He indicado ya que de acuerdo con las más recientes conclusiones de la investigación neurocientífica, así como de acuerdo también con cuanto nos muestra la práctica de la anatheóresis, hay un primer estadio de percepción -EP1- que corresponde a la de una conciencia global. Y que a ese estadio le sigue otro -EP2- que puede incluirse ya dentro de la actividad cerebral theta, pero que, no obstante, todo evidencia se mantiene todavía muy circunscrito a una grafía mitológica de grandes símbolos.
Esos dos mundos -EPI y EP2- que, salvando matices, podrían unirse en una misma banda de percepción, terminan en una frontera que da paso ya a un cerebro -EP3- perfectamente estructurado, con ritmos que le distinguen y que pueden ser enmarcados dentro de la más alta creatividad analógica y de la más alta emotividad theta. Este estadio, que corresponde ya a una percepción cortical, pero sin ondas beta operativas y con ondas alfa incipientes, todo evidencia mantiene una percepción theta altamente receptiva hasta el nacimiento y, en gran medida, incluso durante la época infantil preverbal. Si bien tras el nacimiento, perdido ya el entorno uterino, el bebé se muestra menos dúctil a los impactos emotivos de la madre.
En IERA los pacientes suelen ser parcos en información EP1. Y la que dan -salvo que hayan sufrido daños en el transcurso de este estadio- suelen manifestarla y expresarla como un estado de gran paz y quietud. Algo similar a la vivenciación de un vacío paradójicamente lleno que sume al paciente en una profunda paz extática. Es corriente también la percepción de luces, así como de formas arquetípicas primigenias entre las que destacan representaciones altamente dinámicas de estructuras en espiral. A efectos clínicos, EP1 es un estadio especialmente importante puesto que es en este estadio cuando la madre se percata o recibe la noticia de que está embarazada. Este es por tanto también el estadio en que mentalmente esa madre -directa o indirectamente- rechaza al nuevo ser. Y éste -como iremos viendo- es el mayor de cuantos IATs puede recibir esa vida que viene a vivir(1).
Especialmente importantes también a efectos clínicos son EP2 y EP3. En estos dos estadios el feto, primero, y el bebé, después, siguen tan abiertos y, al tiempo, tan indefensos ante las agresiones emotivas que todo evidencia es en el transcurso de estos dos estadios cuando los IATs adquieren ya la categoría patológica de CATs.
Ya hemos visto hasta qué punto es vulnerable un bebé en su proceso ontogénico intrauterino y hemos visto también los numerosos y graves daños que comporta el nacimiento, no es de extrañar, por tanto, que en los estadios segundo y tercero se encuentre ya consolidada la etiología de casi todas nuestras enfermedades.
Menos impactantes, pero especialmente significativos, son los daños que podemos infligir a un niño en su EP4, en esa infancia postverbal que avanza impulsada por ondas cerebrales ignotas en busca de la adultez.
En las notas que complementan los capítulos que preceden a éste el lector ha podido conocer algunas de las últimas conclusiones de la neurociencia en tomo a la actividad eléctrica del cerebro fetal e infantil. Y aun cuando la investigación encefalográfica en torno al cerebro no adulto es escasa e incipiente no por ello esas investigaciones dejan de atestiguar en favor de la división en formas de percepción que, de acuerdo con las experiencias en anatheóresis, he atribuido a embriones, fetos y preadolescentes.
Puesto que los estudios EEG de la actividad cerebral infantil son más abundantes que los realizados a fetos, lo que sí ha quedado claro -de acuerdo con esos estudios EEG- es que la percepción preadolescente es muy distinta de la del estado embrionario, distinta, también de los inicios de la actividad cerebral fetal y distinta, asimismo, de la percepción adulta. La conclusión con respecto a la percepción preadolescente, o sea, EP4, podría resumirse -como ya he anticipado- indicando que posee una frecuencia de la actividad eléctrica cerebral que muestra ondas delta, da una grafía de ondas alfa incipientes y carece de ondas beta maduras, en tanto que las ondas theta son predominantes. Naturalmente, esta topografía de ondas cerebrales, que procede de las últimas fases de la vida fetal y que se mantiene, por tanto, al iniciarse el estadio de actividad cerebral preadolescente, se va modificando puesto que el niño, en su crecimiento en edad, va madurando y potenciando sus trenes de ondas beta(2). Ondas, éstas, que se muestran ya totalmente activas cuando el niño alcanza de los siete a los doce años, dependiendo de la más pronta o más tardía maduración de esas mismas ondas beta. Cabe, por tanto, añadir aquí un nuevo estadio de percepción, que sería el que correspondería al adulto. No obstante, a efectos prácticos en anatheóresis, creo adecuado incluir un estadio intermedio entre el que corresponde al preadolescente y el que corresponde al adulto.
Concretamente:
EP5 sería el estadio de percepción que correspondería al tiempo que transcurre entre esos siete a doce años y los dieciocho a veintiuno aproximadamente. Es el lapso de tiempo en que el adolescente, ya con un ritmo maduro de ondas beta, va dando estructura definitiva a su nuevo mundo de vigilia. Estadio, éste, en el que la personalidad adquiere sus rasgos definitivos, estadio éste, por tanto también, en que el yo termina su estructuración de acuerdo con los cúmulos analógicos gratificantes (CAGs) y los cúmulos analógicos traumáticos (CATs) que haya ido acumulando en el transcurso de su paso por todos los estadios de percepción anteriores.
EP6 sería ya la adultez, la estructura mineralizada del yo, la que -estable o inestable- nos acompañará, en un proceso gradual de fosilización, hasta la muerte, salvo que, como veremos, se diluyan los CATs que la configuran y sustentan.
Puesto que la anatheóresis sabe que los daños se originan en los cuatro primeros estadios de percepción, es de especial importancia que aquí volvamos al estadio preadolescente para insistir en el conocimiento de la forma en que ese estadio conciencia la realidad.
Ante todo debemos tener en cuenta que -como ya he explicado- ese estadio -EP4- se caracteriza por una inicial carencia activa de ondas beta y por la gradual maduración de las mismas. Y si bien es cierto que los actuales estudios EEG, todavía incipientes, pueden, en el futuro, modificar algunos de los aspectos de las actuales conclusiones científicas en tomo a los ritmos cerebrales de todo preadolescente, cierto es también que la simple observación nos muestra ya la creciente operatividad del HCI en todo niño según va ganando edad. Observen, si no, a un bebé y constaten las peculiaridades de su percepción en el transcurso de su crecimiento, hasta esos siete a doce años que marcan su entrada en el mundo de los ritmos cerebrales del adulto. No se requiere mucha perspicacia para comprobar que carecen casi totalmente de los rasgos de la percepción beta. Así, todo bebé carece de la capacidad dual de reconocer que existe algo al otro lado de las fronteras de su cuerpo. No afirmo que no sea capaz de ver su entorno, afirmo que eso que ve lo percibe como si estuviera unido a él, casi -y ese casi forma parte de sus iniciales ondas beta- como si fuera él.
Para comprender cuanto antecede bastan unas simples preguntas. Si es usted madre de un bebé, dígame, ¿no acaba agotada recogiendo los objetos que su hijo una y otra vez arroja al suelo, cada vez con cara de asombro, sumamente extrañado de que haya un espacio fuera de sí mismo? y dígame, ¿cuándo ha oído razonar a un niño de corta edad? En cuanto a que un niño tenga moral... Aunque sí es cierto que un niño empieza muy pronto a hablar. Y esta es una facultad del ritmo de ondas beta. Pero en lo que respecta a la verbalización del niño, debemos tener en cuenta que el análisis de la estructura verbal que utiliza muestra notables peculiaridades: un exceso de onomatopeyas, la carga emocional que imprime a las palabras, los errores gramaticales y otros muchos aspectos que corresponden a un idioma filogenéticamente primitivo (3). O sea, con una carga de elementos que corresponden al ritmo de ondas theta.
Si un niño es fundamentalmente estado theta y sólo va potenciando las ondas beta a través de los años -hasta los siete a doce en un crecimiento neural normal-, ¿qué es lo que ocurre en el cerebro de un niño? Simplemente, que no discierne, porque ya sabemos que ésta es una facultad del estado beta. Y esa incapacidad de discernir en el niño es algo que los adultos no tienen en cuenta. Los adultos juzgan a los niños -y juzgar es una actividad beta- con medidas de adulto. Así, imponen sus normas, unas normas de comportamiento de cuya bondad están totalmente convencidos. Y no se trata de considerar la bondad o no de esas normas, se trata simplemente de indicar que esas normas pertenecen a un plano de conciencia totalmente ajeno al de los niños. Porque los niños no son adultos bajitos, los niños son otra cosa. Son estado theta. Y ya sabemos que el estado theta es altamente creativo y terriblemente emotivo. Una creatividad y una emotividad que, al no contar con la capacidad beta de discernir, acaban en todo tipo de daños psíquicos. Comprueben:

CASO 8
P. X. estaba dominado por un intenso sentimiento de autodestrucción. Hijo primogénito de una familia prominente fue educado por su madre -el padre era un ausente- de acuerdo con la tan rígida como cruel disciplina de los colegios ingleses. La infancia de P. X. -con la presencia de nurses, pero no con la de su madre, salvo para castigarle- fue tan desdichada que la borró totalmente de su mente.
Aun cuando P. X. respiraba con dificultad y aun cuando tenía ya una edad que le había dotado de una rígida cronicidad -por compensaciones- de sus CATs, aun así P. X. entró relativamente bien en IERA. Y ya en IERA, intenté sondear sus daños infantiles -de los que él me habló en beta- llevándole al nivel inferior de la Pirámide. Y utilicé la Pirámide y no la regresión en edad porque, sabiendo que iba a ser difícil lograr que vivenciara, la Pirámide -como explico en el Capítulo 31- me ofrecía la posibilidad de situar su percepción theta dentro de un espacio escénico que tan sólo exigiría de él una representación simbólica, representación que yo luego -según fuera la disposición del paciente a darme vivenciaciones- haría tradujera o no a hechos concretos. Lo que intentaba, en definitiva, era abrirme paso entre sus resistencias -no hay que olvidar que en beta no recordaba nada de su infancia- utilizando estrategias que no le alarmaran, por lo menos en esta primera sesión.
Como esperaba, casi nada logré en el descenso al nivel inferior de la Pirámide. Su resistencia -incluso en IERA- a ofrecerme material de su infancia fue casi total. A lo más que P. X. alcanzó fue a repetirme su estado emocional de frío, o sea, de miedo, soledad, abandono, que eso es el frío en los primeros estadios de percepción.
Puesto que entendí que sus CATs parecía habían desplazado su núcleo a los acontecimientos que había vivido en EP4 -o sea, a su infancia- utilicé esa sensación de soledad -que es también sensación de rabia contenida ante su frustrado anhelo de amor- para situarle en el nacimiento, donde esperaba, en su caso, menor resistencia. Y en efecto, empezó a vivenciar un conducto vaginal en el que se encontraba inmovilizado, desorientado, sintiéndose de espaldas al lugar hacia dónde -a su entender- debía ir. Sintió también ligeros éxtasis -supongo endorfínicos- en determinados momentos y escalofríos en otros. Y su frase repetida era: "Me siento como en un orfelinato".
Todo un éxito. Sólo que un éxito excesivo porque -como temía- P. X. a partir de esa sesión empezó a bloquearse. Le llevé de nuevo al nacimiento, pero ya no vivenció. En ningún momento de ninguna sesión pudo ver el rostro de su madre. Incluso intenté que vivenciara tan sólo CAGs, pero no encontró ni uno. En su mente no había -no quería admitir hubiera- ni un solo momento gratificante. El feto, el bebé y el niño que había sido y que en él habitaban habían sido objeto de tantas y de tales agresiones, que eran al tiempo carencias afectivas, que su yo pasó a ser un yo de huérfano que nada quería saber ya del mundo de sus padres, un mundo que, por otro lado, anhelaba. Así, P. X. establecía mal sus relaciones con los demás, porque los demás eran sus padres, pero, al tiempo, deseaba ardientemente que esos lazos con los demás -con sus padres- estuvieran llenos de afecto. y se autoagredía porque el feto, el bebé y el niño que en él habitaban no podían rebelarse contra los demás, porque -insisto- los demás eran sus padres. De forma especial, su madre. Estaba encadenado en el círculo infernal de sus carencias afectivas.
Al llegar el verano acordamos un paréntesis en la terapia, que sólo había empezado. Ese mismo verano tuvo un accidente de coche de extrema gravedad. y del que aún ahora -más de un año después- se está reponiendo. El coche es el arma que más utilizan quienes, aun queriendo, no quieren morir.
¿Qué ha ocurrido en todos esos casos? Simplemente que un adulto, con capacidad para discernir, no ha tenido en cuenta que la percepción del niño carece de esa facultad.
Y, a veces, aun suponiendo que los adultos tuvieran en cuenta las características de EP4, ¿cómo evitar producir daños si la vida impone unas determinadas decisiones inevitablemente generadoras de daños en los hijos

 

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