La fenomenología teúrgica engloba no solamente los símbolos sagrados, los soportes de fluidos celestes y las gracias subjetivas, sino también e incluso ante todo los ritos en los que el hombre coopera activamente en una teúrgia salvadora. Por «fenomenología» entendemos simplemente el estudio de una categoría de fenómenos, y no determinada filosofía que pretende resolverlo todo registrando o explorando a su manera los fenómenos que se presentan a la consciencia, sin poder dar cuenta de ese fenómeno central e inapreciable que es el misterio de la subjetividad; si nos detenemos un poco en esta cuestión es porque nuestra toma de posición nos suministrará una clave para el tema que nos proponemos tratar.

La escisión en sujeto y objeto es función de la relatividad; sin esta escisión o esta polaridad no habría ni limitación ni diversidad, y por consiguiente ningún fenómeno. Ahora bien, el sujeto no puede captar su propia naturaleza más que reconociéndola en el objeto y descubriendo el objeto en sí mismo, en el sujeto, que es el objeto interiorizado como el objeto es el sujeto exteriorizado. El sujeto capta su propia realidad en dos tiempos, es decir, según la adecuación y la totalidad: la capta adecuadamente por y en el objeto más elevado al que la inteligencia humana es proporcionada, a saber, el Objeto absoluto; y totalmente por la asimilación contemplativa de este Objeto, lo que implica la vacuidad y la extinción del sujeto: vacuidad desde el punto de vista de los artificios mentales que comprenden la percepción del puro Objeto, y extinción desde el punto de vista de los elementos pasionales que limitan y oscurecen este espejo que es el sujeto. Es en la coincidencia entre el Objeto trascendente y la subjetividad pura donde se realiza el conocimiento del sujeto, que en cuanto tal revela una dimensión del Objeto inmanente, el cual se revela como Sujeto absoluto, no siendo objetivo más que en razón de su ocultación.

El Objeto trascendente, que en virtud de su carácter absoluto e infinito despierta en el sujeto la consciencia de la «trascendencia inmanente», si se puede utilizar una tal paradoja, este Objeto puede ser la idea del Absoluto, de Dios, del Gran Espíritu, pero también puede manifestarse bajo la forma de un símbolo como el sol. El sol es nuestro corazón macrocósmico, el corazón es el sol de nuestro microcosmo; conociendo el sol —conociéndolo en profundidad—, nos conocemos a nosotros mismos. Conocer el Objeto divino es morir por él y en él, a fin de que pueda nacer en nosotros; de ello es una imagen sobrecogedora la Danza del Sol de los indios de América del Norte.

 

 

Hay hombres que adoran al sol porque es una manifestación de Dios; hay otros que rehusan adorarlo porque no es Dios, lo cual parece probado por el hecho de que se ponga. Los adoradores del sol podrían hacer valer con buenos derechos que no se pone, sino que es la rotación de la tierra la que crea esta ilusión; y su punto de vista se podría comparar con el del esoterismo, que por una parte tiene consciencia del carácter teofánico y, por así decirlo, sacramental de los grandes fenómenos del mundo visible y, por otra, conoce la naturaleza real y total de las cosas y no determinado aspecto o determinada apariencia solamente.

Pero hay que mencionar también una tercera posibilidad, la de la idolatría: hay hombres que adoran al sol, no porque saben que manifiesta a Dios, o que Dios se manifiesta a través de él, ni porque saben que es inmóvil y que no es él el que se pone217, sino porque se imaginan que Dios es el sol; en este caso, los despreciadores exoteristas del sol están en buenas condiciones para clamar contra el paganismo. Tienen relativamente razón, aun ignorando que la idolatría —o más precisamente la heliolatría— no puede ser más que una degeneración de una actitud legítima; actitud no exclusiva sin duda, sino en todo caso consciente de la situación real, tanto desde el punto de vista del sujeto como del objeto.

Hablando rigurosamente, la prosternación ante la Kaaba, o en dirección a ella, podría ser interpretada como un acto de idolatría, puesto que Dios está fuera del espacio y la Kaaba es un objeto espacial y material. Si este reproche es absurdo, el reproche análogo dirigido a los adoradores del Principio «a través del sol», o a los iconódulos cristianos, hindúes o budistas, lo es igualmente, desde el punto de vista del principio y sin tener en cuenta diferencias de nivel siempre posibles. Un sufí declaró que la Kaaba giraba alrededor de él, pues la verdadera Kaaba se había realizado en su corazón.

 

 

Como las mitologías arias —hindú, grecorromana y nórdica— el chamanismo hiperbóreo, del que forma parte la tradición a la vez diferenciada y homogénea de los indios de América del Norte, da testimonio de una interpretación sacra de la naturaleza virgen: ésta hace las veces de Templo así como de Libro divino218. Ahí hay un elemento de esoterismo —por lo demás evidente, puesto que se trata de una supervivencia de la religión primordial— que el exoterismo monoteísta y semítico debía excluir por el hecho de que estaba obligado a oponerse al naturalismo de las religiones paganizadas, pero que, en el plano de la religio perennis o de la verdad a secas, conserva todos sus derechos incluso en el marco de los monoteísmos abrahámicos; pues nadie puede impedir que la naturaleza en general y sus contenidos nobles en particular —a pesar de una cierta maldición global pero completamente relativa— manifieste a Dios y sean vehículos de gracias, que pueden comunicar bajo ciertas condiciones tanto objetivas como subjetivas219.

Un ejemplo de estas gracias, que elegimos adrede en el Islam porque éste es particularmente abstracto e iconoclasta, es la «misericordia» (rahmah) que reside en la lluvia, o que Dios envía a través de ésta; así el Profeta gustaba de exponer su cabeza a la lluvia a causa de la bendición de que ella es vehículo. Ahora bien, el sol transmite también una bendición, pero el Islam no hace uso de ella por razones de perspectiva, es decir, porque el sol, en la consciencia de los árabes, amenazaba con usurpar el lugar de Dios. Totalmente distinta es la perspectiva de los hindúes, que adoran a Sûrya, el sol varón, o de los japoneses, cuyo culto se dirige a Amaterasu, la Diosa solar220: en estos mundos tradicionales, y también en bastantes otros, el hombre trata de beneficiarse del poder solar y dispone de los medios para hacerlo221.

 

 

La gran Danza sacrificial, y consagrada al Poder solar, de los indios nómadas de América del Norte comprendía en otros tiempos ritos secundarios muy variados según las tribus: toda suerte de elementos mitológicos entraban en su composición hasta el punto de hacer pasar casi a un segundo plano, en ciertos casos, el papel del sol. Pero esta complejidad, evidente en un mundo fragmentado e inestable como el de los pieles rojas, no puede invalidar el contenido fundamental del ciclo ritual de que se trata; por eso este contenido ha sobrevivido a todas las tribulaciones de que los indios de las Praderas fueron víctimas desde principios del siglo XIX.

La Danza del Sol tiene esencialmente dos significados, uno exterior y otro interior: el primero es diverso; el segundo, invariable. La intención más o menos exterior de la Danza puede ser un voto personal, o la prosperidad de la tribu, o aún, más profundamente —entre los Cheyenes, por ejemplo—, el deseo de regenerar la creación entera; la intención interior e invariable es unirse al Poder solar, establecer un lazo entre el Sol y el corazón, realizar en suma un radio que una la tierra con el Cielo, o reactualizar ese radio preexistente pero perdido222. Esta operación propiamente «pontifical» (pontifex) se funda en la ecuación «corazón-Sol»: el Sol es el Corazón del Macrocosmo, el corazón humano es el sol del microcosmo que somos. El sol visible no es más que la huella del Sol divino, pero esta huella, al ser real, es eficaz y permite la operación teúrgica gracias a un juego de analogías y de complementariedades.

El elemento central del rito es el árbol, imagen del eje cósmico que liga la tierra con el Cielo; el árbol es la presencia —forzosamente vertical— de la Altura celestial sobre la llanura terrenal; él es el que permite el contacto a la vez sacrificial y contemplativo con el Poder solar. A este árbol, escogido, abatido e instalado ritualmente, los danzantes se ataban en otros tiempos mediante correas fijadas con garfios a sus pechos; en nuestros días, sólo se conserva del sacrificio el ayuno ininterrumpido durante toda la duración de la Danza —que es de tres o cuatro días— lo que simbólica y ascéticamente es suficiente si se piensa que los danzantes han de abstenerse de beber bajo un calor tórrido, mientras ejecutan durante horas el movimiento prescrito223.

 

 

Este movimiento es un vaivén entre el árbol central —desnudo y sin ramas— y un cobertizo circular cubierto de hojarasca; se puede comparar la danza con las dos fases respiratorias o con los latidos del corazón. Toda la cabaña sagrada, con el árbol en medio, es como un gran corazón cuyas fases vitales están representadas por el flujo y el reflujo de la danza —los danzantes avanzan de la periferia hacia el centro y retroceden del centro hacia la periferia— y este simbolismo es realzado además por el batir violento de los tambores y por un canto ininterrumpido que recuerda con sus monótonas alternancias las olas del océano. Es en el centro donde los danzantes extraen la fuerza: su danza, que recula desde el árbol central hacia el cerco circular, marca la fase de asimilación de la influencia espiritual presente en el árbol.

Cabría preguntarse cómo un tal deseo de realización espiritual está de acuerdo con un género de vida aventurero y guerrero y con la dureza de costumbres que de ello deriva; pregunta que denotaría una ilusión óptica, pues la vida es lo que es por sus condiciones naturales, es decir, es un tejido de cosas y acontecimientos, de formas y destinos en el que el hombre exterior participa, y que ejecuta y sufre según las leyes de la Naturaleza, pero del que el hombre interior es en principio independiente y que supera y domina en la medida en que realiza el heroísmo o la santidad. Hay una combinación fecunda entre el culto a la Naturaleza impersonal y la afirmación de la personalidad sacerdotal y heroica, y éste es en suma el fundamento del estoicismo indio, que es la expresión moral de esta aparente antinomia224.

 

 

Aproximándose y alejándose a pasos menudos del árbol central sin volverle la espalda en ningún momento, el danzante sagrado agita en cada mano un plumón de águila, soplando a la vez, y al mismo ritmo, en el silbato de hueso de águila que sostiene en la boca; el estridente y plañidero sonido que de esta forma se produce hace las veces de plegaria o de invocación; hace pensar en el grito del águila elevándose en la inmensa soledad del espacio en dirección al sol. Toda la danza es acompañada por el canto de un grupo de hombres sentados alrededor de un gran tambor, que golpean con vehemencia a ritmo acelerado, subrayando así el carácter viril de su melopea, canto de victoria y, al mismo tiempo, de nostalgia, victoria sobre los límites humanos y nostalgia de la ilimitación celestial225. La salida del sol da lugar a un rito particular: los danzantes miran hacia el sol naciente y lo saludan, cantando, con los dos brazos tendidos hacia él, a fin de penetrarse del «Poder solar».

Durante la Danza, el árbol central está cargado de bendiciones; los indios lo tocan y a continuación se frotan el rostro, el cuerpo y los miembros, o bien rezan al Gran Espíritu mientras tocan el árbol; a veces tienen lugar curaciones, lo que quiere decir que las oraciones han sido escuchadas y las protecciones concedidas. Se han observado diversos fenómenos, a veces visiones, pero sobre todo una sensación de frescor en las proximidades del árbol central, signo de la presencia de poderes benéficos.

Esta noción de «poder» es crucial para el indio: el Universo es un tejido de poderes que emanan de un solo y único Poder subyacente y omnipresente, a la vez impersonal y personal. El hombre espiritual, entre los indios, está unido al Universo o al Gran Espíritu por los poderes cósmicos que lo penetran a él, al hombre, lo purifican, lo transforman y lo protegen; él es a la vez pontífice, héroe y mago; alrededor de él, estos poderes gustan de manifestarse a través de los espíritus, los animales, los fenómenos de la Naturaleza.

Se considera que la Danza del Sol debe convertirse en un estado interior permanente: ha habido un contacto decisivo con el Astro sacramental y en el corazón ha quedado una huella indeleble; la barrera profana entre la consciencia ordinaria y el Sol inmanente está abierta; el hombre vivirá en adelante bajo otro signo y en otra dimensión.

 

 

La Danza del Sol tiene lugar una vez al año, en verano; pero se refleja o se prolonga en ritos caluméticos que se practican en su recuerdo cada plenilunio; estas sesiones incluyen, además del silbido con el hueso de águila, plegarias dirigidas a las cuatro Direcciones del espacio y después al Gran Espíritu, que a la vez contiene y proyecta esta cuaternidad. El símbolo de esta metafísica, se nos ha dicho, es la cruz inscrita en el círculo: la cruz terrestre —los ejes Norte-Sur y Este-Oeste— y el círculo celeste. En sus extremidades, la cruz horizontal toca al Cielo; lo toca igualmente en su centro en la forma del eje Tierra-Cenit, que representa precisamente el árbol de la Danza del Sol.

Este simbolismo evoca otra imagen sacra: el Sol emplumado, que se encuentra pintado en las pieles de bisontes que sirven de manto y ocasionalmente de telón de fondo en las ceremonias. El Sol está hecho de círculos concéntricos formados de plumas de águila estilizadas; la impresión que se desprende de él es particularmente evocadora por el hecho de que el símbolo sugiere a la vez el centro, la irradiación, el poder y la majestad. Esta simbiosis entre el sol y el águila, que encontramos por otra parte en el célebre adorno de plumas con el que se cubrían en otros tiempos los jefes y los grandes guerreros, nos lleva al simbolismo de la Danza sacrificial de los indios: el hombre se transforma espiritualmente en un águila que se eleva hacia el cielo y se identifica con los rayos del Astro divino; de este modo realiza el movimiento de retorno y de reintegración que responde a la irradiación del divino Sol.

 

Photobucket