"En cada momento la situación puede bascular al drama o a la felicidad. La mujer está entre el sufrimiento y la alegría, entre vida y muerte. Lo que la anima es de una violencia sin nombre. Ella oscila entre fragilidad y toda la potencia, hay una dimensión sagrada y eternamente femenina en la noción de transmision de la vida. Ser un hombre y poder aproximarse a ello es fascinante"
Gilles de Maistre

El primer grito es un documental que sacude profundamente, he traducido, subtitulado y corregido el documental con muchas lágrimas en los ojos. El parto es un tema que me conmueve y sacude profundamente por ser mujer y madre, y también  por mis dos experiencias muy marcantes, dos partos uno hospitalario medicalizado y otro natural en casa. Dos visiones y experiencias del mundo y de la vida en carne propia, completamente diferentes.

El parto es un momento crucial y fundamental en la vida de una mujer que va a ser madre, muy aparte de los que digan muchos libros o especialistas, confirmando o no esto que voy a mencionar, por supuesto es mi experiencia personal, algo que sentí en cuerpo propio con esta experiencia de dos tipos de parto: El dar a luz, el parir de "forma natural", sin intervención médica empodera a la mujer, si una es consciente de lo que esto involucra deja que fluya la líbido femenina materna y no se de la ruptura de la simbiosis primaria (1). Desvela esa fuerza desconocida, libera ese poder y energía extraordinaria que tenemos dentro y lo exteriorizamos trayendo una vida y haciendo que cuidemos de ella; luego define también la lactancia y el tipo de relación que será entre la madre y la criatura de por vida. Define los programas biológicos que tiene ya el bebé incorporados en el  que serán para que viva de forma plena, o en modo supervivencia. Aquí recomiendo a la par de este documental -me parece imprescindible- ver el documental Restaurando el Paradigma Original de Nils Bergman (2). Sabemos que la maternidad es el proceso de formación del ser humano (3), y esta maternidad fundamentalmente depende mucho del tipo de nacimiento que tenga un ser humano pues los programas biológicos del bebé se configuraran de acuerdo al tipo de nacimiento.

Haciendo un paréntesis a esto, es necesario mencionar que mis escritos son desde una perspectiva antipatriarcal, pues se le mire por donde se le mire nuestra sociedad planetaria es patriarcal (4), es la percepción que tengo, de esa sociedad de la dominación, de la jerarquía, del fratricidio, la sociedad antinatural, del sufrimiento, del antiplacer, es decir antivida y esto empezando desde la vida intrauterina, el parto y la crianza. El patriarcado no es la dominación exclusiva de las mujeres sino la dominación de la especie humana mediante la dominación de la mujer, mediante el control y represión de su sexualidad, pues sin dominarla sería imposible la construcción de esta sociedad patriarcal fratricida, sería imposible que las mujeres sometan a sus criaturas o permitan que otras la somentan desde que nacen.
 
Volviendo al documental este da una mirada profunda a nuestra realidad mundial de como recibimos a cada ser humano y como las mujeres son tratadas en las diferentes culturas en nuestro planeta actualmente.


Como bien lo escribe el realizador Gilles De Maistre (5): 

"No solo es una pelicula sobre el nacimiento, es también sobre las mujeres. Es un himno a la vida, un homenaje a la feminidad y a la maternidad. Cada vez que nace una criatura, es un nuevo paso de la humanidad hacia su futuro. Es la conquista de nuestra sobrevivencia, de nuestra evolución y criatura a criatura se escribe nuestra historia de todos [...]. La mujer está entre el sufrimiento y la alegría, entre vida y muerte. Lo que la anima es de una violencia sin nombre. Ella oscila entre fragilidad y toda la potencia, hay una dimensión sagrada y eternamente femenina en la noción de transmision de la vida. Ser un hombre y poder aproximarse a ello es fascinante"

MALTRATO EN LA INFANCIA. La obra de Alice Miller.

Alice Miller es una psicóloga suiza conocida por su trabajo sobre la infancia y, más concretamente, el maltrato infantil.

Algunos de los conceptos básicos elaborados por Alice Miller son:

  • Pedagogía negra: se refiere a una educación cuya finalidad es despedazar la voluntad del niño y hacer de él un súbdito obediente, ejercitando de manera evidente u oculta el poder, la manipulación y el chantaje. Un ejemplo serían los métodos para “enseñar” a los niños a dormir, ya que el objetivo final es educar en la obediencia desde los primeros meses.

 

  • Testigo servicial: es la persona que da apoyo, a veces incluso sin saberlo, al niño maltratado, ofreciéndole una especie de contrapeso en la crueldad que ejercen sus cuidadores más cercanos. Puede ser cualquier persona de su entorno: un abuelo, un profesor, un vecino, un hermano. Con gran frecuencia, suelen serlo estos últimos. Ofrecen simpatía y amor al niño, sin intención de manipularlo con objetivos pedagógicos, le dan confianza y le transmiten la impresión de que no es malo y merece amabilidad. Gracias a este personaje, el niño aprende lo que es el amor y, a veces, consigue conservar en su interior amor, bondad y otros valores. Sin esta figura, el niño exalta la violencia y más adelante recurrirá a ella con mayor o menor brutalidad.

 

  • Testigo iniciado: en la edad adulta, un papel similar al del testigo servicial lo puede tener alguien que sí es consciente del mismo. Se trata de una persona que conoce las consecuencias del estado de abandono y maltrato infantil infligido al niño, de expresar empatía y de ayudarle a comprender mejor los sentimientos de miedo y de impotencia, para aprovechar mejor las posibilidades que tiene el adulto. Pueden ser docentes, abogados, consultores o autores de libros (como la propia Alice Miller se considera).

 

 

 

 

Gran parte de la obra de Alice Miller busca demostrar la validez universal de los mecanismos para negar y eliminar el sufrimiento infantil. Atribuye gran importancia a las experiencias vividas en los primeros días y meses de vida, sin negar el papel de las experiencias sucesivas. Es más, la presencia de personas empáticas es fundamental para quien sufre. Pero el adulto que ha sido niño maltratado sólo consigue sentir empatía si es consciente de lo que las antiguas privaciones han implicado para su persona y si no las subestima.

 

Medicina antes que conocimiento.

 

Según AM, la gente tiende a recurrir a menudo a la medicina para curar sus síntomas antes que ir a la raíz del problema. Ésta sería el maltrato en la infancia. El hecho de poder hablar sobre los sentimientos de ira, rabia, frustración, etc, sufridos entonces ayudan mucho más a la curación que la ingestión de fármacos.

La motivación del médico para tal comportamiento es la propia necesidad de ocultar el miedo y la impotencia para conservar su prestigio. Además, debería tener un conocimiento básico de la medicina psicosomática. La razón se niega a reconocer la verdadera naturaleza del maltratador (una figura cercana, como el padre o la madre) y tal rechazo origina la enfermedad, que continúa a manifestarse hasta que no se toma conciencia de la situación.

El proceso de cura necesita enfrentarse al trauma infantil y de deshacer los numerosos mecanismos de defensa que han sido erigidos para proteger al niño de un sufrimiento que, de otra forma, sería insoportable.



Castigos corporales.

AM defiende que tratar la infancia ayuda a tomar conciencia de la propia historia y entender por qué se siente todavía como una víctima necesitada de ayuda. Pero esto no implica que el adulto sea irresponsable de sus actos y de su comportamiento. Para AM la prescripción de fármacos es el remedio sólo cuando el paciente no está interesado en descubrir el origen de sus problemas.

No se avanza huyendo de la verdad que llevamos dentro, ya que nos acompañará siempre, nos hará sufrir, aumentará nuestra confusión y debilitará nuestro autoconocimiento.

Si a un niño se le hace creer que las humillaciones y torturas se hacen por su bien, seguirá convencido de ello por el resto de su vida. Por tanto, maltratará a sus hijos pensando de hacer lo correcto. Pero, ¿dónde terminaron la rabia, el furor, el dolor que tuvo que sofocar de pequeño cuando le pegaban asegurándolo que era por su bien?.

Un niño que recibe golpes no aprende a protegerse, sino a tener miedo. Y también aprende a ignorar el dolor, hasta casi no advertirlo y sentirse culpable. Y, ya que ha sido agredido cuando era indefenso, aprende a creer que un niño no merece ni consideración ni respeto ni protección.

Los mensajes erróneos depositados en el cuerpo serán la información básica con la que el niño construirá su imagen del mundo y de sí mismo. Cuando el niño sea incapaz de defender su propio derecho a la dignidad y el sufrimiento físico como señal de peligro, no conseguirá orientarse en función a ello. Sufrirá, por el contrario, su sistema inmunitario. El cuerpo conserva todos los recuerdos y el adulto no podrá librarse de ellos. Es más, de forma inconsciente, dominan toda su vida, su comportamiento, el modo de reaccionar a las situaciones nuevas y, sobre todo, la relación con los hijos.

 

Qué se puede hacer.

 

A menudo los adultos encuentran gran hostilidad cuando se ponen incondicionalmente de parte de los niños y los defienden. Con su comportamiento cuestionan un sistema entero que para otros es un marco de referencia seguro. El testigo consciente puede sufrir intimidaciones y rechazo.

Cuando, como padres, reproducimos el comportamiento erróneo de nuestros padres, AM aconseja no desesperarse. El adulto también sufrió dolor y ahora su gesto automático también lo provoca. Pero es mucho más fácil corregir un error si como tal se percibe y como tal se juzga. Lo importante es no decir a los hijos que se hace por su bien.

Otras soluciones que se pueden buscar es esforzarse en ser conscientes de lo que hemos vivido como niños, de las opiniones que hemos recibido acríticamente, comparándolas con nuestra percepción adulta. Esto ayuda a percibir las cosas de frente a las que éramos ciegos e insensibles para protegernos de la violencia del dolor hasta que no encontramos un testigo capaz de escuchar con empatía. En este contexto, es posible redescubrir el origen de las emociones infantiles eliminadas, encontrarles un sentido actual para nosotros.

Y recuerde, los datos científicos han demostrado que los niños pegados y castigados son más obedientes a corto plazo y más agresivos y destructivos a largo plazo.

 

Conclusiones.

El origen y las consecuencias del maltrato infantil son idénticas: la negación de las heridas sufridas en el pasado nos lleva a ejercer el mismo daño a las siguientes generaciones. A menos que no decidamos aceptar saberlo, reconocerlo.

El castigo genera miedo y, a menudo, produce en el niño un estado de torpeza que no le permite reflexionar tranquilamente, ya que el terror le invade, le sobrepasa.

La violencia se aprende en familia y en familia se continúa a ejercerla. Es un círculo vicioso que es necesario romper. Los niños que han sido respetados desde la infancia irán por el mundo con los ojos y las orejas bien abiertos y sabrán protestar con palabras y acciones constructivas contra la injusticia y la ignorancia.

¿Qué es el odio ?


Habitualmente asociamos la palabra odio con la idea de una peligrosa maldición de la que hay que alejarse lo más rápidamente posible. Igualmente se oye decir a menudo que el odio es tóxico para el ser humano y que hace prácticamente imposible la cicatrización de las heridas de la infancia. Como me alejo francamente de esta opinión común, muy a menudo, se me comprende mal. Así, todos mis esfuerzos para esclarecer este fenómeno y profundizar sobre esta noción no han conocido, hasta ahora, un gran éxito.
Por esta razón, a quien desee seguirme en estas investigaciones, recomiendo la lectura previa del capitulo de mi libro, « El origen del odio », titulado: Como se engendra el odio?
Pienso yo también que el odio puede envenenar un organismo pero únicamente si es inconsciente y lo dirigimos hacia personas de sustitución es decir hacia víctimas propiciatorias. Puesto que de esta manera no puede extinguirse. Si odio a los trabajadores emigrantes por ejemplo, pero no puedo permitirme ver como mis padres me maltrataron en mi infancia, dejándome llorar durante horas y horas cuando sólo era un bebé o cuando jamás me dirigieron una mirada cariñosa, sufro entonces de un odio latente que puede acompañarme durante toda la vida y producirme diversos transtornos psíquicos. Pero si sé lo que mis padres me infligieron por ignorancia y puedo conscientemente indignarme con su comportamiento ya no necesitaré dirigir mi odio hacia otras personas de sustitución. Con el tiempo el odio que siento hacia mis padres podrá atenuarse o incluso desaparecer por períodos para reactivarse no obstante con nuevos acontecimientos o nuevos recuerdos. Lo que cambia es que ahora yo sé lo que me ocurre. Me conozco suficientemente bien para identificar los sentimientos que estoy viviendo Y YA NO TENGO LA NECESIDAD DE HERIR O MATAR A CUALQUIERA SIMPLEMENTE PARA SACIAR MI ODIO.
Hay gente que muestra incluso reconocimiento hacia sus padres por haberles pegado o que pretende haber olvidado desde hace mucho tiempo la brutalidad o la violencia sexual que sufrieron, han perdonado a sus padres por sus « pecados » si tienen costumbre de rezar, pero son incapaces de educar a sus hijos de otro modo que con violencia. Cada pedófilo hace alarde de amor hacia los niños ignorando que en el fondo se venga de lo que le hicieron a él siendo pequeño. Incluso sin ser consciente de su odio, vive bajo su dominación.
Este ODIO LATENTE, TRANSFERIDO es muy peligroso y difícil de extinguir puesto que no se dirige a la persona que lo causó sino hacia un sustituto. Puede durar toda la vida manifestarse bajo diversas formas de perversión y constituye un peligro para el entorno así como en ciertos casos para sí mismo.
Esto es completamente diferente del ODIO CONSCIENTE REACTIVO que como cualquier otro sentimiento desaparece cuando se ha vivido. Si un día por el contrario descubrimos que hemos sido maltratados por nuestros padres, el odio no se hará esperar, aparecerá a pesar nuestro. Como ya he dicho este podrá atenuarse con el tiempo pero el camino será sinuoso. El cuadro de los malos tratos sufridos en la infancia no aparece todo de un golpe, es un largo proceso en el curso del cual nuevos aspectos emergen poco a poco a la conciencia ocasionando nuevos accesos de odio. Pero esto no es en absoluto peligroso. Es la consecuencia lógica de lo que sucedió y que llega a ser perceptible solamente cuando se es adulto ya que el niño no tuvo otra elección que la de sufrir durante años en silencio.
Al igual que el odio reactivo hacia los padres y el latente dirigido hacia une víctima propiciatoria existe el odio JUSTIFICADO que sentimos hacia una persona, que nos carcome física y psíquicamente y que nos domina sin que nos podamos liberar o al menos así lo creemos. Mientras nos encontramos bajo su dependencia, o así lo creemos, obligatoriamente la odiamos. Es inconcebible que un individuo torturado no sienta ningún rencor contra su verdugo. Si no se permite este sentimiento sufrirá síntomas corporales. Las biografías de mártires cristianos testimonian con la descripción de terribles enfermedades, a menudo – hecho característico – de orden dermatológico-. El cuerpo se defiende así de la traición hacia sí mismo, ya que los «santos» tenían que perdonar a sus verdugos – pero su piel inflamada exponía la intensa cólera reprimida.
Si el interesado logra no obstante escapar al poder del que le domina, ya no tendrá la necesidad de vivir día tras día con este odio. Está claro que el recuerdo de su impotencia y de los tormentos que le infligieron puede emerger a su memoria pero la intensidad del odio se atenuará al cabo del tiempo (en mi libro « El cuerpo nunca miente », he tratado con más detalle esta cuestión).
El odio es un sentimiento fuerte, dinámico, un signo de nuestra vitalidad. Por esta razón, si lo reprimimos, lo pagamos con nuestro cuerpo. Puesto que el odio nos habla de nuestras heridas y también de nosotros mismos, de nuestros valores, y de nuestro tipo de sensibilidad, debemos aprender a escuchar y comprender el significado de su mensaje. Si lo logramos ya no lo temeremos. Si por ejemplo no soportamos la hipocresía y la mentira nos permitiremos combatirlos cada vez que nos sea posible o nos apartaremos de la gente que sólo da crédito a la mentira. Pero si por el contrario nos hacemos los indiferentes, nos traicionamos. Una traición alentada por la demanda casi general, aunque destructora, del perdón. No obstante, está ampliamente demostrado que ni los rezos ni los ejercicios de autosugestión con los « pensamientos positivos » son capaces de abolir las justificadas reacciones vitales del cuerpo contra las humillaciones y otras heridas precoces de la integridad del niño. Las horribles enfermedades de los mártires muestran claramente el precio que pagaron por negar sus sentimientos. ¿No sería más sencillo preguntarse a quién odiamos y ver las razones que motivan dicho odio? Entonces, en efecto, podremos vivir con los sentimientos que tenemos como seres responsables, sin negarlos y tener que pagar, por esta « virtuosa » actitud, con nuestra salud.
Yo desconfiaría si un terapeuta me prometiese que al final de la terapia ( y sin duda gracias al perdón ) se terminarían mis indeseados sentimientos de ira, furia y odio. ¿Qué ocurrirá conmigo si ya no puedo enfadarme o enfurecerme ante la injusticia, la estafa, la maldad o la estupidez proferida con arrogancia? ¿No será éso una mutilación de mi vida afectiva? Si la terapia me ayuda realmente, deberé, mas bien, tener acceso a TODOS mis sentimientos durante el resto de mi vida y un acceso consciente a mi historia, donde encontraré la explicación de la intensidad de mis reacciones. Una vez conocidas las razones, la intensidad disminuirá rápidamente sin dejar marcas dramáticas en mi cuerpo, (contrariamente a la represión de las desmesuradas emociones inconscientes).
Una terapia adecuada me enseña a comprender mis sentimientos y a no condenarlos, a considerarlos como mis protectores aliados en lugar de temerlos y a verlos como enemigos que hay que combatir. Incluso cuando es eso lo que nuestros padres, profesores y curas nos han enseñado tenemos que intentar abrir los ojos de una vez para ver que esta automutilación que practicaron es peligrosa. Nosotros mismos fuimos sus victimas.
No son, en ningún caso, nuestros sentimientos los que constituyen un peligro para nosotros mismos y nuestro entorno, sino mas bien el hecho de que por temor nos hayamos desconectados de ellos. Y es esta desconexión la que produce los accesos de locura homicidas, los atentados suicidas incomprensibles y el hecho de que innumerables tribunales no quieran saber nada sobre los verdaderos motivos de un acto criminal, con el fin de proteger a los padres del delincuente para no levantar en velo sobre su propia historia.

Alice Miller

Ser padres, una misión amorosa

Han cambiado los roles, las exigencias, las funciones. Instituciones en crisis, emociones congeladas, urgencias interminables... En ese marco, madres, padres e hijos, redefiniéndose. ¿Cómo querer bien a nuestro chicos?, reflexiona

Ser padres es, metafóricamente, dejar de ser "hijos" y encontrar en esta nueva función un espacio para dar el sentimiento de amor auténtico y propicio en pos de una bienvenida al mundo de este ser en miniatura. Ser padres configura un universo particular en cada uno, indescriptible, una experiencia que deja una marca indeleble y conmovedora en la mayoría de los seres humanos. Convertirnos en padres nos introduce en el terreno del misterio y en el clima del milagro de dar vida. Ser padres implica un CONCEPTO.

La concepción (palabra que deriva de "concepto") de un hijo se anticipa ni bien se comienza a imaginar su presencia: la subjetividad del niño dada por los otros, comienza a tomar cuerpo. Ya sea un hijo deseado, de un embarazo complicado, producto del deseo de adoptar, de fecundación in vitro, etc. se lo piensa intensamente y con mucha antelación de manera conceptual: ¿cuál será su género, su apariencia, a quién se va a parecer, qué nombre le pondremos, qué que va a ser cuando grande? En este clima expectante, la fantasía y la imagen le van moldeando una pre- identidad. Más allá de lo real en todo su esplendor que significa ver crecer la panza de la madre y experimentar los primeros movimientos y las patadas fuertes mientras va creciendo, el cuerpo de ambos padres registra todo el proceso del embarazo, no sin angustia y desconcierto pero también con mucha expectativa y alegría. No son raros los síntomas en ambos, tanto físicos (malestares inespecíficos, alergias, gastritis, insomnio, problemas de piel) así como los cambios abruptos de humor, los miedos y la incertidumbre acerca de desempeñarse adecuadamente en la nueva función.

"Quiero a un hijo cuando respeto sus sentimientos y necesidades aún antes de su nacimiento e intento atender a esas necesidades y derechos en la medida de todo lo posible. No quiero a un hijo cuando no lo trato como persona con mis mismos derechos sino como un objeto que tiene que ser corregido". Estas son palabras de Alice Miller – prestigiosa psicoanalista y filósofa - que ilustran con simpleza la respuesta a lo que los padres deberían preguntarse: ¿Cómo quererlo bien?

A pesar de que lo más significativo de esta época que vivimos implica cierto congelamiento emocional y la caída de la autoridad paterna tradicional, los embarazos continúan floreciendo en este contexto de cambios veloces como los rayos. Sería conveniente no dramatizar sobre lo que pasa y en lugar de evadirnos del problema y protestar porque "antes" era distinto, es aconsejable aprender sobre estas nuevas posiciones de padres y madres que se dan hoy en día y reflexionar y debatir con tiempo y tranquilidad. Escuchándonos atentamente y haciendo de esta escucha un aliado indispensable para alejar la ansiedad.

El psicoanálisis convencional ha construido categorías bastante monolíticas con respecto a la función paterna instalándola como la introducción tradicional del orden simbólico – la ley y los límites - para facilitar la creación de lazos sociales posteriores, separando al niño de la madre y permitiéndole su salida a la sociedad y a su cultura.

Reconocemos en esta nueva época un acuñamiento diferente en la constitución del niño con una sutil y menor identificación a las figuras parentales. El proyecto moderno ha entrado en crisis y han perdido sostén las instituciones: estado, familia, iglesia, escuela. El impacto de la cultura posmoderna y su fragmentación y globalización han ido imponiendo una pérdida de sentido de la historia personal, familiar y social, del pasado, y de las instituciones sociales y simbólicas sobre las que hemos descansado por varios siglos.

Puede sorprendernos que algunos sociólogos no se hayan dado cuenta todavía de que en la relación primitiva de la madre con el hijo les sería posible examinar el desarrollo de las relaciones sociales in statu nascendi. Lo dijo hace muchísimos años el doctor René Spitz, un investigador riguroso acerca de los primeros años de la vida del niño. Él hizo una descripción exhaustiva del "marasmo" infantil, un estado psicótico experimentado por los pequeños bebés hospitalizados sin la presencia de la madre. Atendidos en las necesidades biológicas a la perfección, pero privados del afecto u amor que los pudiese reconocer como futuros seres humanos.

Él explica con simpleza como en esta transición de lo fisiológico a lo psicológico que efectúa el niño desde el útero, las relaciones son de completo parasitismo y luego de una simbiosis con la mamá que dará lugar muy lentamente a la relación con otros objetos. En ninguna parte de la sociología se da una asimetría tan grande entre dos seres tan íntimamente ligados. George Simmel ha estudiado la díada, el acuñó ese nombre, diciendo que es ahí donde pude encontrarse el germen de todo desarrollo posterior de las relaciones sociales.

En el caso de los adultos, el medio está constituido por factores, grupos, individuos que influyen sobre la personalidad organizada de los mayores e interactúan con ella. Para el recién nacido el medio está compuesto de un solo individuo: madre o sustituto. El niño no lo percibe por separado, forma parte de sus necesidades y de su satisfacción: es un sistema cerrado.

Recién en el segundo mes el lactante manifiesta un interés exclusivo por el rostro humano. Contesta con sonrisa y es la primera manifestación activa, un resplandor débil del pasaje de la pasividad a la actividad.

La cultura de la fragmentación

Asistimos en nuestro tiempo a nuevas formas de relación vincular, familiar y social. Es un hecho contra el cual de nada sirve quejarnos, si no más bien deberíamos tratar de articularlas con los recursos que podamos ir creando entre todos para que este pasaje crucial de ser papás, no se vea empañado por confusión, inseguridad o impotencia.

El exceso de información y de estudios especiales que se practican hoy día, producen en algunos casos y paradójicamente un clima de mayor duda en los futuros padres: un mandato de perfección posible los acecha haciéndolos creer en situaciones ideales. Los médicos no tienen más remedio que cubrirse contra cualquier evento, y ordenan a veces un contacto poco humano con la situación del embarazo y crianza del bebé.

Esta cultura que ha ido cambiando las relaciones de poder establecidas, precipitó una caída de la figura del padre, arrastró consigo en parte a la función conservadora de su nombre y nos abrió un espacio de investigación y de trabajo con la familia para llevar adelante la historia de amor inherente a la paternidad con el menor desconsuelo posible. Podemos preguntarnos y pensar acerca de nuestras respuestas particulares:

¿Dónde buscar lo específico de la paternidad actual? ¿Qué es la virilidad? ¿Qué es la tradición del varón proveedor? ¿Qué resquicios dejaban las  antes y cuál es la participación de ellas en nuestro tiempo? ¿Cuál será un buen término medio entre el padre ausente y el padre patrón? ¿Qué pagan los padres de las facturas que pasan los hijos?

Siempre hay que tener en cuenta que el padre "real", Juan o Pedro, no se puede reducir a una función sin conocer la historia personal, uno por uno.

Nuevas modalidades de vínculos familiares

Familias fracturadas, ampliadas, padres del mismo sexo, monoparentales, embriones almacenados... Es crucial destacar que en la complejidad de estos nuevos grupos se requiere de todas maneras una función paterna, cualquier forma que ésta tome, como transmisora de la ley. La sanción y la autorización deben ser mantenidas en la modalidad existente o elegida para que el niño pueda constituir su psiquismo.

¿Cómo puede ubicarse un hombre frente a requerimientos de función paterna frente a chicos que no son sus hijos y que tienen un padre presente que no vive con ellos? Tratemos de crear nuevos procesos más flexibles para darles lugar a los miembros de estas nuevas maneras de hacer lazo social, para reemplazar las maquetas o estereotipos de género y de familias tradicionales. Despejando la cabeza de prejuicios y de viejas telarañas. Pensando en lo que viene y no en lo que ya no es más.

La familia

Hay que reconocer de todas maneras que la familia sigue desempeñando un papel primordial y fundacional en la transmisión de la cultura y en la contención de sus miembros:

- Mantiene ritos y costumbres

- Conserva el patrimonio

- Predomina en la educación inicial

- Mantiene la represión de la pulsión y los instintos

- Adquisición y uso de la lengua materna

Y de este modo el grupo familiar gobierna todavía los procesos cruciales del desarrollo psíquico, organiza las emociones y transmite estructuras de conducta y representación más allá de la conciencia. Es una suerte de "herencia social" vigente sobre la que hay que seguir trabajando.

Los padres, igualmente, se plantean inseguridades dada la evolución de la vida social y ante la declinación de los valores que eran antes más seguros.

Ser padres es confiar en nuestros hijos

- Educar a un niño es siempre difícil cuando el adulto no tiene confianza en el niño en crecimiento.

- Para confiar en los niños a medida que crecen, los adultos deberán hacerle frente a sus propias contradicciones de manera tal que sus hijos se encuentren con la verdad y no con padres que se ocultan detrás de conflictos que no tienen nada que ver con los niños y su derecho a una infancia bien amparada.

- Deberán entender que la verdad de lo imaginario y la de lo real son simultáneamente dos niveles diferentes: esto no es incompatible pero provoca cierto malestar que hay que aprender a soportar. Hay muy pocas coincidencias entre lo que uno imagina como ideal y lo que presenta la realidad.

- Los niños son a veces portadores de aquello que hemos vivido mal y que rechazamos. Revisemos los padres con entusiasmo nuestras vidas para no proyectar o repetir en la vida de nuestros hijos las propias frustraciones.

- Para no alejar a nuestros hijos del orden del amor.

Memorias de una niña rehén, Carmen iriondo

 

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