimientos, basados en la observación local. Valga de ejemplo el análisis de un sueño arquetípico. Su elucidación precisa de vastos conocimientos en simbología, pero sus conclusiones son válidas para el conjunto del sistema psíquico de la persona que haya tenido el sueño y, eventualmente, de todo individuo afectado por el mismo arquetipo. De hecho, un simple sueño nos proporciona información del sistema psíquico del individuo analizado (Jung, 1993, Grof, 1988).

El sistema psíquico, con su historia biográfica y evolutiva y su complejidad, posee la propiedad de conducir y ampliar la energía. Los símbolos, constituyentes de la psique inconsciente, son los conductores o transmisores de la energía en el momento de la constelación del arquetipo subyacente. Dicha energía puede ser integrada por el complejo del yo, gracias a la asimilación del contenido simbólico en el cual se enviste la energía psíquica y, por ende, se hace aprensible a la consciencia, con lo que esta última se ve ampliada (Jung, 1995). De esta suerte, se favorece el mejor funcionamiento de todo el sistema psíquico, dando cauce a la transformación que la psique en su conjunto demanda.

La fugacidad y esquivez de los acontecimientos psíquicos elementales, los que actúan en determinados momentos y se prolongan en el tiempo por lapsos más o menos largos, se hacen patentes y asibles a la conciencia gracias a su manifestación en forma simbólica (en sueños, imaginación activa, pintura, escultura, dibujo, etc.). Resulta, por demás interesante observar, que tal actualización de un arquetipo canaliza la energía a favor de un número de posibilidades limitadas, es decir, determinados cambios se hacen más probables que otros. Sin embargo, el concurso de la consciencia hará que, en última instancia, tal conjunto limitado de posibilidades se concrete en una dirección u otra, o bien, en una orientación o actitud u otra (Jung, 1993, 1995).

Podemos afirmar que la constelación de un arquetipo es un fenómeno en sí mismo determinístico, en el sentido de que no es posible escaparse a su acción en un tiempo y espacio definidos. No obstante, la concreción que la conciencia haga de la asimilación de dicho símbolo, por mediación del complejo del yo, está abierta a múltiples posibilidades. Posibilidades que se verán reducidas por el marco circunstancial y/o ambiental en el que se halle el sujeto afectado por el arquetipo, así como por la expresión que éste pueda darle. Dicha expresión estará de acuerdo con las posibilidades de su psiquismo. Algunos individuos podrán expresar la constelación del mismo por mediación de la música; otros del arte pictórico, escultórico o arquitectónico; unos pocos se servirán de la visión que del mismo han tenido para plasmarlo en una teoría científica o en un sistema filosófico; finalmente, una expresión poética o religiosa puede ser una de las vías más excelsas de concretización del inaprensible patrón informativo (arquetipo) (Peat, 1995). En cierta manera, los arquetipos actúan a modo de atractores, pues cualquier intento de salirse de la trayectoria marcada por el mismo, en un espacio y en un tiempo determinados, acaba siendo atenuado y, después de un lapso de tiempo determinado, tenderán a regresar a la “órbita” marcada por el atractor (arquetipo).

Una de las propiedades más importantes del sistema psíquico es su flexibilidad y elasticidad internas, en el sentido de la enorme variación de posibles estados de conciencia y de la permisión en el reconocimiento y supervivencia del complejo del yo a pesar del error, del cual éste debe aprender, asistiendo a un mecanismo de feed-back continuo. En otras palabras, la flexibilidad del sistema psíquico se refiere a una potencialidad de realizar cambios significativos en la estructura, función y manifestación pese a perturbaciones que pudieran ingresar en él. Y estos cambios se producen tras los mecanismos de retroalimentación que han de seguir a todo error de concepción y de actuación, es decir, de actitud. Esto es, el sistema puede hacer frente a cierta cantidad de fluctuación y perturbación, manteniéndose estable gracias a sus propiedades de autorregulación. Sin embargo, si estas mismas fluctuaciones y perturbaciones son dramáticas y exceden el límite de flexibilidad del sistema, llevan al mismo a un estado de “callejón sin salida evolutivo” y de ahí a un “caos creativo” (Prigogine, 2000, Sasportas, 1990, Bateson, 1998). Volveremos sobre esto más adelante.

 

MODELO TOPOGRÁFICO DEL SISTEMA PSÍQUICO

El sistema psíquico está formado por dos entidades o subsistemas principales:

1. La conciencia, en cuyo centro se encuentra el complejo del yo.
2. Lo inconsciente con sus múltiples “estratos”.

La conciencia

La conciencia es un órgano de percepción y orientación dirigido, inicialmente, al medio ambiente. De esta manera, ser consciente es percibir el mundo exterior, al propio ser y a las relaciones entre este con aquel (Jung, 1992).

La conciencia es una especie de relación o referencia de contenidos psíquicos con el complejo del yo, en la medida en que éste tiene plena sensación de dicha relación. Este último está constituido por un conjunto extremadamente complejo de sensaciones, recuerdos y afectos, siendo el centro del campo de la conciencia, semejante a un foco de iluminación de contenidos psíquicos. El complejo del yo tiene una elevada continuidad e identidad consigo mismo, siendo tanto un contenido de la conciencia como la conditio sine qua non de la propia conciencia (Jung, 1994).

Lo inconsciente

Lo inconsciente está conformado por los siguientes estratos o niveles de profundidad creciente:

• Recuerdos, sensaciones físicas mnemónicas, contenidos inconscientes mediata e inmediatamente asequibles (Jung, 1992)

• Inconsciente individual, Sombra o Subconsciente. Las manifestaciones personales de este arquetipo son los traumas infantiles, contenidos reprimidos o suprimidos, contenidos olvidados por motivos de índole biográfica dolorosa (Jung, 1993, 2000). Pero la sombra también tiene una expresión positiva, pues, de hecho, bajo ese material cenagoso se encuentran potenciales de manifestación o expresión creativa, que enlazan con el reino histórico de lo inconsciente (Jung, 1998, Delgado, 2000).

• Nivel perinatal, en el que se concentran las experiencias traumáticas o no del proceso del nacimiento biológico. Grof (1998) ha dividido las experiencias condensadas en este nivel en cuatro matrices perinatales básicas (MPB), que se corresponden con los cuatro períodos por los que atraviesa el individuo a lo largo de su desarrollo embrionario y fetal.

• Inconsciente nacional o Sombra nacional constituido por todo aquello que una nación mantiene fuera del foco de iluminación consciente. Ciertos símbolos son propios de ese nivel nacional y sólo se encuentran en la cultura de esa nación particular (Abrams, Campbell, Hillman, von Franz, Zweig, et al., 1998). En realidad, debemos apuntar aquí que, de modo general, existe un inconsciente de grupo, familiar, de pareja, etc., es decir, allí donde existe un vínculo humano se crea un sí-mismo compartido regulador (Goleman, 1999). Si mismo o yo nuclear que comprende aspectos sobresalientes, aspectos conscientes y aspectos subdesarrollados, aspectos inconscientes.

• Inconsciente colectivo o transpersonal: En este nivel profundo se encuentra el magma psíquico del que todos participamos. Los símbolos universales provienen de ese estrato y se los encuentra en todas las culturas, con independencia de los fenómenos de migración y cultivación. También los residuos de las experiencias filogenéticas de nuestros antepasados se hallan aquí (Jung, 1993, 1997, Grof, 1988).

• Núcleo cósmico o Sí-mismo: Centro de la personalidad, núcleo que nos contacta con el Universo o Cosmos. Es la imago Dei en el hombre (Jung, 1994). Todo cuanto acontece en el cosmos, tiene una resonancia mórfica en el individuo (Delgado, 2000, Peat, 1995). La accesibilidad a este nivel se vivencia a través de símbolos mandálicos, experiencias de sincronicidad, vivencias de unión mística y otros estados extraordinarios de conciencia. Así también, en sueños, fantasías, ensoñaciones, expresiones artísticas, etc. Todo está impregnado por lo colectivo psicoideo, aunque no seamos conscientes de ello. Es en el transcurso evolutivo de la consciencia cuando nos vamos dando cuenta de hasta qué punto esto es así.



MODELO FUNCIONAL DEL SISTEMA PSÍQUICO

La conciencia, órgano de orientación, utiliza un número definido de funciones con las que se orienta y adapta al mundo exterior u objetivo, así como al mundo interior o subjetivo:

• La sensación, que percibe los hechos, objetos o acontecimientos;
• El pensamiento que discierne lo que el objeto percibido es, de aquello que no es, emitiendo juicios de valor objetivos;
• El sentimiento, que emite un juicio de valor sentimental (el objeto es bello o feo, verbigracia);
• La intuición nos permite dilucidar cual sea el origen y el destino, tanto de los objetos como de los sujetos, y de ciertos acontecimientos objetivos o subjetivos.

Estas funciones pueden tener un carácter introvertido o extravertido, de acuerdo con el lugar al que se dirijan la intención y la atención. Así, si son los objetos, los acontecimientos y/o las circunstancias objetivas las que mueven a la reflexión y a la acción, con preponderancia, el tipo es extravertido. Si es el sujeto el que, preponderantemente, se impone a la realidad objetiva, entonces nos encontramos frente a un introvertido. Ambos son mecanismos de adaptación y, por ende, se presentan en todo individuo. Su preponderancia es la determinante a la hora de calificar a un tipo como extravertido o introvertido. El primero trata de ajustarse a la realidad objetiva. El segundo, pretende adaptar la realidad objetiva a sí mismo, como sujeto. Un ejemplo del primer tipo sería Aristóteles. Del segundo lo sería Platón. En ambos el pensamiento es la función diferenciada, pero el interés se dirige hacia lugares distintos (hacia fuera –objetos- en Aristóteles, hacia dentro –ideas- en Platón).

No obstante, podemos distinguir dos formas de pensamiento:

“Hay dos formas de pensamiento: el pensamiento dirigido y el sueño o fantaseo. El primero (al que yo llamo pensamiento) sirve para que nos comuniquemos mediante elementos lingüísticos; es laborioso y agotador. El segundo, en cambio, funciona sin esfuerzo, como si dijéramos espontáneamente, con contenidos inventados, y es dirigido por motivos inconscientes. El primero adquiere, adapta la realidad y procura obrar sobre ella. El segundo, por el contrario, se aparta de la realidad, libera tendencias subjetivas y es improductivo, refractario a toda adaptación”. (Jung,1993).

Al “sueño o fantaseo” le podríamos denominar pensamiento pasivo, es decir, una concatenación de asociaciones sujetas a un juicio no regido por un acto de mi voluntad.

El pensamiento es, por contra, la imitación voluntaria de los sucesos, de las cosas objetivas, reales. Esta reciente adquisición ha acontecido gracias a la capacidad de movilidad y desplazamiento de la libido o energía psíquica, última flor de la evolución cultural. Se trata de un acto voluntario de representación, en el que se someten los contenidos a un proceso valorativo.

El pensamiento pasivo (fantasear es una asignación insuficiente, como el mismo Jung advierte en posteriores trabajos) podríamos concebirlo, pues, como un representar pasivo-intuitivo. En ambos se realizan juicios y lo que los diferencia es la voluntad del acto de enjuiciar.

Las funciones juzgadoras, el sentimiento y el pensamiento, son funciones racionales, en tanto que la sensación y la intuición, como funciones perceptivas, son irracionales. Estas últimas sobrepasan la polarización que lo racional siempre establece y apuntan a lo dinámico prospectivo, a la variación del aspecto (la sensación) y a la variación de la trayectoria (la intuición).

Estas funciones presentan ciertas incompatibilidades. Así, la intuición y la sensación son opuestas, al igual que lo son el sentimiento y el pensamiento. El ser sensorial trata de ver las cosas tal cual son, aprehendiéndolas y aferrándolas entre sus ejes ópticos. Observa las variaciones que sufre el objeto, su dinámica tal cual aparece, adaptándose con facilidad a los cambios tangibles del objeto. El intuitivo, por el contrario, no ve las cosas tal cual se presentan, sino que engloba toda la atmósfera que envuelve al objeto, sus relaciones trascendentes, su origen y su destino. Se pierde en el conjunto de posibilidades que rodean al objeto. En realidad, mira como a través de las lentes de un telescopio o de un microscopio, mucho más allá del objeto concreto que se le aparece. A éste, en realidad, no lo ve. La persona intuitiva busca el misterio intrincado que se halla bajo las apariencias, inmediatamente visibles.

Así pues, si queremos ver las cosas tal cual son no debemos mirar la atmósfera que las rodea. Es preciso focalizar nuestra mirada en las cosas y desvincularlas lo más posible de las intrincadas relaciones que la rodean.

Análoga incompatibilidad la encontramos entre el sentimiento y el pensamiento. Si deseamos reflexionar, no debemos dejar que la lógica del sentimiento se inmiscuya, a fin de que no arrastre a nuestro pensamiento fuera de su propio camino. Si reflexionamos acertadamente sobre la ecología de la encina, no debemos dejarnos llevar por el sentimiento que ésta despierta en nosotros. Diferenciaremos entre la tipología de sus hojas, la estructura de sus formaciones y el tipo de sustrato sobre el que se asienta y dejaremos aparte los juicios acerca de la belleza del árbol o de lo bonito que quedaría una ramita en el jarrón de nuestra casa.



EL COMPLEJO DEL YO COMO ESTRUCTURA DISIPATIVA

En el centro de las influencias del mundo externo y del mundo interno o inconsciente se halla el complejo del yo. De esta manera, el subsistema del yo, como todo lo psíquico y lo físico, es un sistema disipativo, abierto a las influencias externas e internas. Cuando se constelan ciertos arquetipos e irrumpen en el campo de la conciencia, como oleadas en un mar embravecido, el complejo del yo se halla en unas “condiciones de no equilibrio” y en el seno de las cuales se ha agotado la flexibilidad del sistema yoico. En esas circunstancias se disipan energías desordenadas (entropía) al exterior, interactuando con el mismo. Sin embargo, en esos momentos de bifurcación, donde existen idénticas probabilidades de integración que de escisión, la constelación del arquetipo del orden o Sí-mismo ya evidencia una probabilidad mayor de elegir la integración o individuación, siempre que se asimilen los contenidos simbólicos por el yo consciente, rompiendo así la simetría original (Prigogine, 2000, Sasportas, 1990).

Esta capacidad autopoyética o de autoorganización conduce a nuevos estados que distan mucho de ser iguales a los anteriores, pudiendo ser, antes bien, más evolucionados, informados o integrados, o bien, entrar en una dinámica de desorganización o escisión. El nuevo estado más ordenado, evolucionado o informado (o bien, desorganizado o escindido) acontece como resultado de una actitud consciente específica, frente a la constelación de un arquetipo en el plano psicoide (Margalef, 1993, Jung, 1994). No obstante esto, existen casos en los que una constitución psicológica armónica heredada, permite cambios en su adaptación sin participación de la voluntad consciente, dándose estos a modo de “impulsos” semiconscientes. Por lo general, en estos casos, la propia capacidad auto-organizativa del sistema psíquico es capaz de reajustarse a las perturbaciones de un modo semiconsciente, como unidad integrada. Y, cuanto más armónicos sean los sistemas psíquicos, presentaran menores dificultades de integración, pero, a su vez, disponen de menos caudal de energía a disposición de la voluntad consciente y, por tanto, sus potenciales de expresión creativa y de amplitud de consciencia se ven reducidos (Hickey, 1992).

Cuando se constela un arquetipo, una imagen simbólica emerge de lo inconsciente como manifestación concreta de dicha constelación. El estudio detallado del símbolo arquetípico amplía el campo visual o nivel de consciencia, permitiendo asimilar los contenidos inconscientes vinculados al símbolo. Esta integración en el plano de la conciencia, resultado de una actitud determinada, que evidencia una amplitud moral, intelectual y espiritual, permite actuar en consecuencia con la dirección por la que la libido está más inclinada a discurrir. De esta suerte, dada la sensibilidad a las condiciones iniciales del sistema yoico en esos momentos, se selecciona una de las dos ramas de la bifurcación abierta. Estas dos ramas se subdividen a su vez, en cuatro posibilidades de manifestación: 1. Permanecer en la polaridad, moviéndose cíclicamente de un polo a su opuesto (extremismo). 2. Optar por girar en torno a uno de los dos polos (unilateralidad). 3. Involucionar retrocediendo hacia una polarización más precaria (involución). 4. Trascender hacia una nueva polaridad, más integrada (evolución).

La tendencia del sistema psíquico a alcanzar un estado de óptimo desarrollo evolutivo o clímax es sobradamente manifiesta, y su capacidad de funcionar como un canal de información en el que parte de los “mensajes” de lo inconsciente e, incluso, mensajes completos se proyectan al futuro se esclarece con la constelación de un arquetipo en el plano psicoide y, durante ese período, la coexistencia de una cadena de fenómenos sincronísticos. Esta concatenación de eventos sincronísticos se expresa en símbolos, siendo estos los significantes concretos de una sola cadena de eventos sincronísticos, ligados todos ellos al arquetipo o arquetipos actuantes en el plano psicoide. Los símbolos se constituirían, pues, como mensajes anticipatorios, “presagios” o “señales”, que anuncian o pronostican lo que es más probable que se produzca en el mundo de lo manifestado (conciencia-circunstancias) y, por ende, la dirección por la cual la libido está más inclinada a discurrir. (Grimaldi, 2000).

Así, lo inconsciente constela y activa ciertos complejos en determinados períodos de la evolución humana (tanto colectiva, cuanto individual), de tal manera que actúan a modo de filtro. Toda información que se halle fuera del campo de acción de dicho arquetipo (y a un nivel más superficial, de los complejos activados) no entrará en el ámbito de la conciencia y, por ende, no será enfocado por el haz de luz del complejo del yo. En otras palabras, la experiencia parece irrumpir en la conciencia sólo cuando los esquemas más relevantes han sido plenamente activados (Goleman, 1999). Estos esquemas o complejos constelados actúan fuera del alcance de la conciencia, pudiendo suplantar su hegemonía de no ser reconocidos, integrados y vinculados al complejo del yo.

En mi artículo Simbología Inconsciente y Astrología Científica traté de demostrar la relación existente entre la constelación de un arquetipo y los efectos formativos de la información procedente de la Naturaleza y, en última instancia, de todo el Universo. De esta suerte, los movimientos de los cuerpos astrales tienen una influencia en el sistema psique-soma del hombre, gracias a la información portada por las oscilaciones que estos provocan en los campos electromagnéticos terrestres, confiriendo solidez científica a la Astrología psicológica. Asimismo, se explicitó cómo, el ser humano, emite información al ambiente en forma de ondas pulsantes, desde el área anatómica del cerebelo. Dicha radiación contiene la información del estado del sistema psíquico, así como del somático. Como colofón se estableció la hipótesis de la relación entre los efectos informativos del ambiente y los del propio ser vivo y, concretamente, del ser humano. Esta interrelación sería omnidireccional, a manera de red de información interdependiente, en la que cada parte de la red se constituye como un nodo. Sería algo así como “un agujero negro que mediante un canal de gusano se comunica al vacío cuántico o patrimonio informativo ” universal. De esta manera, cada nodo, a un nivel profundo y sutil, es fuente y sumidero de información. El procesamiento de dicha información se realiza gracias a un orden implicado, de estructura muy compleja, que comparten tanto los elementos físicos, cuanto los psíquicos.

Volviendo al tema del complejo del yo como estructura disipativa, observamos que éste, como todo sistema abierto y disipativo, tiene un cierto límite de tolerancia o flexibilidad frente a las perturbaciones y fluctuaciones que le puedan afectar. Si los cambios son drásticos y desbordan sus capacidades de autorregulación, el sistema del yo entra en un estado cuyas condiciones son de no-equilibrio o de caos determinístico. En estos momentos, el yo es muy sensible a las condiciones iniciales. Los conceptos de irreversibilidad y flecha del tiempo son fundamentales. De esta suerte, Prigogine (2000) afirma:

“Cuando se crea una diferencia de temperatura lo bastante grande, aparecen remolinos en los que se suceden millones de partículas. Así el no equilibrio crea correlaciones de largo alcance. Yo suelo afirmar que la materia en equilibrio es ciega, cada molécula sólo ve las primeras moléculas que la rodean. En cambio, el no equilibrio hace que la materia “vea”. Aparece entonces una nueva coherencia. La variedad de estructuras de no equilibrio que se van descubriendo resulta asombrosa. Estas estructuras revelan el papel creador fundamental de los fenómenos irreversibles, y, por lo tanto, la flecha del tiempo.”

La aparición de una nueva coherencia, psicológicamente hablando, ha de entenderse como una de las consecuencias de un período de crisis. Así, la perturbación del sistema más allá de sus límites de flexibilidad hace que éste avance hacia una forma completamente diferente de organización. En estos períodos se puede observar la increíble creatividad del complejo del yo que, en medio del mayor de los desequilibrios, es capaz de transformarse y acceder a un nivel de organización superior. Este cambio de organización hace que el sistema entre en un nuevo estado, cuyas consecuencias para la vida de la persona son de largo alcance. Pero la continua creatividad, producto de las irrupciones permanentes de contenidos de lo inconsciente colectivo en el campo de la conciencia, no permite ver demasiado adelante en el tiempo. El ego está continuamente frente a una bifurcación, frente a la posibilidad de ir hacia lo más integrado o dar un pasa hacia atrás e involucionar. La sucesión constante de cambios va modificando el futuro, de tal modo que éste sólo existe como posibilidad.

Sin embargo, debemos tener presente que esa nueva coherencia del sistema acontece cuando, en el estado de caos determinístico, aparece una ruptura de simetría espacio-temporal. De esos puntos de bifurcación emergen multitud de soluciones que, en último término, se pueden reducir a dos: integración versus escisión. La probabilidad de ambas ramas es, inicialmente, del 50% para ambas. Serán las modificaciones al estado inicial las que lleven a la elección preferente de una de las dos ramas. Este proceso, la aparición de un punto de bifurcación, de un eje espacio-temporal que enfrenta al complejo del yo a las posibilidades de integración-disgregación o escisión, no es estático. Por el contrario, se está produciendo “continuamente” y esa es la cualidad que define la dinámica de la vida, la cualidad de ser vivo.

Como podemos observar, la evolución del sistema psíquico se realiza a través de una sucesión de estadios que pueden ser descritos por leyes deterministas y leyes probabilistas. Y esto no sólo en lo que se refiere directamente al complejo del yo, como subsistema psíquico, sino en el ámbito de la psique total, del Si-mismo, entendido éste como totalidad y como núcleo cósmico.

 

Bibliografía

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i Un sistema es lineal si las soluciones a las ecuaciones que lo gobiernan son predecibles, graduales, moderadas y si su comportamiento es regular. Así, un río en régimen laminar es un ejemplo de un sistema lineal.
ii Un sistema dinámico es aquel en el que al menos alguno de sus parámetros evoluciona con el tiempo. El Universo mismo es un gigantesco sistema dinámico gobernado por unas pocas leyes sencillas, que fueron enunciadas por Isaac Newton hace poco más de tres siglos. Investigaciones posteriores realizadas por Einstein advierten que, bajo determinadas condiciones, la mecánica clásica deja de ser lo universal que había pensado su descubridor. Los sistemas dinámicos son disipativos cuando se encuentran expuestos a una progresiva variación de energía útil y, debido a ello, su evolución queda ligada a una estructura denominada atractor. La complejidad del atractor es directamente proporcional a la profundidad del estrato de lo inconsciente (supraconsciente) al que pertenezca. Los atractores son multiversales, en tanto que no se ajustan a una experiencia espacio-temporal única. Marcan, eso sí, las “líneas de campo” sobre las cuales convergen las trayectorias posibles dentro de un sistema. Cualquier intento externo de apartarlo de esa trayectoria es atenuado después de un lapso de tiempo determinado, para volver tarde o temprano a esa órbita.
iii Debo este y otros comentarios a este trabajo a la gentileza de mi querido amigo Óscar Cruz, psicólogo uruguayo.

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