El niño y........

Con el fin de llegar a personas comunes que se preguntan sobre el juego en los niños se escribe este libro. Para saber a que edad un niño debe jugar determinado juego o que juguete se le puede regalar, que pasa cuando un niño no juega etc. Se realizaron muchas observaciones, y se contó con la ayuda de Pichón riviere padre e hijo para la confección.

Para determinar porque aparece este juego y no otro a una edad determinada, porque hay niños en los que nunca aparece, y estos siempre presentan trastornos. Porque no jugar en el momento adecuado al juego correspondiente al desarrollo acarrea perturbaciones.

Freíd sostuvo que un niño juega no solo para repetir situaciones placenteras sino también para elaborar las que le resultaron dolorosas o traumáticas.

El juguete posee muchas de las características de los objetos reales, pero por su tamaño el niño ejerce dominio sobre ellos porque el adulto se lo otorga como algo propio y permitido, se trasforma en el instrumento para e dominio de situaciones penosas difíciles o traumáticas que se le crean en relación con los objetos reales pero son reemplazables por estos y le permiten repetir a voluntad las situaciones que le resultaron placenteras o dolorosas pero que no puede reproducir por si solas en el mundo real.

Al jugar un niño desplaza al exterior sus miedos angustias, y problemas internos. Repite en el juego todas las situaciones excesivas para su YO débil y esto le permite hacer activo lo que sufrió pasivamente

El juego de esconderse y aparecer y desaparecer o hacerlo con objetos, como el de la sabanita, aparece entre los 4 y 6 mese y responde a motivos psicológicos profundos. Aquí elabora la necesidad de desprenderse de la relación única con la madre para poder pasar luego a la relación con el padre, y se establece la triada madre-padre-hijo que es la base de futuras relaciones del niño con el mundo.

El niño no solo ama, necesita y quiere conservar a sus padres y hermanos, sino que también los rechaza. Por eso deriva estos afectos y conflictos a objetos que son su reemplazo y el puede dominar, y así cumple la necesidad de descarga y elaboración sin hacer peligrar la relación con sus objetos originarios.

La base de la actividad lúdica y de la capacidad de transferir afectos en el mundo externo, dependen de La sustitución del objeto originario, por otros mas numerosos y reemplazables, la distribución de sentimientos en múltiples objetos y la elaboración de sentimientos de perdida a través de de perdida y recuperación.

 

El niño trae al nacer la experiencia de que tipo de madre le vendrá al encuentro. La condición bisexual del niño hace necesaria la pareja padre y madre para que se logre un desarrollo armónico de la personalidad. Una maternidad y paternidad buenas permiten superar dificultades inherentes al desarrollo.

A partir de la concepción la madre siente que se enriquece y el padre se siente excluido.

Cuando el bebe nace necesita adaptarse muchos intentos de explorar son la base de su futura actividad de juego.

Desde su nacimiento es capaz de reconocer por la voz y el olfato a la madre. La vista se desarrolla desde el primer momento.

Es imprescindible que la piel de la madre este en contacto con la del bebe, un buen contacto físico le permitirá elaborar la perdida... la carencia de esta relación trae trastornos en el contacto con la realidad.

Entre el tercer y cuarto mes el objeto de amor y odio es la misma persona, la madre. Comienza su desprendimiento de ella.

A los cuatro meses comienza su actividad lúdica. Comienza a ser capaz de controlar sus movimientos, los coordina con la vista, se puede sentar y cambia su relacioncon los objetos, puede apoderarse de lo que necesita tocarlo y llevarlo a la boca. Ese trozo de sabana tras el cual se esconde representa a la madre.

Jugar a las escondidas es su primera actividad lúdica ny con ella elabora la angustia del desprendimiento por el duelo del objeto que debe perder. También juega con sus ojos a cerrarlos y abrirlos, allí tiene o pierde el mundo.

De su cuerpo salen sonidos los laleos son los primeros intentos de expresión verbal. Su repetición es un juego vocal. El sonajero que se le ofrece es el primer instrumento musical. Los sonidos también aparecen y desaparecen. 

El niño experimenta y descubre que al golpear un objeto puede producir sonidos. Trata de reproducirlos para vencer el miedo. Es algo fuera de su cuerpo que simboliza a su madre y el lo maneja con su mano... lo chupa, lo explora, lo muerde, y va reproduciendo experiencias que lo tranquilizan. Cuando arroja el juguete al suelo espera y exige que se lo devuelvan, esto simboliza que puede perder y recuperar a su madre.

Entre los cuatro y seis meses a través de sus juegos experimenta que tanto los objetos como las personas pueden aparecer y desaparecer. Lora y pide por su madre ha comenzado el proceso de abandonar esta relación única para aceptar la presencia del padre. Sus tendencias destructivas aumentan cuando aparece el diente.

La perdida del vinculo ya no le basta con la madre necesita de un tercero: el padre, pero que este encuentre una forma de comunicarse con el, que responda a sus pedidos. También es importante que la pareja se una y ofrezca una fuente de identificación.

El niño ha descubierto que los objetos se juntan y se separan, así como los fundamentos de su vida mental se construye en el primer año de vida, también su mundo lúdico se origina en esos primeros juegos de perdida, recuperación, encuentro, desencuentro.

Segunda mitad del primer año, surge otro interés, introducir objetos en algo hueco. Con ello se inicia en el conocimiento del amor: entrar en alguien, recibir alguien, unirse y separarse. Usa todo lo que sirva para penetrar, de su propio cuerpo y de otros (ojos, orejas) 

Luego de hacerlo con las personas lo comienza a hacer con objetos. Todo sirve para poner y sacar.

Entre los ocho y doce meses se manifiestan las diferencias de sexos. La niña prefiere depositar objetos en algo hueco y el niño elige juguetes que sirvan para penetrar. Comienza una exploración de los objetos, amplia su campo de acción, y al final del primer año se pone de pie lo que le permite alejarse voluntariamente de los objetos y reencontrarlos

Las heces y la orina el niño ama y teme las sustancias que salen de su cuerpo, estas están condenadas a desaparecer por las prohibiciones adultas, y busca en el agua la tierra y la arena los sustitutos permitidos de las heces y la orina. Luego su vientre fecundo y el de su madre comienzan a tomar primer plano. Aparecen los tambores, pelotas, globos, como juguetes preferidos.

El tambor simboliza e vientre materno, al final del primer año busca estos objetos, una olla y una cuchara de madera o similares. Sirve para descargas motrices, y el hecho de que sea irrompible facilita la descarga ya que le demuestra que no se destruye disminuye sus tendencias destructivas y su culpa.

Además de las muñecas los animales sirven como hijos fantaseados, son objetos de amor y malos tratos. Ha comenzado el aprendizaje de la maternidad y paternidad.

Tasas platos ollas, sirven recibir y dar alimento o someter a privaciones a sus hijota los 2 años se interesa por los recipientes que sirven para trasvasar sustancias de un lugar a otro, y con ello la enseñanza del control de esfínteres.

Desde muy pequeño la imagen que aparece y desaparece ocupa un lugar en vida mental. A los 2 años descubre como recrearla y retenerla mediante dibujos y así disminuye la angustia.

Niñas y varones manifiestan rechazo por los juguetes de cuerda. Es mejor los juguetes sencillos que facilitan la proyección de fantasías.

Varones y niñas juegan a alimentar, alimentarse, evacuar, retener, solo los adultos proyectan prejuicios sobre las diferencias de los sexos y rechazan este juego en los varones.

El niño juega a investigar y debe cumplir su experiencia sin que un adulto interrumpa su actividad, porque puede perturbar la experiencia decisiva.

Alrededor de los tres años los varones juegan con autos, y trenes que lo empujan a experiencias genitales que sublimada a través del juego. El garaje sirve como juego de penetración. Las niñas juegan con muñecas y animales y satisfacen sus necesidades de maternidad y paternidad.

Ya a esta edad el niño que juegue bien y tranquilo con imaginación nos garantiza salud mental

La vida mental esta poblada de imágenes la imagen es fugitiva y el dibujo retiene la imagen, esta capacidad de retener objetos en imágenes inmóviles es una nueva forma de luchar contra la angustia de perdida. Asi aparece el libro.

Después de los tres años están interesados por conocer su cuerpo y el del otro sexo. La niña dibuja mujeres con formas marcadas y con adornos, el niño dibuja personajes cargados de revólveres espadas.

Los deseos genitales los juegos sexuales son normales y contribuyen al buen desarrollo, estos deseos pueden canalizarse a través del juego del doctor, la enfermera, los novios, etc. Todos sirven para tocar, ver y mostrarse 

Después de los cinco años el varón juega juegos de conquista, de misterio, de acción. La niña mas tranquilos, juega ala muñeca finge relaciones sociales, aprende los rasgos femeninos. 

La entrada al colegio las letras y los números se convierten en juguetes para los niños. La curiosidad por el conocimiento, aparecen nuevos juegos que se combinan capacidades cognitivas con el azar.

El niño realiza el aprendizaje de compartir y competir roles en su grupo mediante múltiples juegos. Competir significa aniquilar, será necesario un largo camino hasta que entienda que competir incluye perder o empatar.

todos los niños juegan al tatetí, interponerse entre dos que quieren ser tres, hasta la resolución del complejote Edipo, los competidores son hermanos y se lucha por conseguir la relación ideal con los padres.

En el estanciero se inicia con un juego de azar los actos de generosidad y avaricia de derroche y ahorro se ejercitan relevando mucho de la personalidad del jugador y de su forma de relación con el dinero

En las damas y el ajedrez el motor inconsciente del juego es enfrentar a los padres y entrar al mundo de los adultos y competir con ellos. Ya no existe el azar sino la habilidad 

Hay juego que revelan su significado genital la bolita el balero, el fútbol y otros de modo más encubierto como la rayuela: entrar y salir.

A los siete u ocho años y hasta la pubertad el cuerpo vuelve a ser el centro. La mancha, la escondida, juegos de manos y culmina con el cuarto oscuro, donde la exploración y la búsqueda tienen contenidos genitales muy evidentes.

Si en el comienzo de su vida el niño paso del juego con su cuerpo al juego con objetos, ahora ira abandonando estos objetos para orientarse nuevamente y modo definitivo hacia su cuerpo y el de su pareja

Desprenderse de los juguetes a partir de los 10/11 años los niños buscan agruparse con su mismo sexo, para compartir experiencias amorosas las que sustituirán los juegos con juguetes

El niño al nacer trajo la expectativa del tipo de padres que vendrían a su encuentro. La totalidad de sus experiencias con ellos y con el mundo determinaran ahora su forma de anhela y recibir un hijo.

¿Qué es la Adolescencia? La adolescencia según Arminda Aberastury

Los Duelos de la Adolescencia

Las Etapas del duelo

¿Hasta cuándo dura la adolescencia?

La crítica de Obiols al modelo propuesto

Preguntas para finalizar la clase

Bibliografía

¿Qué es la Adolescencia? La adolescencia según Arminda Aberastury

"La etapa de la vida en la cual el individuo busca establecer su identidad adulta, apoyándose en las primeras relaciones objetales-parentales internalizadas y verificadas en la realidad que el medio social le ofrece, mediante elementos biofísicos en desarrollo a su disposición y que a su vez tienden a la estabilidad de la personalidad en un plano genital, lo que sólo es posible si se hace el duelo por la identidad infantil" (ABERASTURY, KNOBEL. 1984, Pág. 15)

Esta etapa es muy conflictiva, tanto para el adolescente como para sus padres, en su relación con el mundo externo. Esto se debe a que el niño, en un momento de su vida en el que sentía cómodo consigo mismo, con su relación de dependencia y sin ninguna responsabilidad; en un corto tiempo, se despierta con su cuerpo diferente y con un montón de responsabilidades, expectativas nuevas de sus padres respecto a éste y su comportamiento. Ya no se siente el mismo, ha perdido su identidad.

¿Qué es la identidad? La identidad es según Erikson "La capacidad que tiene el yo de mantener una mismidad y continuidad[1]frente al destino cambiante".

El adolescente se pregunta: ¿quién soy? y "el adulto era el frontón necesario para que el joven tenista hiciera sus prácticas, se probara, probara los golpes, mejorara sus tiros y resultara, no sin desgaste para el frontón, un adulto hecho y derecho, es decir un buen jugador. (Ídem, 1968, Pág. 45)

Durante la infancia, el niño vive en un mundo de fantasía y de despreocupación total. Esto va acompañado de una relación de dependencia hacia los padres, en la cual vive muy cómodamente. Dicha identidad de niño dependiente y sin preocupaciones que tiene en la infancia, entra en crisis con la aparición de los caracteres sexuales secundarios. De pronto todo cambia, su comportamiento debe corregirse porque le dicen que ya no es un niño, pero él se siente igual que "ayer", cuando dicho comportamiento estaba bien visto. Pero ahora, en un cambio en la actitud de los padres que se da en un período breve de tiempo, pues el cuerpo madura rápidamente. Esto se debe a que los padres no se dan cuenta, que lo que maduró de forma muy rápida fue sólo su cuerpo, y que éste no madura de igual manera que la mente del niño. Es ahí que se produce un desfasaje entre el Yo psicológico y el Yo corporal. Es aquí cuando entra en crisis.

La crisis de Identidad es, según Erikson: "(...)conflictos graves, cuya sensación de confusión es más bien debida a una guerra dentro de ellos mismos, así como los rebeldes confusos y delincuentes se hallan en guerra con su sociedad(…)".

El adolescente pierde su identidad infantil o más bien ésta entra en crisis, cuando su cuerpo infantil pasa a convertirse en uno de "adulto", por los cambios que trae aparejados la pubertad.

Con estos cambios que se dan en lo físico, también vienen dados los cambios psicológicos de pérdida de identidad.

El adolescente debe adaptarse ahora a su "cuerpo nuevo" y buscar una nueva identidad. Éste debe modificar su estructura psíquica, para adaptarla, necesariamente a este nuevo esquema corporal[2]Ésta se alcanza mediante una disociación, proyección e introyección que permiten el conocimiento del "self" y a su mundo externo, o sea de su mundo interno y externo.

El "self" es un "auto-concepto", el "yo psicológico".

Cuando encuentre el equilibrio entre lo psíquico y lo corporal, hallará una nueva identidad.

Los Duelos de la Adolescencia

Para lograr una identidad madura, el adolescente tendrá que pasar por tres duelos básicos, según Aberastury y Knobel, y un cuarto duelo por la bisexualidad infantil.

Estos son: a) el duelo por el cuerpo infantil, b) el duelo por el rol y la identidad infantil, y c) el duelo por los padres de la infancia.

Las Etapas del duelo

Los procesos que se suceden en el duelo se han dividido en tres etapas[3]

1) La negación, mecanismo por el cual el sujeto rechaza la idea de pérdida, muestra incredulidad, siente ira. Es lo que nos lleva a decir: "No puede ser que haya muerto, lo vi ayer por la calle", cuando inesperadamente recibimos la noticia de la muerte de un amigo, aunque sepamos que hay muchas maneras de morir en pocas horas.

2) La resignación, en la cual se admite la pérdida y sobreviene como afecto la pena.

3) El desapego, en la que se renuncia al objeto y se produce la adaptación a la vida sin él. Esta última etapa permite el apego a nuevos objetos.

Los duelos afectan tanto a los padres como a los hijos, son vividos por los dos. Knobel dice que es "una ambivalencia dual". Por ejemplo, esto se ve, en la angustia de los hijos por los padres de la infancia, y la angustia que sienten luego los padres por los hijos de la infancia; por miedo de estos a envejecer y a enfrentarse a una muerte próxima. Es tal vez por esto que se hace tan conflictiva esta etapa.

El duelo por el cuerpo infantil:

Consiste en ir aceptando las modificaciones biológicas, ante las cuales siente impotencia, ya que no puede hacer nada para frenar estos cambios. Esto se refleja en cierta rebeldía en la esfera del pensamiento. Así siente un fenómeno de despersonificación, se halla incómodo con su cuerpo, como torpe, tira y rompe todo. Los movimientos que antes hacía para alcanzar las cosas no dan los mismos resultados, y sus padres le reprochan constantemente, le dicen que tira todo. ¿Qué te pasa, que antes eras tan cuidadoso? Como consecuencia de dichos reproches, trata de negar la pérdida de su identidad y su cuerpo infantil, para retener los logros que tuvo de chico.

Las fluctuaciones constantes de la realidad, que lo ponen en una nueva situación frente a sus padres, familia y mundo externo, lo impulsa a elaborar esa pérdida, a ir conformando su nueva personalidad.

Duelo por la identidad y rol infantil.

El niño en su infancia, acepta su relativa impotencia, necesita de otras personas que cumplan sus funciones yoicas, y su yo, mediante la proyección e introyección configura su identificación. En la adolescencia, sufre un "fracaso de personificación". No se da cuenta de cómo debe actuar, ya que no es un niño pero tampoco un adulto. Es lo suficientemente grande para ser un niño y por tanto no puede mantener la dependencia infantil aunque quisiera. Esto es debido a la actitud de sus padres que ahora tienen para con él. Pero tampoco puede asumir la independencia adulta. Sufre una confusión de roles, recurre al "mecanismo de defensa esquizoide" de delegar toda responsabilidad y obligaciones en el grupo de pares (barra), quedando así por fuera del proceso de pensamiento; forma parte de las actividades del grupo, pero no se hace cargo de sus consecuencias. Tiene un manejo omnipotente de la irresponsabilidad, y son otros lo que se hacen cargo por él del principio de realidad. Ya que éste no se hace cargo de sus actos y las consecuencias de ellos.

En este período hace posible un tipo de pensamiento en el que despersonaliza a los seres humanos, utilizándolos como objetos, como medios para sus satisfacciones. Este manejo de las personas demuestra una clara inestabilidad afectiva e indiferencia hacia los demás.

Pero mediante la "barra", que cumple el rol de mecanismo de defensa esquizoide, como ya explicamos anteriormente, es que se siente seguro en esa uniformidad que el grupo le da. Más tarde irá adoptando roles cambiantes y participando activamente en el grupo, y es así, que de a poco toma las responsabilidades y las culpas grupales. Mediante estas proyecciones e introyecciones es que va asimilando y desechando identificaciones hasta llegar a formar una propia.

Aberastury y Knobel dicen que: "La exageración o fijación de este proceso por no elaborar el duelo por la identidad y por el rol infantil explica las conductas psicópatas tratando a las personas como objetos, para así lograr sus objetivos. También se ve en el desafecto y crueldad con el objeto(…)"

Normalmente el adolescente va aceptando las pérdidas de su cuerpo infantil y su rol infantil; al mismo tiempo que va cambiando la imagen de sus padres infantiles, sustituyéndolas por la de los padres actuales, en el próximo duelo.

Duelo por los padres de la infancia

El adolescente empieza a separarse de sus padres. Lo que marcará el "fin de la relación de dependencia" que mantenía con ellos. Es más que obvio que sigue dependiendo de ellos, no sólo económicamente, sino sentimentalmente, ya que necesitan de la comprensión y la aprobación de éstos (sentirse aceptado). Además tiene la necesidad de una identidad fuera de la familia, aunque inconscientemente, también se siente parte de ella. Es una contradicción más de las muchas que caracterizan esta etapa.

La búsqueda de un nuevo estatus, que le es transferido a este por su cuerpo, mediante los cambios corporales, lo llevan a una nueva búsqueda de identidad y un nuevo rol por el infantil ya superado. La independencia de la que hablamos es relativa, ya que si le dieran una verdadera libertad e independencia, este la sentiría como abandono. Es menester, que el pasaje de la relación infantil que tenía con los padres a la adolescencia (de una dependencia total a una pseudo-independencia), sea lento. Esto facilitará su independencia en un futuro, y hará menos traumático el duelo.

Esta pseudo-independencia se ve claramente en la necesidad de pedir prestado el auto a sus padres, en el momento de pedir para llegar más tarde de la hora que estaba pactada antes, ante la necesidad de pedirles dinero, etc. Lo hacen, porque sienten la necesidad de aparentar una cierta independencia económica frente a sus compañeros de grupo, de sentirse casi un "adulto". Este proceso de independencia y pérdida, es sentido tanto por el adolescente como por los padres, ya que estos se dan cuenta de que sus hijos están creciendo y con esto les viene a la mente la idea próxima, en algún momento, de la muerte. La idea de esto les produce la necesidad de retener la relación de padres infantiles que mantenían con su hijo de la infancia. Esto lo hacen a través de la dependencia económica, no permitiéndoles ciertos gustos o salidas. Volvemos a notar que estos duelos son vividos de igual forma tanto por los padres como por los hijos.

Los cambios biológicos que se dan en la pubertad, le imponen la sexualidad genital e intensifican el duelo por el cuerpo infantil y el sexo opuesto perdido. Durante la infancia el niño se masturbaba constantemente para negar la pérdida del sexo opuesto, aunque también a manera de exploración. En cambio en la pubertad, se da primero a manera de exploración y después como búsqueda de placer debido a fantasías eróticas. Esto lo hace en soledad, por la carga de culpa emocional que le proporciona el "súper-yo", con todo el peso que le impone la sociedad.

La definición de su capacidad pro-creativa y su rol en la pareja, (el duelo por la bisexualidad) se debe a la resolución nuevamente del complejo de Edipo, el cual lo llevará a buscar pareja fuera del núcleo familiar. La aparición de los caracteres sexuales primarios (como ya explicamos arriba), lo llevarán a la definición sobre su rol en la relación de procreación.

Duelo es por la bisexualidad

En esta etapa se configura el pasaje del auto-erotismo a la heterosexualidad, pasando por estados de homosexualidad. Esto parece obvio, pero le choca mucho a la gente, ya que el adolescente primero se mira así mismo y se explora (auto erotismo), luego debe fijarse en el mismo sexo para compararse (homosexualidad), lo hace mediante el juego y el "toqueteo". Cuando hablamos de homosexualidad, no tenemos que caer en el simplismo de tomarlo en el sentido de genitalidad, aunque podría llegar a darse, no es lo normal. En los hombres se ve en los juegos de mano, y en la mujer en ese ir constantemente del brazo con la amiga, en el baile entre ellas, etc. Es bastante coherente que se fije primero en el mismo sexo, y recién ahí tender a buscar una relación en el sexo opuesto. No puede darse un corte tan grande en el pasaje del autoerotismo a la heterosexualidad.

La necesidad de elaborar los duelos lo obligan a recurrir normalmente a manejos psicopáticos que identifican sus conductas. Estos pueden ser la necesidad de delegar toda responsabilidad en el grupo, la necesidad de manejar el tiempo a manera de objeto, etc.

Se produce un cortocircuito en el pensamiento, donde se observa la exclusión de lo conceptual lógico mediante la expresión a través de la acción, lo que diferencia al adolescente normal del psicopático, que persiste en este modo de conducta.

Aberastury y Knobel dicen que estos comportamientos son normales en la adolescencia, y que sería anormal una estabilidad en ésta. La inestabilidad constante, acompañada de los comportamientos psicopáticos es denominado por Knobel a manera de una entidad "semi-patológica" o síndrome normal de la adolescencia por las características que tiene esta etapa.

¿Hasta cuándo dura la adolescencia?

La duración de la adolescencia, dice Sobrado, depende de la sociedad y la cultura en la que este se encuentre. Por eso no debe estudiársele al adolescente igual que a un ciudadano arquetípico, porque dependiendo del sector sociocultural y económico en que se encuentre, hay variantes en las vivencias de estas edades que no puede hacer menos que plantear desde otros ángulos.

Ejemplo: no es lo mismo un adolescente de las zonas rurales, del urbano. En los primeros es más fácil el ingreso a las tareas, de forma graduada y claramente especificadas, lo que los ayuda a madurar más rápido. En cambio, los segundos no tiene acceso gradual a los modos de producción, esto le causa cierta frustración e inseguridad. Aparte a la hora de buscar trabajo se les dificulta mucho por la falta de experiencia, quedando así relegado a ser mano de obra barata dentro de los medio de producción, o peor aún un desocupado. De esta manera, se provoca en él, un sentimiento de angustia e inferioridad por no poder conseguir un buen trabajo.

Pero todos los autores están de acuerdo en que empieza con los cambios puberales y los caracteres sexuales secundarios que se dan en la pubertad, y que termina con la aceptación de la nueva identidad adulta.

Las causas, por qué la crisis de identidad se da en este período, son que el individuo no puede desarrollar los requisitos de desarrollo fisiológico, maduración mental y responsabilidad social adecuada, acompasadamente; para experimentar y atravesar esta etapa de su vida. No se puede hablar de superar una crisis, sin que la identidad haya encontrado una forma determinada para la vida ulterior de un modo más decisivo. Para lograrlo, debe enfrentarse al mundo de los adultos, algo para lo que no está preparado aun; pues debe desprenderse de su mundo infantil.

En resumen, el adolescente debe alcanzar un equilibrio entre el yo psicológico y el yo corporal; debe tener un grado de madurez como para aceptar una genitalidad adulta. Esto consiste en la capacidad para procrear y hacerse cargo de ella, con sus respectivas responsabilidades.

Cuando sea capaz de resolver en forma satisfactoria los tres duelos, más el duelo por la bisexualidad infantil y conseguir la independencia económica; allí será el fin de su adolescencia.

La crítica de Obiols al modelo propuesto

"En el modelo de la modernidad. Se aspiraba a ser adulto, aun cuando se tuviera nostalgia de la niñez. La niñez era una época dorada, en la cual no había responsabilidades pesadas, en la que el afecto y la contención venían de los padres y permitían reunir un caudal educativo y afectivo que facilitaba enfrentarse con lo importante de la vida, la etapa adulta, la cual permitiría actuar, tener capacidad de influir socialmente, independizarse de los padres, imitarlos en la vida afectiva y familiar. Tan fuerte era el modelo adulto para la modernidad que la infancia se consideraba una especie de larga incubación en la cual nada importante ocurría, algo de lo cual no valía la pena que los hombres se ocuparan demasiado, era cosa de mujeres" (OBIOLS, 1993, Pág. 39)

El paso a la posmodernidad ofrece que la vida sea de emociones light, todo debe desplazarse suavemente, sin dolor, sin drama, sobrevolando la realidad.

Como veíamos analizando anteriormente, los duelos son, para el adolescente, dolorosos, angustiantes y hasta traumáticos en ciertos puntos, entonces: ¿hay lugar para los duelos en la posmodernidad?

Consideremos cada uno de los duelos postulados en su momento por Arminda Aberastury y expongámoslos a la realidad que vive el adolescente en la posmodernidad:

El duelo por el cuerpo perdido

El adolescente de la modernidad se encontraba perdiendo el idealizado y mimado el cuerpo de la infancia, teniendo en perspectiva un período glorioso de juventud y lejos aún de lograr un cuerpo con características claramente adultas. El adulto joven constituía el ideal estético por excelencia y el adulto maduro por su parte alcanzaba un cuerpo con características claramente definidas: las mujeres debían tener un cuerpo redondeado, un poco pesado, matronal, que daba cuenta de su capacidad de procrear y su dedicación a la casa y crianza de sus hijos. Iría luciendo con los años canas, arrugas y kilos, no como vergüenza sino por el contrario como muestra de honorabilidad y fuente de respeto. Por su parte los hombres también adquirían kilos, abdomen o ambos, lentes, arrugas, calvicie, bigotes o barbas canas que les darían un aspecto digno de la admiración de las generaciones más jóvenes. Observamos que en las épocas antecedentes a la modernidad, el viejo era respetado como modelo de sabiduría y experiencia.

En ese contexto el adolescente lucía un aspecto desgraciado. Nada se encontraba en él de admirable, estéticamente rescatable. Es cierto que aún hoy nadie postula como admirable la cara cubierta de acné ni los largos brazos o piernas alterando las proporciones, pero también es cierto que la mirada que cae hoy en día sobre el adolescente es muy diferente. Su cuerpo ha pasado a idealizarse ya que constituye el momento en el cual se logra cierta perfección que habrá que mantener todo el tiempo posible. Modelos de 12, 14 ó 15 años muestran el ideal de la piel fresca, sin marcas, el cabello abundante y brillante, un cuerpo fuerte pero magro, tostado al sol, ágil, en gran estado atlético, en la plenitud sexual, un modelo actual que no responde al ideal infantil ni adulto típico de la modernidad.

Si, clásicamente, la juventud fue un "divino tesoro" porque duraba poco, ahora se intenta conservar ese tesoro el mayor tiempo posible. Mucha ciencia y mucha tecnología apuntan sus cañones sobre este objetivo. Cirugía plástica, regímenes adelgazantes y conservadores de la salud, técnicas gimnásticas, trasplantes de cabello, lentes de contacto, masajes e incluso técnicas que desde lo psíquico prometen mantenerse joven en cuerpo y alma. Se desarrolla el "culto al cuerpo" por el cual es ideal permanecer en la juventud.

"Los medios de comunicación los consideran un público importante, las empresas saben que son un mercado de peso y generan toda clase de productos para ellos; algunos de los problemas más serios de la sociedad actual: la violencia, las drogas y el sida los encuentran entre sus víctimas principales y la escuela secundaria los ve pasar sin tener en claro qué hacer con ellos" (Ídem, 1993, Pág. 42)

Cuando la técnica no puede más, el cuerpo cae abruptamente de la adolescencia, supuestamente eterna, en la vejez sin solución de continuidad. Cae en la vergüenza, en la decadencia, en el fracaso de un ideal de eternidad. Podemos entonces preguntarnos: ¿qué ha pasado con el duelo por el cuerpo de la infancia que hacía el adolescente moderno, adolescente que sólo era un pasaje desde la niñez aun ideal adulto? El adolescente posmoderno deja el cuerpo de la niñez pero para ingresar de por sí en un estado socialmente declarado ideal. Pasa a ser poseedor del cuerpo que hay que tener, que sus padres (¿y abuelos?) desean mantener, es dueño de un tesoro. Si tomamos como metáfora el cuerpo arquitectónico de la ciudad, y el reciclaje posmoderno en vez de la piqueta, la mezcla de lo viejo con lo nuevo, a nivel de la persona adolescente resulta que el cuerpo infantil no es totalmente reemplazado por un cuerpo adulto, hay una mezcla y modificación parcial de ciertas características. Por la tanto no habrá una idea neta de duelo, de sufrir intensamente la pérdida del cuerpo de la infancia. ¿Puede haber un duelo por el cuerpo perdido o "no hay drama"?

El duelo por el rol y la identidad infantil

¿Qué significa ser niño? Ser dependiente, refugiarse en la fantasía en vez que afrontar la realidad, buscar logros que satisfagan deseos primitivos y que se obtienen rápidamente, jugar en vez que hacer esfuerzo.

Llegados a este punto parece imprescindible diferenciar dos conceptos psicoanalíticos que suelen confundirse: el de yo ideal y el de ideal del yo. Ante una imagen de sí mismo real poco satisfactorio, muy impotente, el niño pequeño desarrolla una imagen ideal, un yo ideal en el cual refugiarse. Esta estructura se organiza sobre la imagen omnipotente de los padres y ante una realidad frustrante que promueve esa imagen todopoderosa de sí mismo confeccionada a imagen y semejanza de sus mayores, la cual le permite descansar, juntar fuerzas y probar de nuevo ante un error. En los desarrollos normales ese yo ideal se va acotando a medida que la realidad le muestra sus límites.

Los padres primero y los maestros después tienen la difícil tarea de provocar la introyección de otra estructura, el ideal del yo. Este aspecto del superyó es un modelo ideal producido por los mayores para él, es el modelo de niño que los demás esperan que sea. Si el yo ideal es lo que él desea ser, el ideal del yo es lo que debe ser y a quien le cuesta muy a menudo parecerse. Ese ideal del yo también manifiesta sus propios valores: esfuerzo, reconocimiento y consideración hacia el otro, así como postergación de los logros. Tradicionalmente este trípode ha sido la base de la educación preescolar.

¿Qué ocurre con el adolescente? En esa época de la vida se termina de consolidar el ideal del yo, para ello confluyen los padres, los docentes y la sociedad en su conjunto. Pero ¿qué ocurrirá si la sociedad no mantiene los valores del ideal del yo, si en cambio pone al nivel de modelo los valores del yo ideal?

Pensemos en lo que los medios difunden constantemente: aprendizaje, dietas, gimnasia sin el menor esfuerzo; tarjetas de crédito, facilidades, compra telefónica para no postergar ningún deseo, artículos únicos, lugares exclusivos, competencia laboral que significa eliminar al otro. Estos son los valores del yo ideal que en otras épocas podían que en la fantasía pero no ser consagrados socialmente.

La sociedad moderna consagraba los valores de un ideal del yo: la idea de progreso en base al esfuerzo, el amor como consideración hacia el otro, capacidad de espera para lograr lo deseado. Sin duda los valores del yo ideal también existían pero eran inadmisibles para ser propagados socialmente. En la sociedad posmoderna los medios divulgan justamente los valores del yo ideal, es decir que allí donde estaba el ideal del yo está el yo ideal y hay que atenerse a las consecuencias.

Si se acepta este planteo, de él se deduce que los valores primitivos de la infancia no sólo no se abandonan sino que se sostienen socialmente, por lo tanto no parece muy claro que haya que abandonar ningún rol de esa etapa al llegar a la adolescencia Se podrá seguir actuando y deseando como cuando se era niño, aquí tampoco habrá un duelo claramente establecido.

Por otra parte, se sostenía que la identidad infantil perdida daba paso a la definitiva en un largo proceso de rebeldía, enfrentamiento y recomposición durante la adolescencia. El concepto de pastiche posmoderno parece modificar esta idea. La identidad se establecería no por un mecanismo revolucionario que volteara las viejas estructuras sino por el plagio que conforme el pastiche sin mayor violencia, sin cambios radicales. La nueva identidad se estructura ría sin que apareciera la idea neta de un duelo, en tanto no habría una pérdida conflictiva que lo provocara.

El duelo por los padres de la infancia

Los padres de la infancia son quizás los únicos "adultos" en estado puro que se encuentran a lo largo de la vida. Se los ve como tales, sin fisuras. Ir creciendo significa, en cambio, descubrir que detrás de cada adulto subsisten algunos aspectos inmaduros, impotencia, errores. La imagen de los padres de la infancia es producto de la idealización que el niño impotente ante la realidad que lo rodea y débil ante ellos desarrolla como mecanismo de defensa. A menudo esa idealización es promovida por los mismos padres quienes obtienen satisfacción de ser admirados incondicionalmente por ese público cautivo a quien también pueden someter autoritariamente. Ir creciendo, convertirse en adulto significa desidealizar, confrontar las imágenes infantiles con lo real, rearmar internamente las figuras paternas, tolerar sentirse huérfano durante un período y ser hijo de un simple ser humano de allí en más. Pero este proceso también ha sufrido diferencias. Los padres de los adolescentes actuales crecieron en los años, incorporaron un modo de relacionarse con sus hijos diferentes del que planteaban los modelos clásicos, desarrollaron para sí un estilo muy distinto del de sus padres. ¿En qué residen esas diferencias? En lo referente a sí mismos estos padres buscan como objetivo ser jóvenes el mayor tiempo posible, desdibujan al hacerlo el modelo de adulto que consideraba la modernidad. Si ellos fueron educados como pequeños adultos, vistiendo en talles pequeños ropas incómodas para remedar a los adultos, ahora se visten como sus hijos adolescentes.

Escribe F. Dotto: "Lo que más hace sufrir a los adolescentes es ver que los padres atan de vivir a imagen de sus hijos y quieren hacerles la competencia. Es el mundo al revés. Los hombres tienen ahora amiguitas de la edad de sus hijas, y a las mujeres les gusta hoy agradar a los compañeros de sus hijos, porque precisamente ellas no vivieron su adolescencia. Están presas en la identificación con sus hijos."

¿Cuáles son las consecuencias de esta actitud de los padres? Continúa F. Doto: "Y los chicos y chicos y chicas aprenden cada vez más tempranamente a vestirse solos, a comprarse ropa, a alimentarse y viajar… Ante la necesidad de su progenie, los padres dejan hacer y se abstienen de educar a los pequeños. Si ya no hay niños, tampoco hay adultos" [4]

Si recibieron pautas rígidas de conducta, comunes por entonces a toda una generación, al educar a sus hijos renuncian a ellas, pero no generan otras nuevas muy claras, o por la menos cada pareja de padres improvisa, en la medida en que la necesidad la impone, alguna pauta, a veces tardíamente. Si fueron considerados por sus padres incapaces de pensar y tomar decisiones, ellos han pasado a creer que la verdadera sabiduría está en sus hijos sin necesidad de agregados, y que su tarea es dejar que la creatividad y el saber surjan sin interferencias. Si sus padres fueron distantes, ellos borran la distancia y se declaran compinches de sus hijos, intercambiando confidencias.

A medida que fue creciendo, el niño de estos padres no incorporó una imagen de adulto claramente diferenciada, separada de sí por la brecha generacional y cuando llega a la adolescencia se encuentra con alguien que tiene sus mismas dudas, no mantiene valores claros, comparte sus mismos conflictos. Ese adolescente no tiene que elaborar la pérdida de la figura de los padres de la infancia como lo hacía el de otras épocas. Al llegar a la adolescencia está más cerca que nunca de sus padres, incluso puede idealizarlos en este período más que antes. Aquí difícilmente haya duelo y paradójicamente se fomenta más la dependencia que la independencia en un mundo que busca mayores libertades.-

Preguntas para finalizar la clase

¿Detecta cambios entre la adolescencia de antaño, la suya y la actual?

¿Se adaptan las ideas de Obiols al Adolescente actual (Post-posmoderno)?

¿Qué rol juegan las redes sociales en el Adolescente? ¿Cómo influyen en su desarrollo?

Como Docentes ¿Qué podemos hacer para acompañar el desarrollo de los adolescentes?

¿Considera que el adolescente se "aburre" ante los modelos de enseñanza actuales? ¿Qué haría para revertir esta situación?

Bibliografía

Libros

ABERASTURY, A; KNOBEL, M. La Adolescencia Normal. Editorial Paidós. Buenos Aires. 1984

ERIKSON, Identidad, juventud y Crisis. Editorial Paidós, Buenos Aires 1968

OBIOLS, G; DI SEGNI, S. Adolescencia, Posmodernidad y Escuela. Secundaria. Editorial Kapeluz Buenos Aires 1993

Artículos

FUENTES, M. Los duelos en la adolescencia, el análisis de Arminda Aberastury (http://suite101.net/melisa-fuentes)

Estudio del psicoanálisis y psicología - Aberastury, los tres duelos del adolescente (http://psicopsi.com/Aberasturi-duelo-cuerpo-infantil)

CHOCHO, M; BORDAGORRI, S; CHICHET F. ROSELLA A. Conductas vandálicas en la Adolescencia.

www.monografias.com/trabajos55/mala-conducta-adolescente/mala-conducta-adolescente.shtml).

 

Arminda Aberastury

 

El legado de Arminda Aberastury al psicoanálisis de niños es indudable, tanto en la Argentina como en otros países de Sudamérica. Los términos “devolución”, “hora de juego diagnóstica”, “historia evolutiva” son parte de un “saber” relativo al análisis de niños y pertenecen a un conjunto semántico que se llamó Arminda Aberastury. La APA, perteneciente a la IPA, fue en un tiempo la asociación psicoanalítica más importante de América Latina, y en materia de psicoanálisis de niños, su personaje sagrado y “kleiniano”, fue Arminda Aberastury.

Sin duda AA creía fehacientemente que existía una técnica para analizar niños. Por eso sostenía que los analistas hombres tienen que saber coser y jugar a las muñecas y si se resisten es por sus conflictos con la homosexualidad. El análisis-de-niños quedará caracterizado por un conjunto de reglas “técnicas”, el analista-de-niños no sólo tiene que saber coser, también tiene que poder desplazarse por el cuarto de juego a la altura del niño, tener agilidad, y sobre todo saber que el análisis exige una frecuencia de cuatro o cinco sesiones semanales, porque eso es lo que le da ritmo y estabilidad. El “encuadre” tiene que ser muy estable para darle al niño la seguridad de que, por más que ataque al analista, no logrará destruirlo con su agresividad.

¿Cómo llegó AA a ser quien fue? La relación entre los problemas de aprendizaje de una niñita y la “psicosis” familiar, fue un descubrimiento azaroso que tuvo lugar mientras la niña aguardaba a su mamá, que era paciente de Enrique Pichon Rivière. Alentada por esta experiencia comenzó a concurrir al servicio de Higiene Mental del Hospicio de las Mercedes, donde atendió a niños con problemas de aprendizaje, al mismo tiempo que se anotó en la nueva carrera de Ciencias de la Educación, -que rápidamente interrumpió- y empezó un análisis con Angel Garma. A partir de entonces participará activamente en el incipiente movimiento psicoanalítico, en su carácter de esposa de uno de los fundadores de la Asociación Psicoanalítica Argentina y paciente de otro.

En el año 43’ Arminda le escribió una carta a Melanie Klein en busca de consejos “técnicos”, y Melanie le contestó atentamente, una por una a sus preguntas -no sin agregar que estas cosas se aprenden con la experiencia-. A las madres hay que dejarlos fuera del consultorio, aunque a veces no hay más remedio que dejar que entren... los niños tienen que saber que el análisis es pago... aunque no es muy conveniente que sepan el monto exacto de los honorarios porque les parecerá exorbitante...los juguetes hay que ordenarlos si es necesario, no si se trata de un mero capricho del niño..

Arminda Aberastury traducía al castellano a Melanie Klein, quien nunca reconoció que, simultáneamente, su traductora, rápidamente, se transformó en una prestigiosa analista de niños. Durante más de diez años se negó sistemática y amablemente, cada vez que Arminda le enviaba un trabajo suyo, a darlo a conocer en la Sociedad Británica, argumentando que aún no estaba a la altura de los standares exigidos en Inglaterra. Arminda obviamente mantuvo en secreto la verdadera índole de su “correspondencia” con Melanie Klein, pero de esta época (1943-53) datan algunos casos clínicos publicados por la Revista de la A.P.A, donde se ve perfectamente por qué M.K. no la reconocía como una buena analista kleiniana: Arminda no terminaba de entender “bien” la importancia del análisis de la transferencia negativa, y lo que es más grave, cada tanto citaba a Anna Freud, ¿acaso no sabía que en el círculo kleiniano Anna Freud era la innombrable? Diez años de correspondencia, en la que casi no hablaban de psicoanálisis sino de cuestiones “técnicas” concernientes a la edición de los libros y artículos de Melanie Klein en castellano.

A diferencia de M.K, AA le otorgaba efectos traumáticos a múltiples acontecimientos en la vida del niño. Era como si tuviera una tabla de valores de traumas, si el destete fue brusco, o si le dijeron que la abuela se fue al cielo cuando tenía tres años o cuando tenía diez. No se le escapó ninguna de las posibles “causas” de una dificultad, de un síntoma, de un trastorno de conducta. ¿Qué buscaba AA mediante esta historia evolutiva tan exhaustiva? Es simple. En la hora de juego, se podían -y debían- encontrar los elementos que confirmaran lo dicho por los padres. Por ejemplo, un niño pone en una balanza dos pelotitas, y luego las saca. Esto quiere decir que su destete fue brusco y mediante el juego pone en tela de juicio –en la balanza- a la madre que lo destetó prematuramente -cosa que el analista ya sabía por la historia evolutiva- .

La canasta de juegos también era una verdadera obsesión “técnica” . En Melanie Klein, los juguetes eran simplemente “pequeños juguetes”, un mero recurso auxiliar para facilitar la “asociación libre”. Para Arminda en cambio la canasta era “infaltable”, una especie de objeto fetichizado del analista-de-niños. A través del juego podía hacer diagnósticos infalibles, que le dieron un gran prestigio. Pero como todos los magos tenía sus trucos. Si el niño jugaba con determinados juguetes, ella podía deducir con exactitud cuál era la edad del niño o su patología. De este modo AA, “a ciegas”, en las supervisiones, “adivinaba” la edad, el sexo, y si había algún retraso madurativo.

Una cuestión a la que AA le dio mucha importancia, es el lugar de los padres en el tratamiento del niño. La idea de una causalidad lineal entre patología del niño y patología de los padres es algo que nunca dejó de tener “in-mente”, causalidad que Melanie Klein desestimaba casi por completo, al menos “oficialmente”. En “Teoría y técnica del análisis de niños” dice: “Con el descubrimiento de la técnica de juego, se hizo posible comprender cómo funcionaba la mente del niño pequeño, interpretar sus conflictos y solucionarlos... pero, frecuentemente, el éxito de la terapia no se veía acompañado de un aumento de la confianza de los padres. Por el contrario, a menudo interrumpían el análisis del hijo por motivos fútiles y, súbitamente, sin dejarnos el tiempo suficiente para hacer elaborar al paciente la separación. Aun cuando los analistas de niños hayan señalado esta dificultad técnica repetidas veces, no hay trabajos que traten de comprenderla o solucionarla...Años de experiencia en análisis de niños, me llevaron a la confirmación de este hecho, pero me resistí a considerarlo como no solucionable... Como ya he señalado, durante muchos años seguí la norma clásica de tener entrevistas con los padres... (sic). La experiencia me fue haciendo ver que esta no era una buena solución a la neurosis familiar ya que los motivos de la conducta equivocada, eran inconscientes y no podían modificarse por normas conscientes. Comprendí, por ejemplo, que cuando el padre o la madre reincidían en el colecho o en el castigo corporal, yo me transformaba en una figura muy perseguidora y la culpa que sentían, la canalizaban en agresión, dificultando así el tratamiento. Además, el aumento de la culpa los conducía a actuar peor con el hijo, buscando mi castigo o mi censura. El conflicto se agravaba al no ser interpretable, ya que ellos no estaban en tratamiento, y esto los llevaba a la interrupción del análisis del niño. Comencé poco a poco, a distanciar las entrevistas con los padres y a abandonar los consejos. Al comienzo de mi trabajo, si me pedían analizar un niño que dormía con los padres, aconsejaba darle una habitación separada. Esto resultó ser un error porque interfería, abruptamente, en la vida familiar y rompía artificialmente -o sea, desde afuera- una situación sin saber cómo se había llegado a ella, sin saber cuál era la participación del niño y, en qué medida le era imprescindible en función de su neurosis. La experiencia me enseñó que cuando el niño, aun en el caso de ser muy pequeño elaboraba el conflicto, exigía por sí mismo el cambio, con la ventaja de haberlo analizado previamente. Así, yo no intervenía con una prohibición, viciando desde el comienzo la situación transferencial. Si la interpretación es el instrumento básico del tratamiento psicoanalítico y, en especial, la interpretación de la transferencia, era evidente que la relación con los padres sin la interpretación, los dejaba librados a cualquier tipo de elaboración. Por otra parte, la evolución del psicoanálisis nos llevó cada vez más, a no valorizar en exceso los datos que los padres podían aportarnos sobre la vida diaria del niño. La práctica me fue enseñando que el consejo actuaba en presencia del terapeuta y que, separados de éste, el padre o la madre seguían actuando con el hijo de acuerdo con sus conflictos, pero con el agravante de que, si actuaban como antes, ahora sabían que esto estaba mal y que era causa de enfermedad para su hijo. El terapeuta se transformaba así en un superyo, y la culpa que sentían se convertía, generalmente, en agresión hacia el niño.... Si los padres quedan fuera de la acción terapéutica, fuera del consultorio, su vínculo transferencial con el analista se hace más manejable, al estar menos expuesto a las frustraciones inherentes a un contacto que, siendo en apariencia profundo, resulta sólo superficial y de apoyo, porque la transferencia no es interpretada. Si el analista asume la total responsabilidad terapéutica, además de aliviarlos adopta una actitud más real y adecuada. Si, por el contrario, les aconsejamos cambios que no pueden cumplir, se sienten culpables de cualquier retroceso, su ansiedad se hace intolerable e interrumpen el tratamiento... A esto se deben, en gran parte, las frecuentes interrupciones del análisis de niños. Con la técnica actual, en cambio, el terapeuta asume íntegramente su papel. La función del padre se limita a enviar al hijo al análisis y pagar el tratamiento”.

He transcripto textualmente esta cita, resaltando algunos párrafos, porque muestra negro sobre blanco que Arminda Aberastury efectivamente pensaba que los padres cumplían un papel importante en la neurosis de los hijos, pero que con el tiempo había llegado a la conclusión de que mantenerlos alejados era la mejor estrategia.. Aunque ella no escribía especialmente bien ni muy ordenadamente, sin embargo estas páginas son una excepción, y merecen ser revisitadas.

Frente a la consigna de mantener a los padres lo más lejos posible del análisis del hijo, hubo una reacción muy fuerte cuando llegó el lacanismo a la Argentina. ¿Cómo no se iba a trabajar con el discurso-de-los-padres en el cual el niño estaba inscripto, aun desde antes de su nacimiento? .

Indudablemente el maltrato objetivo/subjetivo es algo que no podemos ignorar cuando nos consultan por un niño. Pero Arminda responde que hay que tener cuidado con intervenir en términos de realidad, porque, lo más probable, es que los padres se sientan acusados, e interrumpan el tratamiento. El tema aquí no sólo es “técnico”, también es conceptual.

Lamentablemente Arminda Aberastury lo redujo a consignas “técnicas”, para “desculpabilizarlos”. En la entrevista inicial con los padres, hay que hacer todo lo posible por “desculpabilizarlos”. Aunque coloca al niño en un lugar muy difícil, la idea no deja de ser interesante: será el niño quien modifique la estructura familiar a través de su análisis. Y aunque sea muy chiquito, terminará abandonando la cama de los padres, o poniéndole límites al padre pegador, o a la madre asfixiante. Porque “no sabemos cuánto está implicado el chico”. El dispositivo analítico de Aberastury le da al niño la oportunidad de abandonar el goce de su/s síntoma/s. Los padres pueden modificar sus conductas, pero el niño seguirá instalado en su goce. Por eso la idea de los padres “afuera”, es altamente sutil, en tanto no esté desentrañado el goce del niño, de nada sirve que estén incluídos en el tratamiento. Sutil, la idea de darle al niño la posibilidad de modificar aquello de lo que se queja, es decir de lo que goza. Sutil, y similar a la lectura que hace Lacan del caso Dora, al destacar la inversión dialéctica operada por Freud –qué tienes que ver tú con esto de lo que te quejas-

La dificultad está en que AA, mientras analizaba niños, seguía creyendo en la “culpa” de los padres. Y entonces inventó los famosos grupos de madres (y de padres, aunque con estos no tuvo mucho éxito). Allí interpretaba la ambivalencia y la envidia de las madres hacia sus propias madres y sus consecuencias sobre la crianza de sus propios hijos. La “culpa” de La madre, está presente en los grupos de madres, y manifiestamente ausente cuando trabaja con los niños.

La idea de que el niño recree, resignifique, reivente, y modifique a sus padres vía análisis condujo a que el análisis de un niño a veces durara diez años. Necesariamente el analista “adopta” al niño, y este pasa a formar parte de su ser analista-de-niños. Esta construcción, en apariencia tan banal, “analista-de-niños”, dice nada más y nada menos, que al analista de niños estos le hacen falta. En el caso de Melanie Klein, salvo en lo que concierne a sus propios hijos, no hay indicios de que los análisis hayan durado tanto tiempo.

Sucedió a fines de los 50’, en el Hospital de Niños. Allí Arminda Aberastury se encontró con “casos que se pueden resolver en pocas entrevistas, la experiencia lo muestra”. ¿Qué experiencia? La experiencia del hospital. Cuando empieza a hacer supervisiones y grupos de madres en el servicio de pediatría de Florencio Escardó, observó que muchos niños superaban rápidamente los problemas que motivaron la consulta. Pero se trataba de niños pobres. En cambio, “el análisis es un derecho del niño y, los padres, si están en condiciones de pagarlo, tienen la obligación de hacerlo”. Pero en el hospital, ya sea con sesiones de una vez por semana, ya sea a través de los grupos de madres, ya sea a través de directivas, ya sea a través de los grupos terapéuticos de niños, muchos niños “sorprendentemente”, salían adelante. ¿Cómo seguir entonces sosteniendo que un análisis prolongado era la única solución? Todo indica que Arminda Aberastury no pudo enfrentar esta enorme contra-dicción, y siguió pensando que el análisis era necesario...cuando los padres podían pagarlo. Este fue uno de los grandes dramas del psicoanálisis-de-niños en la Argentina, las familias que podían, “debían” pagar el análisis de sus niños. Sin suficientes argumentos, ni conceptuales ni clínicos, que justificaran tratamientos tan largos, el análisis de niños bajo la influencia de Arminda Aberastury, como parte de los usos y costumbres, fue una forma de esclavitud más que una liberación.

Lo que no nos exime hoy de estudiar críticamente su obra, recordándola y elaborándola para no repetirla, una obra en la que encontraremos que habita la letra y el espíritu de una auténtica pionera.

 

Silvia Fendrik

 

www.topia.com.ar

 

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