Una noticia inquietante sobre el colecho ha recalado en los últimos días en algunos medios. Yo la leía el martes en Materia: El bebé no debe dormir con sus padres en la misma cama. Aparte del alarmismo y amarillismo del titular, el periodista relataba los resultados de un estudio publicado en el British Medical Journal que concluye que se reduciría el índice de Síndrome de Muerte Súbita del Lactante (SMSL) si se evitara el colecho.

Algunos profesionales se apresuraron a poner sus comentarios en la publicación en abierto, señalando la contradicción que supone que se junte en el mismo grupo a los bebés que se alimentaban exclusivamente y a los que se alimentaban parcialmente de leche materna. También señalaban que resultaba "lamentable" que un artículo tan poco fundado y con tantos errores metodológicos hubiera superado los filtros de una publicación científica revisada por pares como el BMJ. A mí, que de algo me sonaba esta revista, me viene a la mente ahora otra polémica que saltó desde las páginas de esta publicación hace tiempo. 

Yo, por mi parte, consulté a mi referencia de cabecera sobre el tema del sueño infantil, María Berrozpe, de la que ya os he hablado en alguna ocasión y que es autora no solo del blogReeducando a Mamá, sino que también es coautora de la web El Debate Científico sobre la Realidad del Sueño Infantil. Me llamó la atención que ya tuvieran fichados a los autores del "estudio" por su beligerancia contra el colecho y por haber publicado "investigaciones" de las que luego se habían tenido que desdecir. 

En fin, que como esta polémica ha preocupado a muchos padres, mi respuesta en las ocasiones en las que me han consultado ha sido que el Ministerio de Sanidad recomienda el colecho porque favorece la lactancia materna y esta, a su vez, previene el SMSL. Y esta recomendación está basada en evidencia científica fuerte. 

Y ahora Unicef Reino Unido ha lanzado un comunicado para confirmar que no cambiará sus recomendaciones sobre el colecho y poniendo ciertos puntos sobre las íes al estudio que tanta polémica ha creado, afirmando que es necesario analizar con cuidado toda la evidencia científica disponible respecto al colecho antes de cambiar cualquier recomendación a los padres (aunque en este caso los medios se hayan convertido en prescriptores de salud con no demasiado acierto).

Desde Unicef señalan que los cinco estudios que se contemplan en el análisis publicado en el BMJ Open son relativamente antiguos (tienen entre 26 y 10 de antiguedad) y se realizaron en diferentes países, en momentos distintos y analizando datos recopilados con distintas metodologías. Ninguno de los estudios contemplados, por ejemplo, recogía datos sobre el consumo de drogas o de alcohol de los padres y solo dos de los cinco estudios recopilaron información sobre el consumo materno de alcohol.

"Estudios mucho más recientes han recopilado datos más completos y exhaustivos respecto a aspectos cruciales como quién dormía con el bebé en concreto y cuánto alcohol o drogas había consumido. Esos estudios no han sido incluidos en esta publicación. Así pues, aunque la investigación afirma que ha demostrado que el colecho es peligroso en ausencia de otros factores de riesgo como fumar, beber alcohol o tomar drogas, cuestionamos sus conclusiones, dado lo limitado de los estudios en los que está basado". 

Así de contundente se muestra el comunicado de Unicef, en el que esta institución confirma que no cambiará sus recomendaciones orientadas a que todos los padres reciban información completa sobre cómo cuidar de sus bebés por las noches, incluyendo que: el lugar más seguro para un bebé es una cuna adosada a la cama de los padres, que compartir sofá es especialmente peligroso y que no se debe colechar con bebés si el adulto ha fumado, bebido alcohol o tomado drogas.

Por lo tanto, desde Unicef UK alientan a los profesionales sanitarios a dar información completa y veraz a los padres sobre el cuidado nocturno de los bebés.

Además, si queréis ver un análisis en profundida sobre las limitaciones y problemas prácticos en el estudio original, podéis consultar la página sobre El Debate Científico del Sueño donde ya han publicado sus comentarios al respecto.  

Recommendaciones para los profesionales sanitarios a la hora de debatir el colecho con los padres

Deben evitarse mensajes simplistas en relación con el lugar donde debe dormir el bebé; La evidencia científica actual es contundente con respecto a los siguientes mensajes, que se deben ofrecer a todos los padres: 

• El lugar más seguro para dormir es en una cuna al lado de tu cama. 
• Dormir con el bebé en un sofá entraña un gran riesgo. 
• El bebé no debe compartir cama con un adulto que:

  • fume
  • haya consumido alcohol
  • haya tomado drogas o medicamentos que produzcan sueño. 

La incidencia del SMSL (a menudo llamado "muerte en la cuna") es más alta en los siguientes grupos:

  • Padres de clases socio-económicas bajas.
  • Padres que abusan del alcohol o las drogas.
  • Madres con más de un bebé.
  • Bebés prematures o de bajo peso al nacer.

Los padres en cualquiera de estos grupos necesitarán un abordaje más personalizado y en profundida para asegurar que estos mensajes son escuchados y entendidos. Pueden necesitar algún tipo de ayuda práctica para poner estos consejos en práctica. 

Para los que leeis inglés, aquí un interesante folleto con información práctica sobre lactancia noctura, cuidado del bebé y colecho.Y aquí uno ya conocido, en castellano, con lasrecomendaciones para compartir la cama con tu bebé, publicado por Unicef en colaboración con la Fundación para el Estudio de las Muertes Infantiles.

NUEVO DÍA MUNDIAL DEL SUEÑO FELIZ: EL ORIGEN DE ESTIVILL

De nuevo es el Día Mundial del Sueño Feliz y, como no, desde Reeducando a Mamá quiero unirme por completo a esta iniciativa que tiene como objetivo denunciar la manipulación mediática a la que nos someten algunos profesionales (que todos conocemos y que ya estoy harta de nombrar), así como promocionar e informar sobre el trabajo y la investigación de esos otros que, desde las más diversas disciplinas, nos enseñan que nuestros hijos quieren dormir con nosotros no porque estén enfermos, sino porque es un deseo primal profundo, producto de miles de años de evolución como mamíferos y primates. 
 
Somos seres humanos y, como tales, hemos desarrollado culturas ricas y complicadas como ningún otro animal antes. Todos nos adaptamos en mayor o menos medida a vivir en ellas, casi siempre pagando un precio porque esta adaptación nunca está totalmente en armonía con nuestras necesidades más básicas y primitivas. Pero a cambio también obtenemos enormes beneficios, que duda cabe, sino no lo haríamos ¿Verdad?
 
Pero una cultura no es una entidad estática y universal impuesta desde los dioses del Olympo. No es el ser humano el que pertenece a la cultura, sino la cultura la que pertenece al ser humano. Al menos eso quiero creer yo. Por eso es imprescindible que nunca perdamos la perspectiva. Gran parte de nuestro comportamiento está dirigido por determinantes culturales. Esto significa que, si no nos hace felices, si nos enferma o nos produce dolor, podemos cambiarlo tranquilamente, porque no es una ley universal que existe para toda la humanidad por la "Gracia de Dios". No. Son normas que aparecieron en unos momentos determinados, por unas causas determinadas, muchas veces desaparecidas hace cientos de años, a pesar de lo cual el comportamiento se mantiene por pura inercia. Pero eso no significa que todavía sea necesario para la supervivencia o el bienestar de las personas. A veces es todo lo contrario: son comportamientos que sólo producen dolor, malestar y enfermedad. Pero ahí siguen y ahí seguirán si nadie los cuestiona. 
 
Prof James McKenna
El día que una revisión publicada en el año 2007 por el antropólogo James McKenna  llegó a mis manos se me abrieron los ojos porque, por fin, vi una explicación al porqué del sinsentido de la pediatría del sueño occidental (McKenna et al, 2007). Hasta ese momento no acababa de entender como tantos investigadores y tan importantes consideraban una enfermedad el deseo de los bebés de dormir con sus padres, y  la capacidad de dormirse y dormir durante toda la noche en solitario un requisito indispensable para un desarrollo saludable. 
 
McKenna me dió la respuesta: la investigación sobre el sueño infantil había nacido en la primera mitad del siglo pasado y en la cultura occidental. ¿Y como dormían los bebés y niños a mediados del siglo pasado en la cultura occidental? Recordemos, eran los tiempos del auge del conductismo y de la tecnología de las leches "maternizadas". Los valores imperantes en la crianza se podrían resumir como individualidad, independencia, obediencia y autocontrol:
 
"Nunca los abraces ni los beses, nunca les permitas sentarse en tu regazo. Si te sientes obligado, bésalos en la frente para dar las buenas noches. Dales la mano para darles los buenos días. Dales una palmada en la cabeza si han hecho extraordinariamente bien un trabajo o algo muy difícil" John Watson (1878-1958)
 
John Watson. Foto originaria de los archivos de la 
Universidad de Johns Hopkins.
Estas palabras de John Watson, publicadas en 1928, son unas representantes perfectas de la crianza predominante en la época. ¿Cual fue la consecuencia? Que el bebé/niño que se tomó como modelo para definir lo que era sueño infantil saludable fue el que duerme en solitario, sin ningún contacto físico con su madre y que, además, es alimentado con biberón a unos horarios extraordinariamente rígidos. 
 
Pero en los últimos 30 años McKenna y otros profesionales nos están demostrado que este modelo es un simple artefacto cultural. La pediatría del sueño occidental había asentado sus bases en un modelo establecido culturalmente, sin razones ni científicas, ni fisiológicas. Las criaturas humanas no habían evolucionado para dormir así, sino de una manera totalmente diferente: en íntimo contacto con el cuerpo de su madre para mamar a demanda durante toda la noche, primero, y en compañía de sus cuidadores hasta convertirse en un ser lo suficientemente fuerte como para defenderse de las inclemencias ambientales, después. Los bebés y niños durmiendo en solitario sólo eran un producto de los determinantes culturales aparecidos en los últimos 200 años de la historia de la cultura occidental. De hecho, la gran mayoría de estos determinantes ya han desaparecido en la actualidad (Ver la tabla 3.1 del capitulo 3 del Debate Científico sobre la Realidad del Sueño Infantil).
 
Y esto es precisamente lo que quiero trasmitiros hoy, madres y padres del siglo XXI que, como yo, hemos experimentado este grave desajuste entre las necesidades de nuestros hijos a la hora de dormir y lo que la cultura nos empujaba a exigirles. Yo no soy quién para deciros como tenéis que dormir en vuestra familia: colechando o separados. Colechar ha sido nuestra solución, pero yo no puedo saber si es la vuestra. Sólo puedo ofreceros esta realidad para que, encontréis la solución que encontréis para vuestro sueño familiar, la tengáis muy en cuenta y NUNCA NUNCA NUNCA os puedan hacer creer que obligar a dormir a vuestro hijo en solitario es por su bien y porque le estáis curando de algo
 
Si vais a dejar a vuestro hijo llorando detrás de la puerta de su habitación, espero que al menos tengáis esto muy claro.

Os remito a este post del blog Tenemos Tetas en el que se reproduce una ponencia del antropólogo James McKenna. Os animo a leerla porque no tiene desperdicio 

 

¡ A LA TETA NO!

 

La primera vez que leí las palabras de un pediatra instando a no dormir a nuestros hijos al pecho - hasta el punto de que, si esto ocurría, recomendaba despertarlo antes de ponerlo en su cuna - fue en una revista para padres de la pluma del doctor Pin, coautor junto al doctor Estivill de un libro de pediatría lleno de "sentido común" que ya comenté en otra ocasión. Ya en ese momento, creo recordar que mi primer hijo sólo tenía unos meses, me pareció una recomendación bastante poco práctica - sino directamente absurda - sobretodo teniendo en cuenta que me pasaba el día y la noche con el inalcanzable objetivo de que mi bebe se durmiera un ratito para yo poder hacer algo diferente a estar sentada con él en brazos sin moverme. 
 
Se entiende que todavía no había descubierto el porteo, que no tenía ni idea de como eran realmente los bebes, que realmente creía que iba a utilizar la cuna y la habitación tan preciosa preparada con tanto cariño y que además el bebé estaría encantado con ello. O sea, que era una perfecta analfabeta maternal, a pesar de lo cual esas palabras del doctor Pin me sorprendieron bastante, ya que si había alguna posibilidad de que mi hijo se durmiera esa era, precisamente, al pecho. Sólo de pensar en que tendría que despertarlo antes de ponerlo en la cuna me sumergía en la más absoluta desesperación. Evidentemente, nunca llegué a seguir este consejo.
 
Desde entonces he tenido la oportunidad de leerlo y escucharlo en diferentes ocasiones y de la mano de los más diversos profesionales. Siempre me ha parecido una recomendación absurda y sin sentido y, a día de hoy, incluso me parece claramente peligrosa para el bienestar y la felicidad de la diada madre/bebé.  De todas formas, en la actualidad, gracias a todo lo que he aprendido escribiendo la revisión El Debate Científico sobre la Realidad del Sueño Infantil, ya puedo ponerla en contexto, lo que me ha ayudado a hacerme una idea más o menos de su origen y su finalidad. 
 
Y dado que algunos profesionales del mundo infantil consideran que en internet no somos rigurosos y no hablamos de ciencia, voy a explicaros precisamente este contexto en el que nació el susodicho consejo, para que podáis juzgar por vosotros mismos si es un consejo con unas bases suficientemente sólidas y que valga, o no, la pena seguir.
 
Podríamos decir que su origen está a mediados del siglo pasado, cuando apareció la tecnología necesaria para estudiar el sueño, tanto de los adultos como de los niños. Como en ese momento el sueño en solitario de los bebés ya estaba establecido como objetivo prioritario a conseguir (costumbre que, como ya sabréis, había comenzado en nuestra cultura sólo unos 200 años antes), toda la investigación se basó en el bebé que duerme separado del cuerpo de su madre, en una cuna, o del niño que duerme en su propia habitación (McKenna et al 2007). Quedó así bien afianzado en la literatura científicaun modelo de "sueño saludable" en unas condiciones en las que nuestros hijos no se sentían a gusto y ante las cuales, por lo tanto, se revelaban llorando. Un problema que estos profesionales resolvieron rápidamente: el niño que a partir de los 6 meses todavía seguía llorando y protestando tenía una enfermedad llamada Insomnio Infantil por Hábitos Incorrectos (Moore, 2012; Kotagal & Chopra, 2012; Owen & Mindel, 2011; Meltzer, 2010; AASM, 2005;  Estivill, 2000). Evidentemente estos hábitos incorrectos los habíamos establecido nosotros, los padres, a base de dormir a nuestros hijos con los métodos de toda la vida, concretamente acunándolos en nuestros brazos y amamantándolos.  
 
Pero hagamos un poco de historia ya que estamos analizando los orígenes de esta prohibición de dormir a nuestros hijos a la teta:
 
Creo que el primer estudio valorando la influencia de lactancia materna para dormir a los niños debe ser este que he encontrado investigando para el proyecto El Debate Científico sobre la realidad del Sueño Infantil: ya en el año 1957 Moore y Ucko publicaron una valoración de la cantidad de despertares nocturnos y los problemas a la hora de irse a dormir de 160 niños durante el primer año de vida, y los relacionaron con factores como el comportamiento de los padres, factores socio-demográficos, estímulos externos, condiciones temporales o las circunstancias del nacimiento (Moore & Ucko, 1957). Evidentemente todos estos niños dormían en una cuna, y no se vio ningún efecto en el hecho de que esta cuna estuviera en la habitación de los padres o en su propia habitación. En el apartado donde estudiaban la influencia del comportamiento de los padres analizaron el efecto de la lactancia cuando se utilizaba para dormir al niño, observando que sólo un 13% de los bebés que no eran alimentados para dormirlos no conseguían dormir toda la noche (entre 12 y 5 de la mañana) a las 13 semanas de vida, mientras que entre los alimentados regularmente y  los alimentados ocasionalmente (para dormirlos, se entiende) un 32% y un 40% respectivamente no lo conseguía. Las diferencias no eran significativas y cuando consideraban los despertares nocturnos de toda la muestra durante el primer año conjuntamente los grupos no alimentado y alimentados regularmente se igualaban, mientras que el grupo de los alimentados ocasionalmente mantenía un porcentaje significativamente mayor de bebés que se despertaban crónicamente. Por lo tanto parece que en realidad era la inconsistencia de la respuesta de los padres lo que producía esta incapacidad para autoconsolarse a lo largo del primer año del vida, mas que si amamantaban o no al bebé para dormirlo. En cualquier caso este parece ser de los primeros trabajos, sino el primero, relacionando el hecho de dormir al niño al pecho con que no sea capaz de desarrollar lo que con el tiempo se llamaría  capacidad de autoconsuelo. 
 
La capacidad de autoconsuelo. Ese es el quid de la cuestión. El problema no es que el niño se despierte por la noche, algo absolutamente normal dada la arquitectura de su sueño, sino que al hacerlo reclame la presencia de sus cuidadores. Este simple acto - un comportamiento instintivo y saludable tal y como ya ha quedado demostrado en la actualidad - en la sociedad donde el sueño en solitario de los niños es la norma, es extremadamente problemático porque evita que los padres puedan descansar, ya que les hace pasar la noche levantándose para ir a consolar a su hijo. 
 
Durante toda la mitad del siglo XX hasta nuestros días han ido apareciendo estudios que demuestran como la intervención de los padres a la hora de dormir a los niños se relaciona con un sueño más "problemático". Ya en 1993 dos de los más importantes autores en la pediatría del sueño infantil, Sadeh y Anders, proponen un modelo transacional de la regulación sueño/vigilia, en el que las características intrínsecas del niño interaccionan con los factores ambientales para regular el ciclo sueño/vigilia (Sadeh & Andres 1993). Entre estos factores ambientales se encuentra el comportamiento de los padres a la hora de dormir al niño, de manera que cualquier intervención de los mismos en ese momento concreto se relaciona con un mayor número de despertares nocturnos (despertares en los que el niño reclama a sus padres, se entiende). Evidentemente, entre estos comportamientos se encuentra el de dormir al bebé al pecho (o dándole biberón). Ese mismo año Blampied y France (Blamplied & France, 1993) presentan también un modelo conductual de los desórdenes del sueño infantil en el que destacan el papel fundamental de los padres que con sus conductas inapropiadas propiciarán la aparición y el mantenimiento del desorden. Opinan que cada vez que la madre o el padre atiende el llanto de su hijo tras el despertar nocturno refuerza ese comportamiento, haciendo que el niño llore la siguiente vez que se vuelva a despertar para conseguir la misma atención. Esta situación se retroalimenta haciéndose interminable: el niño llora, los padres le atienden porque deja de llorar, el niño vuelve a llorar para que los padres le atiendan. 
 
Según estos autores: 
"Las investigaciones han demostrado que los niños con problemas del sueño se diferencian de los que tienen un sueño normal en que utilizan mecanismos de autoconsuelo menos frecuentemente y continúan dependiendo de la presencia de los padres para consolarse". 
Y ahora atención a lo que sigue. Son unas palabras extraordinariamente esclarecedoras que dejan al descubierto la falta de perspectiva global y la terrible ignorancia de estos autores respecto a una cuestión fundamental: las necesidades primales de nuestros bebés, su instinto primal. El comentario que reproduzco a continuación a mí me puso los pelos de punta, por las enormes implicaciones que tiene el hecho de que esté escrito en una publicación científica: 
"Estos comportamientos de auto-consuelo incluyen muñecos blandos, o chupar las sábanas o el dedo gordo.
Los mecanismos exactos mediante los cuales estas vías de autoconsuelo facilitan el sueño no han sido definidos. Actividades como "chupar" pueden evocar comportamientos de respuesta que facilitan el sueño, mientras que otros pueden estimular el inicio del sueño ayudando a lograr un comportamiento calmado ....."
 
 
Ante estas palabras yo sólo pude pensar: Dios mío, ¡No lo ven! Lo tienen delante de los ojos y no lo ven. Se han perdido en su propia sabiduría llena de tecnicismos y teorías y ya no ven la realidad que tienen delante de las narices. Resulta que cuando chuparse el dedo se convierte en un comportamiento "saludable" que hará que el niño tenga un sueño "normal", ¡ Se preguntan por qué! ¡Se preguntan por qué funciona! Y mientras elucidan las razones de ese enorme misterio nos siguen recomendando que no durmamos a nuestros hijos a la teta. 
 
Por lo que parece, el mundo empezó hace 200 años, y  los niños siempre y en todas partes han dormido en solitario;  la naturaleza no tenía diseñado nada que ayudara a nuestros niños a dormir; mamar no es un acto que les relaja y la leche materna no es un alimento que propicia el sueño, especialmente por la noche. Tampoco existe una necesidad en nuestros bebés de estar en contacto continuo con el cuerpo de su madre porque no son mamíferos, no son primates, sino que sólo son humanos que aparecieron por generación espontánea hace 200 años y desde siempre han dormido en cunas, separados de su madre y sin molestarse en despertarse ni en despertar a su madre para mamar durante la noche partir de los 13 semanas. Por lo tanto es incomprensible, un fenómeno curiosísimo que requiere ser profundamente investigado, que chupándose el dedo nuestros bebés consigan dormir en solitario. 
 
Me dan ganas de llorar.
 
Y así - por este camino, de esta manera, y hasta el día de hoy - ha quedado firmemente establecido que,  como muy tarde a los 6 meses, el niño debe desarrollar la capacidad de dormirse sólo, tanto al inicio de la noche como en los posibles despertares nocturnos, que se consideran normales siempre y cuando el bebé/niño no necesite la intervención del cuidador para volverse a dormir. Y de ahí nace el consejo de que el bebé nunca se duerma al pecho porque es imprescindible que aprenda a encontrar consuelo en actividades (chupar) u objetos (su dedo o un trocito de sábana) que lo independicen de la presencia de sus padres. Incluso estas se clasifican oficialmente como "asociaciones positivas", mientras que las asociaciones que conllevan la participación de los padres se consideran "asociaciones negativas"(Ferber, 1985; Murray & Ramchandani, 2007; Karraker K, 2008; Tikotzky & Sadeh, 2009; Sadeh et al, 2009; Henderson  et al 2010; Mindell et al, 2010; Meltzer, 2010; Henderson et al 2011; Weinraub et al, 2012
 
Ahora ya sabéis el origen de este consejo. Por suerte, allá por los años 70 un gran investigador se convirtió en padre y, ante su propia experiencia a la hora de dormir a su hijo, la evidencia de la absurdidad de las normas sobre el sueño infantil de su cultura le hizo abandonar sus estudios en simios y centrarse en el de la evolución del comportamiento humano, convirtiéndose así en un experto reconocido mundialmente por sus investigaciones sobre colecho. Muchos ya sabréis de quién hablo: el profesor de antropología James McKenna, cuyo trabajo, con más de 140 publicaciones (revisadas, esto es, en revistas científicas) ha removido todos los cimientos de la pediatría del sueño infantil. 
 
Lo que McKenna y otros investigadores están poniendo en evidencia en la actualidad es algo tan simple como el hecho de que por nuestra naturaleza mamífera y primate nuestros bebés están diseñados para estar en contacto continuo con el cuerpo de su madre, por lo que el habitat de un bebé para dormir saludablemente no es en la cuna y en solitario, sino en estrecho contacto con su madre y con acceso no restringido a su pecho. Que los reclamos de nuestras criaturas al ser obligadas a dormir fuera de este hábitat no son síntoma de una enfermedad, sino un instinto primal, y como tal debe considerarse antes de iniciar cualquier acción dirigida a adaptar el comportamiento del bebé a los determinantes culturales. No estamos curando a nuestros hijos de nada sino que le estamos forzando a que acepte unas condiciones de sueño establecidas culturalmente y que no le suponen ningún beneficio más allá del meramente social (desde luego ningún beneficio fisiológico, más bien todo lo contrario). 
 
Por eso no podemos dormir a nuestros bebés al pecho: porque esto imposibilita que le forcemos a aceptar dormir en solitario sin llorar. Ni más ni menos. 
 
Hasta aquí os he explicado la razón fundamental de por qué no podemos dormir a nuestros hijos al pecho. Yo terminaría aquí el post pero el otro día, en un post de Bebés y Más en el que Armando también analizaba este desafortunado "consejo", una madre resaltó otra razón de peso que ha aparecido más recientemente: el fantasma de las caries
 
¿Existe relación entre la aparición de caries y dormir el niño al pecho? 
 
Este es un tema por sí mismo para otro artículo y requiere una profunda revisión bibliográfica en la que no me pienso meter. Gemma, coautora de El Debate Científico sobre la realidad del Sueño Infantil y autora del blog Como Una Manada, escribió un interesante post sobre el tema recopilando una serie de artículos científicos con los que pudo ilustrar que esta relación entre lactancia materna y caries no está en absoluto demostrada. Pero si os interesa profundizar de verdad en este tema nada como recurrir a los talleres informativosimpartidos por Louma Sader Bujana autora de Amor Maternal y odontóloga especializada en niños. Existe mucho desconocimiento de este tema y los padres andamos bastante perdidos. La prueba de ello es que todos conocemos casos de caries en niños amamantados que en principio tienen buenos hábitos de higiene bucal. El propio Armando lo comenta al contestar el comentario de esta mamá. Al preguntar a Louma sobre esta realidad me ha comentado que es un tema muy complejo, difícil de resumir y que requiere tiempo para aprender y profundizar ya que una información demasiado resumida o parcial corre el riesgo de provocar errores importantes. 
 
Creo que en este aspecto pasa un poco como con la polémica sobre el colecho y muerte súbita del lactante: las investigaciones que parecen demostrar una relación positiva entre ambos ya parten desde un punto de partida erróneo, que no es otro que considerar que el comportamiento fisiológico normal es por sí mismo peligroso. Es evidente que hay pocas (o más bien ninguna) posibilidades de que esto sea así y lo importante es encontrar los factores realmente responsables de que estas patologías se produzcan asociados a unos comportamientos absolutamente naturales y fisiológicos. En el caso de la muerte súbita pueden ser las condiciones del sueño adulto en nuestra cultura, y en el de las caries el consumo de un cierto tipo de alimentos o la presencia de determinadas bacterias, a parte de la ausencia de una higiene correcta.
 
El caso es que es tan ridículo acusar al colecho de la muerte súbita o a la lactancia materna de producir caries como a la capacidad de caminar de rompernos un tobillo. 
 
Y para terminar, ya que he sacado el tema del colecho, un factor íntimamente ligado a la lactancia materna y a dormir al niño al pecho, y en la misma linea que mi recomendación de los talleres de Louma, os recomiendo también 3 conferencias que impartirán tres grandes profesionales del sueño infantil: James McKenna, Kathleen Kendall-Tackett, y Wendy Middlemiss, hablando precisamente de la manera de practicar colecho con seguridad. Es probable que esta iniciativa haya nacido como respuesta al polémico ultimo artículo de Carpenter, ya comentado en este blog, pero en cualquier caso seguro que vale la pena. Yo ya me he apuntado.   
 
En resumen, el consejo de nunca dormir a nuestro hijo a la teta va en contra de un comportamiento absolutamente fisiológico y saludable, diseñado por la madre naturaleza durante miles de años de evolución. Por lo tanto, antes de convertirlo en una norma de obligado cumplimiento como hacen actualmente algunos de nuestros profesionales del mundo del sueño infantil, deberían tener unas muy buenas y demostradas razones que a día de hoy, evidentemente, no tienen. 
 
Y os dejo ya porque mi pequeño, de cuatro años, acaba de dormirse a mi teta mientras escribía este post. Voy a acostarlo en nuestra cama familiar; pero tranquilos, a estas alturas prácticamente ya no me despierta ninguna noche y tiene, bajo todos los parámetros de la literatura del sueño infantil, un sueño saludablemente consolidado. 

DORMIR ES PELIGROSO PARA LOS BEBÉS

 

Tal vez el titular os parezca exagerado pero no, lo cierto es que, según las últimas investigaciones científicas, dormir es peligroso para los bebés. El estudio más reciente publicado por Robert Carpenter, nos informa de que incluso los bebes con el riesgo más bajo de sufrir el síndrome de la muerte súbita del lactante (o SIDS por sus siglas en inglés) lo sufren con una frecuencia del 0.08/ 1000 habitantes. Esto significa que en una población con 1 000 000 de habitantes 80 niños sin ninguno de los factores de riesgo que estos autores consideran determinantes, morirán sin remedio. 
 
Definitivamente dormir es peligroso para los bebés y estoy segura de que si no fuera por el pequeño detalle de que los seres humanos no podemos vivir sin dormir, las sociedades de pediatría del mundo entero recomendarían que no permitiéramos dormir a nuestros bebés. (Modo ironía on, se entiende ¿no?)
 
Es posible que la solución sea buscar una manera para que los bebés humanos puedan sobrevivir sin dormir, al menos hasta los tres meses. Sería una buena idea ¿no?
Evidentemente este análisis no tendrá la repercusión que están teniendo y van a tener los grandes medios de comunicación que se están haciendo eco de esta investigación sin cuestionarla, pero esperamos poner nuestro granito de arena para ofrecer la visión alternativa, acorde con la de todos esos otros profesionales que van más allá de la visión sesgada y limitada de esta parte de la pediatría del sueño occidental que cree que el mundo empezó hace 200 años en occidente y que nuestros hijos nunca han dormido acompañados y amamantados por su madres.


 

 

 
¡Ah!, ¿que no?
 
No claro, no lo es. 
 
Y no lo es porque dormir es un comportamiento innato a nuestra naturaleza con un función importante e imprescindible para gozar de una vida saludable. A ninguna persona con dos dedos de frente se le ocurriría aconsejar a los padres que no dejen dormir a sus bebés menores de tres meses. Tampoco ningún científico ha tenido la genial idea de buscar un medicamento que ayude a que nuestros bebés puedan vivir sin dormir hasta que pase la época de riesgo. 
 
Porque todos aceptan, y aceptamos, que dormir es importante e imprescindible y que lo que tenemos que conseguir para prevenir el SIDS es optimizar las condiciones en las que vive el bebé para que no se den una serie de factores de riesgo.

Pues ahora vamos a aplicar este razonamiento a otro comportamiento natural, innato e imprescindible para el correcto desarrollo de la criatura humana recién nacida: el contacto continuo con su madre. 
 
Ya sabemos que los bebés humanos nacemos inmaduros y que pasamos una etapa de exterogestación tras el nacimiento durante la cual la criatura humana espera y necesita estar en contacto continuo con su madre y, si esto no es posible, con otra persona que la sustituya. En condiciones naturales la supervivencia del bebé depende de ello y por eso es un comportamiento imprimido a fuego en su mente más primitiva de manera que cuando se siente sola le inunda el terror y el estrés.  Esto hace que, a pesar de que hoy en día un bebé solo en su cunita no está obligatoriamente en peligro de muerte (aunque si está fuera del alcance de sus padres sí está objetivamente en más peligro que un bebe acompañado, por muy segura que sea su habitación nueva de florecitas blancas), él viva esa situación como una verdadera amenaza contra su supervivencia. 
 
Separar al bebe de su madre tiene consecuencias negativas en la fisiología del niño, sea esta separación por el día o por la noche. De la misma manera, este contacto tiene implicaciones importantes para ambos, tanto cuando están despiertos como cuando están dormidos. Estos son hechosperfectamente demostrado y que nadie pone en duda. 
 
Por lo tanto, si a nadie se le ocurre aconsejar que los niños no duerman porque el SIDS ocurre mientras duermen ¿Por qué si es lícito aconsejar separarlos del cuerpo de su madre porque en ciertas condiciones el SIDS incrementa cuando la madre y el hijo duermen juntos?
 
Que el sueño en solitario de nuestros bebés es una imposición cultural en occidente y una excepción en la historia de la humanidad es algo que, creo yo, a estas alturas ya nadie cuestiona; de la misma manera que nadie cuestiona nuestra necesidad de dormir y nuestra necesidad de contacto con nuestra madre cuando somos bebés. Por lo tanto es, cuanto menos, sorprendente que todavía existan profesionales del sueño infantil realmente obsesionados por justificar científicamente que nuestros bebés duerman solos. 
 
Pero ahí están, investigadores de prestigio  internacional invirtiendo miles de euros/dólares/libras, y todas sus carreras profesionales, en estudios destinados a mantener un modelo del sueño infantil basado en una situación producto de un artefacto cultural e histórico: el bebé que duerme en solitario y es alimentado mediante lactancia artificial.  Y a partir de ahí pretenden convencernos de que los que opinamos que donde mejor duermen los hijos (bebés y no tan bebés) es en compañía de sus padres, demostremos que su modelo es dañino y el nuestro saludable, cuando debería ser al revés: antes de poner a dormir a nuestros bebes en unas condiciones diferentes a las que la naturaleza ha considerado idóneas para la supervivencia - esto es, en compañía de su madre - deberían haber demostrado que no es dañino para ellos. 
 
Pero evidentemente no lo ven así y por eso ha sido posible la realización de este trabajo, absolutamente dirigido a demostrar que colechar con el bebé, entendido como compartir cama, es peligroso y un riesgo por sí mismo para el SIDS. 
 
Como era de esperar diversos profesionales ya han contestado denunciando las limitaciones del estudio y su imposibilidad para lanzar al mundo semejante afirmación. Os dejo un análisis detallado de todo esto realizado por Gemma y por mí para nuestra web del sueño infantil. 
 
 

 

UN CUENTO PARA LA CONCILIACIÓN

Hace unos meses la Asociación de Mujeres Españolas en Suiza convocó un concurso de relatos cortos sobre conciliación. Al final se canceló por falta de participación, pero yo ya había mandado mi relatito. Aquí os lo dejo, a ver que os parece.
¿Es demasiado utópico? 
 
¿Os parece factible la presencia de los bebés e hijos en las oficinas o centros de trabajo? 
 
¿Que tipo de conciliación debería desarrollarse: la que permite la permanencia en casa y no trabajar durante un tiempo prolongado durante la crianza de los hijos o la que permite flexibilidad y presencia de los hijos en el centro de trabajo? 
 
¿Tal vez ambas son posibles?
 
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 Sin Renunciar a Nada

 
7 de la mañana
 
No ha hecho falta el despertador porque Iker es como un pequeño reloj biológico y lleva mamando desde las 6:45. Ella sabe que es cosa de 5 o 10 minutos más para que él suelte el pezón y le dedique una de esas miradas radiantes de “Buenos días mamá ¿Qué hacemos hoy”. 
 
Se estira perezosa en la cama, con la cadera izquierda un poco sobrecargada y ganas de volverse hacia el otro lado. Iker parece captar la señal y se suelta, pero quiere el otro pecho. No hay problema, hay tiempo de sobra. Hasta las 9:15 no tiene la primera reunión con los clientes.
 
Diez minutos más y el pequeño está listo. 
 
Se levanta, lo levanta. 
 
Se desnuda, lo desnuda, y juntos se meten en la ducha. 
 
Lo seca, se seca. 
 
Lo viste, se viste.
 
Mira el reloj: 7:45. Se toma su tiempo para elegir el sistema de porteo. Hoy le apetece el fular, que con su precioso gris perla combinará de maravilla con el traje que quiere llevar a la reunión. Como el día está lluvioso lo mejor será ponerse el abrigo impermeable con el suplemento para cubrir también al bebé. 
 
Se ajusta el fular y mete a Iker. Se prepara el desayuno y se lo toma tranquilamente mientras ve como aclara el día lentamente. Iker reclama teta. Automáticamente acomoda el fular y se levanta la parte superior de la camisa mientras toma su té y piensa en la jornada. Esta semana Diego está de viaje y ella lo echa de menos, pero con el pequeño estas ausencias se hacen más llevaderas.
 
Con Iker confortablemente dormido junto a su cuerpo, sale a la calle en dirección a la parada de autobús. Son las 8:30. Como siempre, a esta hora estará hasta los topes, pero en cuanto ella sube con el niño siempre hay varias personas dispuestas a dejarle su asiento. 
 
Veinte minutos más tarde ambos entran por las puertas giratorias del gran edificio de oficinas donde se encuentra el estudio de arquitectura en el que ella trabaja. En el ascensor se encuentra con Enrique, que lleva de la mano a la pequeña Raquel de tres años. “¿No prefiere quedarse en infantiles? Pregunta ella, refiriéndose a la guardería situada en la planta principal, donde los hijos en edad preescolar de todos los trabajadores del edifico pueden ser atendidos gratuitamente, por personal cualificado, durante todo el horario laboral.
 
“No, por la mañana viene con papá al despacho porque también tiene trabajo pendiente” contesta Enrique, dirigiendo un guiño cómplice a su pequeña. 
 
Ella sabe que en el despacho de Enrique está la mini-mesa de dibujo que todo el equipo le regaló cuando nació Raquel. La niña suele preferir pasar la mañana dibujando mientras su padre trabaja y, por la tarde, tras comer con papá en el comedor de la empresa, le gusta bajar a infantiles hasta que le viene a recoger su madre, a eso de las 5. 
 
Recuerda que Ana, la madre de Raquel, es investigadora en un centro de biomedicina. Por eso cogió la baja maternal completa, dos años, ya que no consideraba seguro llevarse a Raquel al laboratorio. Posteriormente, la pareja, como ellos mismos hicieron tras el nacimiento de Iker, se acogió a la jornada laboral “familiar”, por lo que contaban con más flexibilidad en cuanto a horarios y presencia de los niños en la oficina, así como guardería gratuita en el centro de trabajo. 
 
Cuando el ascensor llega a su destino Iker se ha despertado y reclama teta. Sara, la secretaria del estudio le sonríe. 
 
“¿Qué tal?, le oigo nerviosillo” 
 
“Es hora de su tercer chupito matinal”
 
Se apresura a entrar en su oficina donde se sienta y da de mamar a Iker mientras echa un vistazo a los e-mails de ese día. Cuando Iker acaba se duerme de inmediato y ella aprovecha para cargárselo ágilmente a la espalda. Mentalmente agradece el curso de porteo -  gratuito ya que fue financiado por el estado, al igual que los cursos de parto natural, lactancia, alimentación y crianza, que reciben todas las parejas a punto de tener su primer bebé - que le enseñó todos los trucos necesarios para manejar con seguridad, agilidad y comodidad sus fulares y mochilas. Con Iker dormido a la espalda se dirige a su mesa de dibujo para seguir desarrollando el centro para discapacitados que tiene entre manos. Quedan todavía unos minutos para la reunión. 
 
La reunión empieza puntualmente y ella entra con todos sus papeles preparados para la exposición. En ese momento Iker vuelve a reclamar teta. Ella se sienta tranquilamente en su silla, acomoda a su hijo a un pecho, y se dispone a exponer su parte. Durante la exposición Iker se ha dormido al pecho y ella siente una reconfortante sensación de seguridad y tranquilidad. Al salir, la señora Gerbui, presidenta de la empresa cliente, se aproxima para mirar a Iker que sigue tranquilamente dormido. 
 
“Que diferentes fueron mis tiempos. Yo tuve que elegir, ¿sabes? Un bebé en la oficina era una utopía y mi hija se crió desde los cuatro meses con una niñera.” 
 
La señora Gerbui era de otra época, de otro paradigma, donde una mujer tenía que decidir entre ser madre o ser una profesional de éxito. Su elección conllevó renuncias muy dolorosas y, ahora, frente al ejemplo de que otra realidad era posible, tiene sentimientos encontrados. Un poco de envidia porque esa joven y prometedora arquitecto y su hijo van a tenerlo todo: una carrera profesional y una madre presente que cría “corporalmente” a su bebé. Pero también siente orgullo porque ese difícil cambio se produjo gracias a su lucha y a la de las mujeres y hombres de su generación, que no quisieron  conformarse con lo que el sistema les vendía como única realidad posible. 
 
Las dos mujeres se despiden con un fuerte apretón de manos. Ella vuelve a su despacho y, tras pasar a Iker otra vez a la espalda, sigue con el proyecto del centro para discapacitados. Va a diseñar el edifico más bonito, seguro y práctico de la ciudad, piensa. Y, feliz, se pone al trabajo que la apasiona. Mientras, su hijo duerme tranquilo sobre su espalda, oyendo su respiración pausada y los latidos de su corazón

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