Para satisfacer las expectativas de sus padres y conseguir su afecto, muchos niños se ven impelidos a realizaresfuerzos desmesurados. Adoptan entonces el papel que los demás quieren que desempeñen, pero no sepermiten expresar sus sentimientos: han perdido su identidad, es decir, toda relación con su verdadero «yo», y en consecuencia sólo pueden manifestar Sus sentimientos

 reprimidos mediante depresiones ocomportamientos compulsivos. Reconocer hasta qué punto uno ha negado sus necesidades afectivas y sussentimientos más intensos (ira, angustia, miedo, dolor...) ..es nuestro primer paso para recuperar la identidad..debemos ser consciente de ello, reconocer lo que somos y no somos, y trabajar, sanando, sólo se posibilita siendo consciente

DEL LIBRO DE ALICE MILLER; " El niño dotado"

 

La experiencia nos enseña que, en la lucha contra las enfermedades psíquicas, únicamentedisponemos, a la larga, de una sola arma: encontrar emocionalmente la verdad de la historia única ysingular de nuestra infancia. ¿Podremos liberarnos algún día totalmente de ilusiones? Toda vida estállena de ellas, sin duda porque la verdad resultaría, a menudo, intolerable. Y, no obstante, la verdad noses tan imprescindible que pagamos su pérdida con penosas enfermedades. De ahí que, a través de unlargo proceso, intentemos descubrir nuestra verdad personal que, antes de obsequiarnos con un nuevoespacio de libertad, siempre nos hace daño, a no ser que nos conformemos con un conocimientointelectual. Aunque en ese caso seguiríamos aferrándonos al ámbito de la ilusión. No podemos cambiar en absoluto nuestro pasado ni anular los daños que nos hicieron en nuestrainfancia. Pero
nosotros
sí podemos cambiar, «repararnos», recuperar nuestra identidad perdida. Y podemos hacerlo en la medida en que decidamos observar más de cerca el saber almacenado en nuestrocuerpo sobre lo ocurrido en el pasado y aproximarlo a nuestra conciencia. Esta vía es, sin duda,incómoda, pero es la única que nos ofrece la posibilidad de abandonar por fin la cárcel invisible, y sinembargo tan cruel, de la infancia, y dejar de ser víctimas inconscientes del pasado para convertirnos enseres responsables que conozcan su historia y vivan
con
ella.La mayoría de la gente hace justo lo contrario. No quieren saber nada de su propia historia, y, porconsiguiente, tampoco saben que, en el fondo, se hallan constantemente determinados por ella, porquesiguen viviendo en una situación infantil no resuelta y reprimida. No saben que temen y evitan peligrosque en algún momento fueron reales, pero dejaron de existir hace tiempo. Son personas que actúanimpulsadas tanto por recuerdos inconscientes como por sentimientos y necesidades reprimidas que, amenudo y mientras permanezcan inconscientes e inexplicadas, determinarán de forma pervertida casitodo lo que hagan o dejen de hacer.La represión de los brutales abusos y malos tratos padecidos en otros tiempos induce, porejemplo, a mucha gente a destruir la vida de otros y también la propia, a incendiar casas de ciudadanosextranjeros, a vengarse e incluso a calificar todo esto de «patriotismo» a fin de ocultarse la verdad a símismos y no sentir la desesperación del niño maltratado. Otros prolongan de formaactiva las torturas que alguna vez les infligieron; por ejemplo, en clubes de flagelantes, en ritualesde tortura de todo tipo, en el ambiente sadomasoquista, y designan todo esto como liberación. Haymujeres que se hacen perforar los pezones para colgarse aros, se dejan fotografiar así en periódicos ycuentan con orgullo que no sienten dolor alguno al hacerlo, y que incluso les resulta divertido. Nohemos de dudar de la
sinceridad de tales afirmaciones, pues estas mujeres debieron de aprender muy pronto a no sentir ningún dolor. ¿Y qué no harían hoy para no sentir el dolor de la niña que fue víctimade los abusos sexuales del padre y tuvo que imaginarse que así le estaba dando placer? Una mujer quehaya sufrido abusos sexuales en su infancia, que reniegue de esa realidad infantil y haya aprendido a nosentir dolor, huirá continuamente de lo ya ocurrido recurriendo a los hombres, al alcohol, las drogas o auna actividad compulsiva. Necesita siempre el «pinchazo» para no dejar aflorar el «aburrimiento» ni dar paso al sosiego en el que sentiría la sofocante soledad de la
 realidad de su infancia, pues teme estesentimiento más que a la propia muerte, a no ser que haya tenido la suerte de saber que revivir y tomarconciencia de los sentimientos infantiles no mata, sino libera. Lo que, en cambio, sí mata a menudo es elrechazo de los sentimientos, cuya vivencia consciente podría revelarnos la verdad.La represión del sufrimiento infantil no sólo determina la vida del individuo, sino también lostabúes de la sociedad

 

 

[Texto extraidoy reformulado a partir de los libros: "El Drama del Niño Dotado" (Alice Miller) y "La Familia Narcisista" (Stephanie Donaldson-Pressman y Robert M. Pressma 

 

En esta situación, el de la familia narcisista, la persona-niño no ha satisfecho sus necesidades emocionales, porque sus padres no están focalizados en satisfacerlas. En lugar de eso, sus padres narcisistas le presentan un espejo que refleja sus propias necesidades, y esperan que su hijo reaccione a éstas, sintiéndose en consecuencia defectuoso, equivocado o digno de ser culpado.



En este caso, cuando la persona se cría incapaz de confiar en la estabilidad, la seguridad, la igualdad en el mundo propio, entonces se cría desconfiando de sus propios sentimientos, percepciones y valor.

Cuando uno se cría como un ser reactivo-reflectivo, uno no ha aprendido las habilidades necesarias para llevar una vida satisfactoria; existe una necesidad crónica de gustar, una incapacidad para identificar sentimientos, necesidades, deseos y una necesidad de validación constante. Este grupo de personas tienen muchas dificultades para ser asertivos y privadamente sienten una especie de rabia penetrante, la cual tienen miedo que saliera a la superficie. Se sienten, por lo general, muy enojados, pero muy fácil de derrotar. Sus relaciones interpersonales se caracterizan por falta de confianza y sospecha al borde de la paranoia, intercambiados -a veces- con episodios desastrosos de una apertura y confianza total y falta de juicio. Se sienten crónicamente insatisfechos, pero estaban llenos de miedos de ser percibidos como caprichosos o quejumbrosos, si expresaban sus verdaderos sentimientos.


Muchos de ellos pueden retener su rabia por períodos extremadamente largos, pero luego explotan en asuntos relativamente insignificantes. Tienen un sentimiento de vacío e insatisfacción en cuanto a lo que lograban.


Y no es necesario que su caso sea el de una familia narcisista abierta, esto es, no es necesario que exista un abuso abierto u obvio: problemas de droga, abuso de alcohol, incesto, y comportamientos agresivos de todo tipo. La familia, en realidad, puede parecer que funciona bastante bien, el problema es que –como en la mayoría de los casos- las disfunciones son mucho más sutiles, ya que se espera que los hijos satisfagan las necesidades de los padres.


Pero, en la búsqueda de superar los traumas, no podemos cambiar en lo absoluto nuestro pasado, ni anular los daños que nos hicieron en nuestra infancia. Sin embargo, nosotros sí podemos cambiar, “repararnos", recuperar nuestra identidad perdida. Y podemos hacerlo en la medida que podamos observar más de cerca el saber almacenado en nuestro cuerpo sobre lo ocurrido en el pasado y aproximarlo a nuestra conciencia. Esta vía es, sin duda, incómoda, pero es la única que nos ofrece la posibilidad de abandonar por fin la cárcel invisible, y sin embargo tan cruel, de la infancia, y dejar de ser víctimas inconscientes del pasado para convertirnos en seres responsables que conozcan su historia y vivan con ella.

La mayoría de la gente hace justo lo contrario. No quieren saber nada de su propia historia, y, por consiguiente, tampoco saben que, en el fondo, se hayan constantemente determinados por ella, porque siguen viviendo en una situación infantil no resuelta y reprimida. No saben que temen y evitan peligros que en algún momento fueron reales, pero dejaron de existir hace tiempo. Son personas que actúan impulsadas tanto por recuerdos inconscientes como por sentimientos y necesidades reprimidas que, a menudo y mientras permanezcan inconscientes e inexplicadas, determinarán de forma pervertida casi todo lo que hagan o dejen de hacer.

A lo largo de toda la vida posterior de esta persona, estos sentimientos podrán resurgir como una reclamación al pasado pero sin que el contexto original resulte comprensible. Descifrar su sentido sólo es posible cuando se logra la unión de la situación originaria con los intensos sentimientos revividos en el presente.

Si una persona ha debido ocultar, reprimir o postergar sus necesidades, para adaptarse a la de los padres, entonces esas necesidades se agitarán en las profundidades de su inconsciente y exigirán ser satisfechas siendo adulto, mediante irracionales sensaciones de abandono, dolor y desesperación.

La experiencia de la propia verdad y su conocimiento postambivalente posibilitan en una fase adulta el retorno al propio mundo afectivo… sin paraíso, pero con la capacidad de sentir el duelo, que nos devuelve nuestra vitalidad y nos protege.

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