La cancion del ALMA...

Cuando una mujer de cierta tribu de África sabe que está embarazada, se interna en la selva con otras mujeres y juntas rezan y meditan hasta que aparece la canción del niño. Saben que cada alma tiene su propia vibración que expresa su particularidad, unicidad y propósito.

Las mujeres entonan la canción y la cantan en voz alta. Luego retornan a la tribu y se la enseñan a todos los demás.

Cuando nace el niño, la comunidad se junta y le cantan su canción. Luego, cuando el niño comienza su educación, el pueblo se junta y le canta su canción. Cuando se inicia como adulto, la gente se junta nuevamente y canta. Cuando llega el momento de su casamiento, la persona escucha su canción.

Finalmente, cuando el alma va a irse de este mundo, la familia y amigos se acercan a su cama e igual que para su nacimiento, le cantan su canción para acompañarlo en la transición. En esta tribu de África hay otra ocasión en la cual los pobladores cantan la canción. Si en algún momento durante su vida la persona comete un crimen o un acto social aberrante, se lo lleva al centro del poblado y la gente de la comunidad forma un círculo a su alrededor. Entonces le cantan su canción.

La tribu reconoce que la corrección para las conductas antisociales no es el castigo; es el amor y el recuerdo de su verdadera identidad. Cuando reconocemos nuestra propia canción ya no tenemos deseos ni necesidad de hacer nada que pudiera dañar a otros. Tus amigos conocen tu canción y te la cantan cuando la olvidaste. Aquellos que te aman no pueden ser engañados por los errores que cometes o las oscuras imágenes que muestras a los demás.

 

Ellos recuerdan tu belleza cuando te sientes feo; tu totalidad cuando estás quebrado; tu inocencia cuando te sientes culpable y tu propósito cuando estás confundido. No necesito una garantía firmada para saber que la sangre de mis venas es de la tierra y sopla mi alma como el viento, refresca mi corazón como la lluvia y limpia mi mente como el humo del fuego sagrado.

myriamfigueroa.com

 

EL PARTO ENTRE LOS PUEBLOS PRIMITIVOS

EL deseo de tener una niña o un varón en los pueblos primitivos implica el intento, por medios puramente mágicos, de "producir" el sexo deseado o simplemente averiguarlo. Los indios cunas, por ejemplo, tribu con la que he convivido muchos años durante mi estancia en América, tienen la costumbre de que cuando la madre desea una niña se dirige al inatuledi (chamán menor o el hombre que da medicinas) y le expresa su deseo. Este busca en la selva una planta cuya flor tiene un gran parecido con unos genitales femeninos. De esta flor tomará la gestante unas infusiones periódicas durante el embarazo para conseguir su deseo. Si por el contrario prefiere un varón, el inatuledi le administrara infusiones de otra flor parecida al Anturium que tiene un cierto parecido morfológico con los genitales masculinos. Si no sale lo que quería, siempre habrá una explicación lógica como que hubo intervención diabólica y por eso no salió a medida de sus deseos, o no tomó las medicinas como le dijo el inatuledi, etcétera.

 

Otros pueblos primitivos realizan ceremonias diversas para determinar o predeterminar el sexo. Los chinos diagnostican el sexo por medio de una fórmula matemática. Multiplican 7x7 lo que da 49. A esta cifra se le resta el número de años que tiene la madre, se suma 19 al total más el número del mes en que ha sido concebido el niño. Si el resultado es impar, el niño será varón y si es par, será una niña. También acostumbran los médicos chinos a tomar el pulso con tres dedos sobre tres puntos diferentes de la muñeca: tsuen, tchen y kovan. Según sea el latido, diagnostican niño, niña o mellizos.

 

Signos del embarazo. Siempre entre los pueblos primitivos se ha observado con mucho cuidado signos tales como : malestar estomacal, suspensión de las reglas, aparición de efélides, paño prieto o negro en la cara, cefaleas, vómitos, gusto por los ácidos y naturalmente el aumento de volumen del vientre. Entre los romanos ya existía la costumbre de medir con una cinta el cuello de la recién casada. Así determinaban la virginidad, la pérdida de ésta y el embarazo. La hinchazón del tiroides y de los pechos se han considerado como signos de desfloración.

 

Higiene del embarazo. Casi todos los pueblos primitivos hacen trabajar a las mujeres hasta el momento del parto, considerando que así será más fácil éste. Muchos pueblos utilizan el vendaje del vientre durante la gestación. En la India los baños repetidos de la gestante son obligados. En Japón se prohibían los baños calientes. En China se recomendaban los baños fríos y de mar como tónicos. En los tiempos medievales, en diversos lugares de Europa era costumbre que la mujer que quería quedar encinta se introdujese en el mar y recibiera el golpe de las olas hasta siete veces si era posible en noche de luna llena. Esta costumbre aún perdura en algunos de nuestros pueblos.

 

Según el país o la tribu, hay muy diversas prohibiciones alimentarias. Entre los indios cunas, la mujer gestante no puede ver sangre, ni matar animales, o comer peces resbalosos, viscosos, ya que todas estas cosas podrían provocar el parto antes de tiempo. Es evidente el fondo siempre mágico del pensamiento primitivo de que lo semejante produce lo semejante.

 

En cuanto a las relaciones conyugales durante el embarazo, varía mucho también según la cultura. Los cánones de Irlanda prescribían a los maridos alejarse de sus esposas los domingos, miércoles y viernes durante el embarazo, y 36 días después del parto, si era un varón, o 46 si había sido una niña. Se creía que si había contacto sexual los domingos podría nacer un monstruo o un leproso. Se pensaba también que la presión sobre el abdomen de la mujer podría producir un aborto.

 

En algunos países como Loango, la gestación de la mujer despierta los celos del marido, quien para asegurarse la fidelidad de ella, la somete a una prueba ordálica, consistente en hacer tomar a un esclavo o familiar el veneno de prueba (bonda). Si muere envenenado, la mujer es considerada adúltera y se la condena a la hoguera y el supuesto adúltero es enterrado vivo. El hechicero, que es quien prepara el veneno, es también quien decide sobre la vida o la muerte de la mujer.

 

La mayoría de los pueblos primitivos conocen y utilizan, cuando lo consideran necesario, plantas de efecto abortivo, así como otras que producen la esterilidad temporal. La limitación de la natalidad se ha practicado casi sistemáticamente desde remotos tiempos en muchas culturas, bien por métodos anticonceptivos, bien por el aborto o el infanticidio. Emenagogos y purgantes no faltan en ninguna farmacopea primitiva. En cambio, otros muchos pueblos ven la fertilidad como una bendición.

 

El parto. El parto entre las mujeres de tribus primitivas suele ser fácil y rápido, aunque naturalmente, puede haber distocias, partos difíciles, muertes por parto y toda clase de complicaciones, pero dadas las circunstancias, esto sucede con mucha menor frecuencia que entre las civilizadas. Es muy frecuente que la mujer india de a luz en solitario, a la orilla del río, y suba la cuesta con el crío bajo el brazo y la placenta en el otro, reanudando sus labores caseras como si nada hubiera ocurrido.

 

Probablemente la vida activa que llevan, el ejercicio no interrumpido que practican constantemente favorece y acorta el período de expulsión. Es sabido que los partos entre los grupos civilizados en el medio rural son más fáciles por lo general que en las ciudades.

 

Hay muchas diferencias según las culturas. Aunque muchas dan a luz solas, es más frecuente que sean atendidas por parteras, viejas expertas en estas lides, abuelas o vecinas acuciosas que ayudan al parto. En la antigua Grecia existían las maiai, iatromaiai y omfalotómi o cortadoras de ombligo. En la Biblia ya se habla de matronas. Entre los indios cuna, el parto es atendido por una mu o por varias (mugana en plural) que significa abuela y es sinónimo de útero. A los hombres, como en muchos otros pueblos, les está prohibido presenciar el parto. En cambio en otras culturas, como entre los antiguos egipcios, eran cirujanos varones los encargados de atender los partos.

 

La partera en el medio primitivo se limita a simples manipulaciones externas unas veces (masajes, frotaciones con hierbas húmedas, presiones sobre el abdomen, cantos apropiados al momento con objeto de tranquilizar a la madre), y otras veces llegan a introducir la mano hasta el útero para realizar la extracción de la placenta o el propio feto. Las maniobras que hoy llamamos de Credé o de Braxton-Hicks, ya eran conocidas por muchos pueblos primitivos que desde tiempo inmemorial han realizado la expresión del útero aplicando la vis a tergo en el fondo del mismo.

 

La propia partera o una ayudante recibe al niño, fricciona o lava su cuerpo, limpia su cavidad bucal de posibles flemas. Las zulús de Sudáfrica dan una botella (antiguamente una vejiga o caña cerrada por un extremo) para que la parturienta sople en ella y haga fuerzas con el diafragma para la expulsión del feto o placenta.

 

Es muy común entre los primitivos que se utilice una banda o venda, cinturón de cuero o cuerda para comprimir la parte superior del abdomen y apretar el fondo del útero. En algunos pueblos como en el norte de Finlandia o los indios mexicanos, sacuden a la mujer para que salga el niño. Es muy frecuente la administración de infusiones de plantas para calmar los dolores, así como fricciones con sustancias oleaginosas sobre el abdomen.

 

Muchos pueblos acostumbran a aislar a la mujer durante el parto, apartándola de la vista de los niños y de los hombres. Los indios cuna fabrican un recinto (surba) de hojas de platanillo dentro de la casa, en un rincón, dentro del cual se realiza el parto en una hamaca. En cambio, en las Islas Sandwich, en Oceanía, el parto es un espectáculo público como en la India entre los musulmanes o en las Islas Andamán, donde familiares y amigos llenan la habitación para presenciar el parto y animar con sus gritos y sus cantos a la paciente. En Nueva Caledonia hay una casa de partos, donde sólo las mujeres pueden penetras. Los comanches también aíslan a la mujer parturienta, pero en un recinto que construyen detrás de la casa, colocando tres postes delante de él para que se pasee entre ellos antes del parto.

 

Es muy frecuente que se cave un hoyo debajo de la hamaca de la mujer para recoger en él las secreciones, la orina y enterrar la placenta. Entre los kalmucos, la mujer en trance de parir permanece en la casa con una o varias parteras, mientras familiares y amigos esperan fuera de la vivienda, en el exterior. Cuando la cabeza del niño asoma y distiende el periné, una de las parteras avisa a los de fuera que comienzan a disparar sus armas de fuego esperando que el estrépito asuste a la mujer y le ayude a parir.

 

Los comanches tenían una técnica más salvaje para asustar a la parturienta. Un guerrero, revestido de todas sus armas, lanzaba su caballo al galope sobre ella y se detenía en el último instante cuando quedaban apenas unos palmos para que la aplastase el caballo. Esto, según ellos, producía la rápida expulsión del niño.

 

En la Isla de Jap, introducían en el cuello del útero hojas enrolladas de una planta que como los tallos de laminaria dilataban éste. Los indios crow administran agua o infusiones en cantidad para aumentar la presión intraabdominal. SUSRUTA aconsejaba beber grandes cantidades de sopa de arroz agrio.

 

En Méjico es costumbre dar de comer a la parturienta medio kilo de habas frescas, crudas, en la creencia de que se hincharán en el vientre y aumentarán la presión abdominal.

 

Entre algunos pueblos se recomendaba a la mujer en trance de parto gritar muy fuerte para ayudar a la expulsión, mientras otros pueblos, como las cunas, consideran una vergüenza que la mujer grite en el momento del parto, y evitarlo le administran, durante los meses de gestación, corazón de iguana. La iguana tiene la particularidad de que no emite un solo grito aunque reciba varios balazos, cualidad que admiran y que esperan que pase mágicamente a la mujer que coma el corazón de este reptil, porque es en el corazón donde radica, según ellos, esta cualidad.

 

En Argelia, para provocar las contracciones uterinas queman bajo la nariz de la parturienta pelo de la región occipital de un león, y el olor es tan nauseabundo que la mujer siente náuseas que contraen el diafragma en repetidos movimientos. También echan en la lumbre excrementos de camello.

 

La postura durante el parto.

 



Mexico

Siam

Ohio, USA

Perú

Indios Pawness, USA

Irán

Nilo Blanco

 

De rodillas paren en Kamtchatka, en Mongolia, en Abisinia, las zulúes de Sudáfrica, muchos indios de Méjico y Norteamérica (kiowas, delawares, piedsnoirs), en Nueva Caledonia. Usaron esta postura los romanos, los árabes y en la Alemania medieval.

 

De pie paren las mujeres en Filipinas, en la India, en muchas tribus del Oriente africano, las hotentotes, las iroquesas, entre los negritos filipinos la parturienta se coloca de pie, aunque inclinada un poco hacia delante, pero sosteniendo el abdomen sobre un rollo o tallo de bambú. Las mujeres somalíes paren también de pie, suspendiéndose en parte con una cuerda hasta la expulsión del feto. En Darfour, en el Nilo, las mujeres paren de pie con las piernas separadas y suspendiéndose de una cuerda.

 

En cuclillas parían las mujeres en el Antiguo Egipto, entre los Aztecas, algunos pueblos del Este africano, indios norteamericanos, Guatemala.

 

En las Islas Andamán paren sentadas sobre las rodillas del marido. En las Islas Sándwich, sobre las rodillas de un ayudante que no ha de ser necesariamente el marido. En el Génesis(xxx,3) se dice que las mujeres hebreas parían sobre las rodillas de un ayudante.

 

Los indios shawnees, ottawas, sénecas y otros grupos norteamericanos se apoyan sobre las rodillas de una partera que se sienta a sus espaldas, mientras otras dos le dan masajes en el abdomen y presionan sobre el útero. Todo esto sucede en el centro de una habitación que se llena de familiares y amigos que gritan, golpean tambores y arman un escándalo fenomenal. El calor y la aglomeración hacen la atmósfera irrespirable.

 

En algunos grupos abisinios las mujeres paren sentadas sobre una piedra y apoyándose contra un árbol. En Somalia, a veces, se suspenden de una cuerda. En el Antiguo Perú quedaban semiacostadas sobre las rodillas de una ayudante como ocurre entre algunas tribus de la India. Entre los Hindúes fue tradicional parir sostenidas de pie por debajo de los brazos de un ayudante y la matrona sentada delante. Las siamesas parían en decúbito dorsal y a veces suspendidas de un lazo que se pasaba por debajo de los brazos.

 

En Malabar las mujeres paren sentadas sobre un cojín o sobre un taburete. Las mujeres persas se apoyan sobre dos filas de tres ladrillos, semiagachadas y con las piernas separadas, cosa que también hacen las indias zuñi de Nuevo Méjico.

 

Rhazes, Hipócrates, Galeno, Pablo Aegineta y otros autores de la antigüedad recomendaban parir a cuatro patas.

 

En África, a veces las mujeres se colocaban semiacostadas sentadas en tierra sobre una piedra, inclinando el cuerpo atrás apoyándose contra un árbol , posición casi de decúbito dorsal.

 

Metzer afirma que la posición sentada sobre las rodillas de un ayudante o del marido es el antecedente de la silla obstétrica. Cuenta este autor que en cierta ocasión encontró en un pueblecito apartado una silla construida por un carpintero que ignoraba la existencia de la silla obstétrica. Parece que un buen día, cuando su mujer estaba a punto de parir, la hizo sentarse sobre sus rodillas y quedó ésta tan a gusto en esta posición que el carpintero se hizo célebre en el pueblo y sus alrededores y a partir de entonces todas las mujeres querían parir sobre sus rodillas. Pero el carpintero empezó a cansarse de hacer de "silla" a tantas mujeres y tuvo la idea de construir una sobre la que las mujeres pudieran sentarse como si lo hicieran sobre sus rodillas, y así inventó por su cuenta la silla obstétrica.

 

En Holanda había hombres dedicados a hacer de "sillas" para las parturientas. Recibieron el nombre de "shootsteers". Este oficio se generalizó en toda el área anglosajona, extendiéndose a los Estados Unidos. A veces se combinaban hombre y silla.

 

En algunas culturas se buscaba para hombres-silla a los jóvenes varones más fuertes. En cambio, los japoneses exigen que el médico-partero sea de avanzada edad.

 

La silla obstétrica reemplazó al hombre-silla e inauguró una época en el arte del parto. Se han construido infinidad de modelos. A su vez, la silla sería sustituida por la posición acostada en cama moderna o semiacostada.

 

La primera mención de la silla obstétrica tiene lugar en el siglo XI y se debe a Moschion. Otros consideran que es más antiguo el grupo votivo del templo de Golgoi y el pasaje del Éxodo I, 15-16. En realidad, en el Éxodo se habla de las parteras hebreas que dicen que las mujeres hebreas eran muy fuertes y parían antes de que llegasen ellas.

 

Hipócrates y Sorano aconsejaban a las mujeres griegas el uso de las sillas. En Palestina aún es hoy día una institución la silla obstétrica. Hay muy pocos pueblos primitivos que adopten la postura horizontal como ya indicamos.

 

Hay algunos pueblos con costumbres más peculiares como los birmanos, por ejemplo. Cuando la mujer entra en labor, la dejan completamente desnuda y la obligan a correr alrededor de la habitación mientras un grupo de mujeres le golpean el abdomen con almohadas. Cuando queda agotada por el esfuerzo, se tiende, pero las presiones sobre el abdomen continúan y una de las parteras se sube sobre ella y le comprime el abdomen con los pies. En Astrakán hacen algo parecido y sólo cuando el parto es inminente dejan acostarse a la mujer.

 

Otra curiosa costumbre en relación con el parto tiene lugar en Siria, donde para celebrar la salida de la criatura "mantean" a la parturienta. Cuatro hombres fornidos cogen por las puntas una fuerte manta y la mujer sobre ésta sube y baja alternativamente hasta que el niño está ya casi asomando por los genitales de la vapuleada madre.

 

Lo cierto es que cada forma de parir y cada postura adoptada tiene sus ventajas y el hecho de que se mantengan estas costumbres durante milenios lo demuestra.

 

También ocurre que en muchas culturas la mujer adopta la posición que quiere o su instinto le dicta, cambiando de postura con frecuencia, lo que sin duda tiene un efecto acelerador sobre el parto. Y es muy frecuente que se ayuden con una cuerda que cuelga sobre su cabeza desde el techo de la casa o amarrándose a un palo. Así al cambiar la dirección del eje del cuerpo se favorece la expulsión.

 

Técnicas auxiliares entre los primitivos. Los masajes y la expresión del abdomen son los más difundidos y utilizados. La partera se coloca detrás, pasa los brazos sobre el abdomen y aprieta hacia abajo. Esto puede combinarse con la aplicación de una banda o correa o cinturón de cuero. Los kutenais conocen y utilizan la técnica de extracción manual de la placenta como también los papagos. Los masajes pueden ser suaves o con fuerte presión, con la mano seca, o ayudándose con sustancias oleaginosas o aplicando hierbas humedecidas con agua.

 

El uso de laxantes y vomitivos es muy común para acelerar el parto o la expulsión de la placenta. En algunas culturas acostumbra la partera a tirar del cordón umbilical, peligrosa maniobra que no pocas veces rompe el cordón y hace retener la placenta, con grave riesgo para la vida de la madre. Los birmanos dan masajes con los pies sobre el abdomen para provocar la contracción del útero y la expulsión placentaria. En México se administran vomitivos para estimular las contracciones diafragmáticas y en Somalia, laxantes.

 

En las Islas Sándwich no cortan el cordón umbilical después del parto sino cuando ya ha salido la placenta. Para acelerar su salida, la propia parturienta se introduce los dedos en la garganta para provocar las náuseas y con ellas las contracciones del diafragma. En algunas tribus mexicanas dan a beber a la mujer agua de jabón, lo que le provoca vómitos y náuseas. Los indios gros-ventre administran polvos estornutatorios. A veces se ha recurrido al baño de vapor.

 

Algunos pueblos hacen una sola ligadura del cordón, mientras otros hacen dos y cortan entre ambas. El corte se hace con una caña de bambú afilada, con una astilla, un cuchillo, unas viejas tijeras oxidadas generalmente, una concha marina y en algunos casos, como los klamaths, machacan el cordón con una piedra.

 

En cuanto a la placenta, lo más frecuente es enterrarla. En el Japón la introducen en una cajita especial y se entierra ésta. Los indios chocóes la entierran cerca de la vivienda y he visto como plantan sobre ella un esqueje de árbol. Cuando les preguntaba sobre el significado de ésta ceremonia me decían: "Este arbolito crecerá a la par que el niño. Cuando éste sea grande le diremos: Este es tu árbol, cuídale".

 

En Brasil se comen la placenta como si fuera el más delicado pastel, invitando a los familiares y amigos a los que toca una pequeña parte. Igual hacen los yakutos de Siberia. Los negritos filipinos colocan ladrillos o piedras calientes sobre el abdomen para hacer expulsar la placenta. Los creeks usan un palo para realizar la expresión del abdomen y los negritos filipinos, una vara de bambú.

 

La sucusión se ha utilizado en la India, en Estonia y en Siria. Se levanta a la mujer en alto y se la deja caer, cosa que tiene que hacer un hombre robusto. En la India la colgaban por los pies imprimiéndole sacudidas. Ya vimos como en Siria se las manteaba.

 

En el siglo XIX, Wigand, aplicando una técnica hipocrática, "redescubrió" que las presiones externas pueden presentar presentaciones viciosas y comunicó sus ideas a las Academias de Berlín y París. No será hasta 1859 cuando se traduce su obra, idea que Stoltz y Cazeaux defienden, siguiéndoles Wright en Cincinnati y Braxton Hicks. En 1860, Credé será el abogado del parto por expresión, tratando de imitar a la naturaleza lo mejor posible, forzando al niño a descender por una vis a tergo sin tocar para nada las partes genitales de la madre.

 

Post- parto. En pueblos como Tailandia se acostumbra a exponer a la recién parida a la acción del calor de una hoguera durante 30 días, de día y de noche, volviéndose el cuerpo de vez en cuando para "tostarse" por ambas partes por igual. Los anamitas llaman a esta técnica nam-bep (acostarse sobre el fuego) y la prolongan hasta 40 días. Su creencia es que así se purifican por el fuego. El vendaje abdominal lo han usado muchos pueblos, entre ellos los indios sioux, los comanches y otros.

 

La mujer parida es considerada impura por tiempos que oscilan entre 8 días y 40 días. Por ello es sometida entre algunas etnias a baños, a fumigaciones, aislamientos, dietas especiales. Otras culturas no se preocupan demasiado por esta "impureza" y la mujer reanuda sus labores caseras casi inmediatamente después de dar a luz.

 

Medicamentos se administran a la recién parida en muchos pueblos como en el sur de la India, donde beben infusiones de azafrán. En Tailandia simplemente agua caliente para evitar la deshidratación del calor a que son sometidas, y para aumentar la secreción láctea.

 

En cuanto al recién nacido, los tratan a veces con pocas contemplaciones y algunos pueblos para hacerlos fuertes los lanzan al agua fría del río. Otros los "chomban", es decir, los sujetan con paños y vendas tan fuertemente que no los dejan mover ni piernas ni brazos, que quedan ocultos bajo los tejidos, dejando sólo a la vista el rostro para que pueda mamar echándose la madre sobre él, como hacían los antiguos peruanos. Le cambian cuando se ensucia para volverle a sujetar fuertemente.

 

Los antiguos peruanos además los ataban a una especie de cuna hecha de palos, apretándoles la cabeza con un apero deformador que acababa por darle una forma al cráneo que ellos consideraban una belleza. La deformación craneal ha sido muy difundida entre muchos pueblos primitivos, y los aparatos utilizados para comprimir la cabeza y moldearla a su gusto han sido de lo más variado.

 

El baño suele ser la regla y el niño, especialmente en países tropicales, es bañado varias veces al día. En Siria y en la India se le dan masajes con sustancias oleaginosas o perfumes después del baño.

 

Unos pueblos ponen al niño al pecho enseguida después del parto, otros esperan dos o tres días a que tenga lugar la "subida de la leche" y mientras tanto le dan a beber aguamiel, agua de arroz o simplemente agua. En Luango le dan a beber una chicha de maíz durante tres días y luego le ponen al pecho.

 

El período de lactancia es variable, pero entre los primitivos suele ser prolongado hasta que otro nuevo embarazo tenga lugar. Yo he visto mamar entre los indios cunas a niños de cuatro o cinco años y alternar el pecho con chupaditas al cigarrillo que fumaba la madre. Dos años suele ser, sin embargo, el período más común de lactancia, variando el destete de unos a otros pueblos.

 

Los cosacos destetan a los niños con vino, costumbre que no nos es extraña en Europa, pues tanto en España como en Portugal y Francia o Italia, hemos visto comenzar el destete administrando miga de pan empapada en vino. Los masais destetan con manteca fresca, los kikuyos con bananas machacadas. En Centroamérica he visto con frecuencia realizar el destete con chichas de maíz, arroz, avenas o mazamorras de éstas.

 

Los nacimientos múltiples son aceptados generalmente de mala gana por las diversas culturas y así algunos no se resignan. Los hotentotes hacen una gran fiesta cuando nacen mellizos varones, pero si nacen dos niñas, a la más débil la entierran viva. En Calabar, si nacen mellizos se considera que son monstruos y se les deja expuestos a las hormigas que pronto dan cuenta de ellos. Entre los arunta de Australia, si tienen mellizos, el propio padre mataba al más débil estrellándole la cabeza contra un árbol y luego se le comían entre el padre y la madre, pues no se podía desperdiciar nada de carne que escaseaba en el país. En algunos pueblos africanos , los mellizos indican que hubo adulterio, pues no se imaginan que un solo hombre pueda producir más de un niño.

 

Los indios cuna cohabitaban more bestiarum como muchos otros pueblos primitivos y ellos lo explican gráficamente diciendo que no se debe mirar a la cara de Dios que está en el cielo durante el acto sexual. Otras culturas explican esta posición diciendo que es para que no se malogre el futuro ser por la presión o el peso del cuerpo del padre.

 

La esterilidad de la mujer, única reconocida por la mayoría de los pueblos primitivos, es muy mal vista. Los árabes de Argelia pretenden curarla dando a beber a la mujer orina de cordero mezclada con agua, a la que añaden cerumen del conducto auditivo y un purgante. Al mismo tiempo fumigan a la mujer con plantas aromáticas y le cuelgan un amuleto al cuello.

 

La operación cesárea ha sido conocida por algunos pueblos primitivos. Felkin, que ejerció como médico en África central, cuenta que en cierta ocasión uno de sus ayudantes negros le preguntó si quería ver cómo sacaban a un niño que no podía nacer, abriendo el vientre de la madre. Felkin, precedido por su ayudante, llegó a un caserío de nativos donde se escuchaba el ruido de un tam-tam. Entró a gachas dentro de una choza llena de gente, en cuyo centro una mujer gestante era sostenida por otras, mientras un hechicero se disponía a abrirla afilando un gran cuchillo curvo. El Doctor Felkin pidió permiso para examinar a la mujer y un tanto a disgusto se lo dieron, no sin que antes tuviera que repartir diversos abalorios entre los presentes. Pudo comprobar que se trataba de un caso de inercia uterina y que el parto era posible. Envió a su ayudante a buscar su maletín donde tenía unos forceps. Después de esterilizar el material y preparar a la mujer, consiguió hacer salir a una robusta criatura, salvando la vida de la madre que según la costumbre hubiera sido abierta en canal y dejada morir desangrada.

 

En Uganda , el mismo Felkin tuvo la oportunidad de presenciar un caso en el que no se le dejó intervenir sino tan solo mirar. La mujer gestante, desnuda, extendida sobre un lecho al que permanecía atada y emborrachada con vino de bananas. El hechicero se colocó a la izquierda blandiendo un cuchillo en la mano, murmurando unas palabras ininteligibles. Se lavó las manos y el cuchillo con vino de bananas enjuagándolas después con agua y seguidamente, dando un grito agudo, hizo rápidamente una incisión sobre el abdomen desde el ombligo al pubis. De un solo tajo había atravesado pared abdominal y útero. Salió líquido amniótico y sangre. Dos ayudantes cauterizando algunos vasos que sangraban con un hierro al rojo. La mujer totalmente emborrachada no se movió. Rápidamente extrajo al niño, cortó el cordón y lo entregó al ayudante. Luego introdujo la mano dentro del útero, sacó la placenta y los cuágulos, dilató el cuello del útero con dos dedos y dejó a sus ayudantes que introdujeran en el interior las asas intestinales que salían por la herida. Comprimió el útero de manera continua hasta que éste se contrajo de forma que consideró satisfactoria. Puso un taponamiento de hierbas. Luego, sin saturar la pared uterina, aproximó los bordes de la pared abdominal y los fue atravesando con siete agujas de hierro muy finas como si fuesen agujas de acupuntura y fue rodeándolas con un hilo de fibra vegetal que mantuvo aproximados los labios de la herida. Aplicó sobre la sutura una pasta de raíces que masticaban sus ayudantes y tapó todo con una hoja de plátano, atándola al vientre con una banda de mbuga, otra fibra vegetal.

 

Felkin quedó maravillado al observar los días siguientes que la mujer no pasó de 38º C, que su aspecto era bueno y que fue eliminando algunos loquios por la vía normal.

 

Desde el tercer día le fueron quitando las agujas de hierro hasta el séptimo día y a los 11 días la herida estaba cicatrizada y el estado general de la mujer era excelente. Solo tuvo poca leche en los senos y otra vecina tuvo que amamantar al niño.

 

Por último, para diagnosticar si el feto está muerto, los chinos antiguamente decían: "si la cara de la madre esta roja y la lengua verde el niño esta muerto. Si la cara es verde y la lengua roja , el niño esta vivo, pero la madre morirá. Si la cara y la lengua están las dos verdes, morirán el niño y la madre al mismo tiempo".

 

Las ideas sobre el parto y todo lo que le rodea entre los primitivos son tantas como grupos humanos han existido y existen, las variaciones son hasta el infinito. Aquí hemos querido solo presentar una breve muestra que nos indica la gran variedad del pensamiento humano y también como en lugares muy distintos y alejados pueden, sin embargo, llegar a resolver de la misma forma un problema cotidiano.

 

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